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NOTICIAS FRESCAS O CONGELADAS El Periódico digital 28.11.2017

Sucede con la información como con los alimentos: podemos consumirla “fresca” o “congelada”. Desde siempre las noticias “frescas” han sido las de factura reciente, las del día, aunque hoy, gracias a Internet, son tan frescas que incluso son simultáneas (en tiempo “real”). Antes, disponer de noticias congeladas obligaba a “tirar de archivo” escrito o fotográfico. Hasta aquí todo “normal”. Ahora bien: ¿qué diría usted si la carne o el pescado que le ofrecen congelado hubieran sido sacrificados hace años? Peor: ¿y si le ofrecen como producto fresco uno congelado hace mucho tiempo y descongelado recientemente para que parezca fresco? ¿Y si las noticias que usted recibe como recientes son en realidad hechos del pasado?

Es justo lo que sucede con la información que circula por las redes: es fácil toparnos con noticias “momificadas” que se presentan como de rabiosa actualidad. No se trata de noticias falsas, sino de noticias que fueron ciertas y hoy no lo son. Son noticias fuera de contexto que mezclan el presente con la memoria. Lo grave es que este fenómeno permite falsear el presente, no ya con noticias falsas, sino con noticias “caducadas” que fueron ciertas pero ya no lo son, estratégicamente situadas en las redes para que los buscadores de Internet nos las presenten como recientes. Esto es así porque el tiempo en Internet no es físico, sino construido. Esta técnica ha perjudicado a personajes públicos (el exministro Borrell en el caso Abengoa, cuya “noticia” anunciando su supuesta imputación circuló por Internet  tiempo después de su desmentido) y no públicos (particulares que fueron morosos y que aún aparecen como si lo fueran), también a colectividades (pueblos que han sufrido catástrofes imposibles de olvidar) y negocios (restaurantes castigados por la mala fama de tiempos pasados).

Evidentemente tenemos derecho a la memoria (histórica y física, faltaría más), pero también tenemos derecho al olvido, que es el derecho a la contextualización de la información para que no pueda ser malinterpretada o confundida. Para ello es preciso, por una parte, que la información en las redes sea contextualizada con indicación no sólo del momento a que se refiere sino también del momento en que fue publicada (de hecho muchas noticias indican su fecha de publicación). Por otra parte es vital que el usuario aprenda a contextualizar la información a efectos de poder formarse un juicio exacto de lo que se le transmite. Pero aún más definitiva sería la implicación de los gestores y administradores de redes autorregulando el mantenimiento de los repositorios informativos, cribando lo que es información reciente de la que debe estar en un archivo, obligando de este modo al usuario a tomar conciencia de que debe ir al archivo si quiere saber del pasado. Tan simple como poder discriminar entre el periódico del día, los periódicos atrasados o el repositorio de prensa de la biblioteca municipal -si existe-. O tan simple como distinguir  entre pescado fresco o congelado.

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¿QUIÉN DIJO MIEDO? El Periodico digital. 24 de Agosto de 2017

Los atentados de Barcelona y Cambrils han generado una respuesta colectiva simbolizada en el eslogan “no tengo miedo” y el marco mental dominante culpa de tales fechorías al “terrorismo yihadista” como sinónimo de “fanatismo religioso” ¿Debemos tener miedo del fanatismo religioso? No estamos seguros de ello porque los perfiles de los terroristas varían, además de otros factores, también en cuanto a perfil religioso (desde sujetos muy practicantes a recién llegados). No parece pues este fanatismo la única causa eficiente, aunque sí que aparece como la justificación pública de tales delitos. Además, se puede ser fanático sin llegar a cometer actos de tales magnitudes.

 

Tampoco por cuanto el islam no es sólo una religión sino una forma de vida (el papel de un imam es más amplio que el de líder religioso), con lo que, de ser así, estaríamos ante una práctica rigurosa de una forma de vida, lo que es desmentido por las trayectorias vitales de muchos de los terroristas. Recordemos por ejemplo que el perfil de los de Barcelona y Cambrils se parece poco al de los de París, Niza, 11S u 11M: eran “chavales” de Ripoll “integrados”.

 

Si no es el fundamentalismo religioso, ¿cuál puede ser entonces una de las causas eficientes del llamado “terrorismo yihadista”? Apuntamos una hipótesis. En los casos analizados aparece un elemento común muy relevante: la manipulación de los sujetos –la mal llamada “radicalización”-. Manipulación, sí, porque no puede radicalizarse quien ni siquiera es practicante moderado. La manipulación no es un fenómeno nuevo: cualquier secta se beneficia de estas técnicas para captar adeptos, y este caso no es una excepción. Estas técnicas de “lavado de cerebro” se ceban en víctimas propiciatorias a las que progresivamente se aísla de su contexto y se les construye una realidad paralela en la que son los “elegidos” para actuar según las instrucciones de su captador o controlador.

 

Para que existan víctimas manipuladas con éxito a prestarse a cometer atentados es preciso un contexto propicio, con una fractura – aunque sea latente- social, familiar, económica, religiosa, que sirva para justificar el aislamiento progresivo del sujeto. Si internet pone las cosas fáciles al captador el contexto determina su éxito.

 

De ser cierto esto, deberíamos cambiar las estrategias de abordaje del problema: no es fanatismo religioso, es terrorismo sectario. Además de persistir en el buen trabajo de análisis de inteligencia y superar los meros estudios estadísticos, debemos conseguir la mayor adhesión posible por parte de las confesiones religiosas -especialmente la islámica- para desterrar la idea de la “guerra de religiones”, puesto que esta es la que beneficia a sectas como Daesh, a Al Quaeda y a sus filiales. Debemos replantear nuestro ascensor social desterrando la idea de “integración” y sustituirla por la de “aportación”. De no hacerlo aparecerán nuevos manipulados (quizás con otras banderas) que servirán de carne de cañón para generar de nuevo el miedo.

 

Anna Garcia Hom. Socióloga.

Ramon J. Moles. Jurista.

 


MATRICULAS DE HORROR EN ANDALUCÍA. el Diario.es 19.6.2017

La Junta de Andalucía, y todos los parlamentarios andaluces, han prometido a los estudiantes de las universidades andaluzas matrícula universitaria gratis para el mismo número de créditos que los aprobados en el curso anterior. En la práctica es una especie de matrícula de honor que se concede, no con un 10, sino con los aprobados “pelados” del curso completo.  Así, estas matrículas abandonan el honor académico para adentrarse en el “horror” presupuestario que me recuerda mucho al “cheque bebé” de Zapatero (unos 500 millones de euros) cuando su gobierno negaba la evidencia de una crisis galopante.

Horror presupuestario porque tiene un coste de entre 20 y 30 millones de euros  que saldrán de la Junta, no de las universidades. Ello supone, primero, que en el mejor de los casos las universidades cobrarán tarde y mal (la Junta les debe 278 millones de euros), y segundo, dudar de que la Junta pueda pagar 30 millones cuando aún debe 278. La pregunta del millón es: ¿por qué la Junta los destina precisamente a matrículas cuando existen necesidades estructurales más acuciantes? Sí, más acuciantes en la medida en que las plazas universitarias públicas ya están subvencionadas en gran medida (entre un 80% y un 90% del coste real), y sin embargo las universidades públicas sufren de altísima precariedad de medios y recursos humanos (congelación de proyectos de investigación, no reposición de profesorado…). No es razonable pensar que sean las matrículas gratuitas la necesidad prioritaria de las universidades; y ello por varias razones.

En primer lugar, porque no es fiable que la iniciativa haya salido improvisadamente de la chistera sin que lo pidieran ni las universidades ni estuviera en un programa electoral. En segundo lugar, porque la medida está falta de equidad. Veamos. No todos los estudios universitarios revisten la misma dificultad y, por tanto, no es equiparable aprobar todas las asignaturas de un Grado al de otro. La medida apoya pues al alumnado de los estudios con menos dificultades para aprobar. Por otro lado, no todos los que estudian tienen la posibilidad de hacerlo con la misma intensidad: quienes no tienen que trabajar y estudiar simultáneamente (razonable pensar que serán rentas más elevadas en general) pueden obtener mejores calificaciones y en consecuencia obtener la tasa gratuita. Resumiendo, la medida prima la matrícula gratuita para aquellos que disponiendo de rentas elevadas se matriculan en estudios de baja dificultad.

En tercer lugar, la medida induce a pensar que el servicio público de la educación superior es “gratis total”, cuando en realidad tiene un coste muy elevado que pagamos entre todos con nuestros impuestos. Pagan por tanto también aquellos que no acuden a la universidad y aquellas gentes sin estudios superiores. Este coste real es subvencionado en un porcentaje que oscila, como decía, entre el 80 y el 90% del total, con lo que el alumno paga sólo entre un 10 y un 20% del mismo. Alumno que, por cierto, a pesar de que las universidades están dimensionadas (también sus costes obviamente) para acoger a todos sus matriculados, en España se comporta con elevadas cifras de “absentismo”: simplemente no va a clase y después se presenta al examen. Paradoja: ofrecemos de forma casi-gratuita servicios públicos de educación superior de alto coste a personas que no los usan. Es la ruina. Y encima ahora se les ocurre  eliminar el “casi” para que sea gratis total y que la fiesta la paguemos todos los que contribuimos con nuestros impuestos.

El sentido común lleva a pensar que financiar la universidad es financiar todas sus misiones: docencia, investigación y transferencia de tecnología. Ahí es a dónde debe ir el dinero, si lo hay. En vez de este populismo trasnochado y cansino sería más equitativo establecer el precio del coste real de cada plaza y habilitar un crédito para cada estudiante con un tipo de interés progresivo en función de su renta: a más renta más interés. Este crédito, en un segundo paso, sería transformable en beca en función del aprovechamiento académico, lo que protegería a las rentas bajas dispuestas a estudiar de verdad. Esto igualaría las posibilidades de acceso, desincentivaría el absentismo e incentivaría el aprovechamiento. No acudir a clase saldría muy caro a los absentistas con o sin dinero, mientras que podría asistir a la universidad quién esté dispuesto a aprovecharla con independencia de su capacidad económica para alcanzar auténticas matrículas de honor.

 

 

 


RECTORS I RECTORES MÉS BEN ACOMPANYATS. Diari Ara. 9.6.2016

Sembla que revifa el debat sobre política universitària. Si no recordo malament el darrer sobre governança -al menys als mitjans- es va produir el  2010, quan els presidents dels Consells Socials de les universitats públiques catalanes va plantejar deixar el govern de la universitat en mans d’un profes­sional aliè a l’àmbit acadèmic nomenat pel Parlament. Ara, el ‘Llibre Blanc sobre educació” de la CEOE proposa que els empresaris participin en el disseny dels títols universitaris al costat del Ministeri i els Rectors i Rectores i reclama desgravacions fiscals per als qui optin per un centre privat a l’educació obligatòria. També recentment un economista català denunciava la solitud dels Rectors en reivindicar que s’augmenti la despesa universitària de la Generalitat, i es preguntava si realment la societat catalana considera aquesta despesa prioritària, més quan la competitivitat deriva de la innovació i la transferència de tecnologia, que requereixen -segons ell- d’una major inversió de la Generalitat. Més recent encara: a Andalusia prometen universitat gratuïta per als bons estudiants: altra cosa serà qui i com es paga.

Benvingut l’interès per participar en la millora de la universitat, sense perdre de vista que es cosa de tots. Aquesta participació ja es produeix en els Consells Socials, encara que sense gaire empenta a causa, a parer meu i entre d’altres, de la genètica corporativista que ofega la universitat pública, la patronal, els sindicats i les nostres institucions. No és la patronal, ni sindicats, ni quotes partidistes qui han de ser en la governança de la universitat: és la societat civil tota. Participar-hi vol dir aportar coneixement, recursos i influència en benefici de la funció social de la universitat (la “quarta missió”), però també de les altres tres: docència, recerca i transferència de tecnologia. Els països exitosos en política universitària ho són perquè les seves universitats són una prioritat del país, però també perquè els seus universitaris se saben obligats a connectar amb la realitat per tal de generar un cercle virtuós.

Les nostres universitats, en general, són encara lluny d’aplicar fórmules de governança eficients que re-connectin universitat i societat. Una prova més és la petició de la patronal. No és una bona idea que les titulacions universitàries les dissenyi ni el Ministeri, ni els Rectors i Rectores, ni, encara menys, els empresaris: les ha de dissenyar la Universitat. Això sí, ho ha de fer amb el focus posat en les seves funcions, entre les que no hi ha d’haver ni l’interès corporatiu injustificat, ni l’autobombo, ni la desconnexió amb la societat i la competitivitat del país. Del costat de l’empresa tampoc no es lícit esperar que l’esforç econòmic de les quatre missions de la Universitat recaigui únicament en el pressupost públic, i menys quan els resultats de la universitat afavoreixen directament el teixit empresarial. Cert és, però, que potser això no és percebut del tot. Per exemple, sorprèn  que la patronal reclami desgravacions fiscals per als qui optin per un centre privat a l’educació obligatòria, més quan els impostos suposadament pagats “de més” per algú que no ha emprat el sistema públic educatiu obligatori mentre es pagava el privat li són “retornats” al subjecte quan es matricula al sistema universitari “públic”, que és voluntari i altament subvencionat (a l’entorn del 80% del cost real). Si la petició patronal fos acceptada i els serveis públics entressin en un model de desgravació per “no ús” molts podríem reclamar la nostra part dels diners destinats a subvencionar la formació continua que no hem usat.

Més encara: malgrat que  la formació universitària ha de tenir una vessant professional innegable i que no seria acceptable -ni legal- que la Universitat renunciés a la seva funció de generació global de coneixement, cal reclamar també el suport de la societat i les empreses als estudis que s’anomenen falsament “no professionals”. Només cal veure la potència de les accions de suport, per exemple, de la societat civil anglesa, nord-americana o alemanya a tot tipus d’activitats universitàries per intuir que som encara molt lluny d’una situació normalitzada.

 

Certament els nostres Rectors i Rectores estan molt sols, encara més perquè podrien estar molt més ben acompanyats, sobretot si es prengués consciència  que la inversió en universitats i en transferència de tecnologia no és només cosa pública, també és responsabilitat privada -del conjunt de la societat- i de la pròpia Universitat, que esta obligada a generar riquesa i possiblement podria fer més per resultar atractiva a les empreses.


ES COMO PARA LLORAR. Infolibre. 8.6.2017

El reciente ataque informático del virus WannaCry, que parece haber afectado (al menos) a 150 países, ha hecho visible algo que, aunque apocalíptico, pasa desapercibido al usuario de a pie mientras que en el mundo de la ciberseguridad es cotidiano: la debilidad del sistema de redes conectadas a Internet. El alcance de este ataque, como con algunas enfermedades, probablemente es mayor al declarado y abre la puerta a un escenario de elevada complejidad: como si de una bomba de neutrones se tratara, la pesadilla puede paralizar hospitales, sistemas de transporte, de suministros de agua y energía, sistema bancario…. la vida actual, en suma, con la diferencia respecto de la bomba de que mantiene vivos a los humanos para que sufran.

Sin embargo, el ataque evidencia no tanto una debilidad estructural de la Red (relativamente robusta al no estar centralizado el sistema) sino más bien la debilidad del factor humano. La red es débil porque sus usuarios (personas físicas) lo son. La debilidad humana en este ámbito tiene que ver sobre todo con el uso de las redes sociales y con el comportamiento de los usuarios. La capacidad de expansión de un virus y de su penetración en un ordenador se vincula en una relación directa con la voluntad del usuario del terminal para recibir un mensaje electrónico en ignorancia de que ese mensaje incluye un virus malicioso. Nadie en su sano juicio dejará infectar su terminal (ordenador o teléfono móvil o tablet) conscientemente, como nadie, en general, decide infectarse conscientemente con bacterias o virus físicos dañinos. Para tener éxito los autores de los ataques con virus informáticos han de apelar en última instancia a elementos del factor humano que permitan que los destinatarios activen el virus a su recepción de manera voluntaria, aunque inconsciente. Estos elementos no tienen que ver con la tecnología, tienen que ver con el “ego” de los usuarios, que abren mensajes en las redes que aparentan provenir de un compañero de trabajo o de un “amigo” en Internet (condición que nada tiene que ver con la amistad, sino con una simple conexión con desconocidos) activando así el virus. Tenemos ya un primer factor: la curiosidad desmedida que lleva a abrir mensajes de origen desconocido. En segundo lugar: la ansiedad injustificada por contar con seguidores sin siquiera saber quién son. En tercer lugar: el narcisismo del usuario que difunde y re-difunde mensajes sin saber ni de quien provienen ni que incluyen con el único objeto de “ser” alguien en la Red. En cuarto lugar: la ignorancia sobre el funcionamiento del sistema, que alimenta la ingenuidad de creer que “en Internet mando yo”. En quinto lugar: la inmediatez que genera la alta velocidad de la comunicación en Internet, que facilita la réplica sin dar tiempo a reflexionar ni sobre el contenido ni sobre la forma del mensaje. En resumen: la debilidad del usuario se refuerza con la alta dependencia que el uso de las redes genera, incrementando así la vulnerabilidad del sistema.

Si la dependencia de las redes reviste tal magnitud solo hay dos salidas: o bien disponer de planes de contingencia efectivos, capaces de restituir el funcionamiento con el menor daño y coste posible, o bien disminuir la dependencia de los usuarios respecto del modelo. Lo primero es muy caro y lo segundo casi imposible, porque Internet dejaría de ser negocio, a no ser que se apueste por un modelo de redes que nos devuelva al origen: una auténtica red, sin oligopolios, con usuarios conscientes, que sea capaz de restaurarse gracias precisamente a su estructura no centralizada ni jerarquizada, pero sobre todo “consciente”, esto es, con consciencia de lo que sucede.

Es así como, más allá de la visión militarista que propone crear “milicias de hackers informáticos” que defiendan militarmente el ciberespacio podría plantearse otra visión del problema, a mi juicio más cercana a la realidad del día a día: la de reforzar el factor humano en el uso de las redes, más incluso, reforzar la salud psicológica de los usuarios para dificultar la dependencia enfermiza de las redes que, como epidemia que es, facilita la expansión vírica en las mismas.

Lo que está claro es que gran parte de la dependencia de las redes tiene que ver con ese hedonismo dependiente de selfies, Instagram, Facebook, Linkedin, Twitter y cualquier otra cosa que le sirva para acrecentar el ego. Ahí está gran parte del negocio, pero también de la desgracia, y, ojo, del potencial daño que un virus transmitido a través de estas plataformas puede producir. Por otro lado, la fabricación y difusión de virus informáticos viene a confirmar lo que llevamos pregonando de hace años: Internet no es un territorio de libertad dónde predomina el criterio del individuo sin someterse a estructuras burocráticas. Internet es de alguien y pertenece a sus propietarios, que imponen las reglas y usan sus armas, virus incluidos, que sirven también para incrementar el negocio de la ciberseguridad.

Bienvenidos a la realidad. Bienvenido WannaCry si pudiera servir para reconducir la epidemia de egolatría que late en las redes y, en tanto que virus, atacar con éxito la prolífica bacteria de la ignorancia, también en Internet. De lo contrario, es como para llorar.


Postverdad y des-engaño. El Periódico digital. 27.04.2017

El concepto de post-verdad no es nuevo, incluso es anterior a 2004, cuando se publicaron en Estados Unidos algunas obras relativas al mismo. En esencia significa que es posible conseguir que lo subjetivo (la emoción y las creencias del individuo) se imponga a la realidad objetiva cuando se trata de construir la opinión pública. Esto es, que la opinión pública se base más en sentimientos que en hechos objetivos. Podríamos pensar que se trata de una variante más de lo que se conoce como “desinformación” o incluso “propaganda” (en el sentido  peyorativo del término). Ciertamente, tienen en común una raíz (el engaño), aunque difieren en lo demás. El fenómeno, además, no es patrimonio exclusivo de las superpotencias, sino que en nuestro país disponemos también de magníficos ejemplos.

 

La post-verdad implica algunas diferencias respecto de la desinformación clásica. Veamos. Los sujetos objetivo de la desinformación eran individuos o grupos de individuos afectados por el engaño (caso clásico el de los analistas de inteligencia víctimas de acciones de desinformación del enemigo). En la post-verdad el objetivo es todo el “corpus” social, al que se apela para que “reinterprete” la realidad en base a sentimientos y en consecuencia que se comporte de tal o cual modo política o electoralmente basándose no en hechos objetivos sino en rumores o emociones.

 

El objeto de la post-verdad no es, como en la desinformación, la manipulación del canal y del contenido de la información, sino la alteración de las emociones de los destinatarios para obligarlos a actuar de modo distinto. Por otra parte, a diferencia de cuando Internet no existía, la tecnología hoy hace posible la existencia simultánea de multitud de canales y de redes de opinión que se replican continuamente confundiendo emisor y receptor en mensajes consumidos, reiterados y/o alterados, en intervalos de tiempo muy breves en los que pierden vigencia y “caducan”. Se trata de imponer rápidamente el mensaje más que de defender un argumento que lo aproxime a la “verdad”. La certeza del mensaje es además muy difícil de contrastar por la simultaneidad del mismo, distribuido globalmente con el aval de la “confianza” que la inmediatez genera. Así se mezcla cierto e incierto para dibujar la post-verdad que anidará en el ánimo -no en la razón- de los sujetos.

 

Algunos casos son recientes. Farage (líder británico antieuropeo) argumentó en la campaña en defensa del Brexit que los 350 millones de libras semanales que el Reino Unido dejaría de pagar a la UE serían destinados al sistema de salud británico (NHS). Según la Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido, el pago neto del Reino Unido a la UE fue de 190 millones de libras semanales. Ganado el referéndum el mismo Farage se contradijo y lo negó, afirmando que era un argumento de campaña. Otro caso. Algunos de las post-verdades  de la campaña presidencial de Trump, que se refieren entre otros, a la supuesta criminalidad de los inmigrantes, a la construcción del muro con México que pagará el Gobierno mexicano, a la inexistencia del cambio climático, a las ventajas del proteccionismo comercial o de la eliminación del Medicare o a la cifra de asistentes a su toma de posesión (que fue “hinchada” por su oficina de prensa).

 

Estos ejemplos siguen el mismo patrón de otros casos anteriores en España como el naufragio del Prestige en 2002, el atentado de Atocha en 2004 o el accidente del metro de Valencia en 2006.  En el caso Prestige el Gobierno del Partido Popular minusvaloró el riesgo (los “hilillos de plastilina” del entonces ministro Rajoy, que según él no eran marea negra). En el caso de Atocha los atentados yihadistas fueron atribuidos por el Gobierno Aznar a ETA, y en el accidente del Metro de Valencia la versión oficial fue que la causa era un exceso de velocidad (no siendo cierto), llegando incluso a  contratar una consultora para fabricar una “verdad oficial”.

 

Todos estos hechos tienen en común una acción gubernamental que persigue la construcción de una post-verdad, una “verdad alternativa” a la real para que se imponga en el corpus social,  como en el caso del Brexit o de Trump. Lo curioso es que en nuestro caso las post-verdades construidas desde los gobiernos fueron desmentidas por la realidad misma dando lugar a sonoros des-engaños: los casos Prestige y Atocha son algunos de los factores que acabaron con la era Aznar, y el caso del Metro de Valencia con la era del PP en Valencia. Y es que para que la post-verdad surta efecto es preciso contar con destinatarios acríticos, ávidos de “verdades alternativas”, aborregados por la humillación de verse excluidos de los “éxitos del sistema”; destinatarios que devienen carne de populismo de uno u otro signo. De momento, al menos en nuestro país, algunas de estas post-verdades no consiguieron su objetivo, a diferencia de nuestros vecinos anglosajones sumidos aún en el engaño para salir de la UE.  Es así como para desmentir la post-verdad no hay más que facilitar el des-engaño.


El turisme com a tractor de la recerca científica. Diari Ara. 28.2.2017.

El turisme té a Espanya un impacte econòmic evident: més de 75 milions de visitants el 2016 que van gastar uns 77.000 milions d’euros en un país que ocupa el tercer lloc mundial en aquest àmbit, segons dades publicades. Són xifres prou importants en comparació amb d’altres sectors considerats impulsors de la recerca (el biotecnològic, les TIC, o l’anomenada emprenedoria). Sense desmerèixer la importància d’aquests sectors per al benestar del país, és obvi que el turisme també en té, encara que no és del tot mèrit propi: el clima i la inseguretat en altres països  han ajudat força. És, per tant, estratègic per al sector no fiar el futur a factors externs i potenciar els interns, per exemple, la recerca.

Sorprèn que una activitat d’aital impacte econòmic, però també cultural, urbanístic, social, fins i tot sanitari, no gaudeixi d’un lloc preeminent en la nostra recerca científica. Evidentment hi ha excepcions, però no gaudeixen ni de l’impacte ni del suport institucional ni mediàtic d’altres àmbits. Hauríem de plantejar-nos si té sentit prioritzar esforços de recerca científica, sempre limitats, en sectors en què, ni de lluny, som líders mundials com sí que ho som en turisme.

D’altra banda, una correcta política turística -que pugui servir a una millor qualitat de vida del país- demana, entre d’altres, una correcta política d’inversions públiques i privades en infraestructures i serveis turístics, però també polítiques públic-privades de gestió del consens social, i també un plantejament coherent de l’economia col·laborativa en el sector, i un marc tecnològic adequat, i un sistema formatiu que permeti disposar de recursos humans i de talent adequats, i models de negoci turístic competitius, i estratègies de comercialització competitives, i…, en fi, tot un món de coneixements que només pot emergir d’un sistema de recerca científica i transferència de tecnologia ben enfocat i que supera, de lluny, el tradicional esquema en que el turisme és objecte de la formació ocupacional, la professional i poca cosa més.

La recerca en turisme pot contribuir a la millora de les inversions en el sector, però també a millorar la governança i la gestió del turisme i reduir la conflictivitat que avui s’hi associa, a donar, per exemple, un nou marc regulatori a Uber o AirBnb, a dissenyar un marc tributari o urbanístic més adequat, a disposar de recursos tecnològics innovadors o a que aflorin emprenedors en aquest àmbit. En resum, pot contribuir a una actualització del sector, fent-lo més competitiu per mèrits propis, tot reconeixent l’elevat impacte que exerceix sobre la nostra societat.

El debat públic sobre el turisme i la seva gestió, que és responsabilitat dels nostres governants estatals, autonòmics i locals, però també de la iniciativa privada, requereix sobretot de coneixement, de criteris fonamentats en un “corpus” i en una comprensió pública del sector, que són precisament uns dels objectius de la recerca científica. Sorprèn, per exemple, que els ciutadans de Barcelona considerin que el turisme és el seu segon gran problema (només darrera de l’atur), segons l’enquesta municipal del passat octubre, quan el turisme aporta aproximadament el 15% del PIB de la ciutat.

Dit d’una altre manera: ¿què som?, ¿què volem ser?, ¿volem ignorar en la nostra recerca un dels sector motor de la nostra economia?. Difícilment podrem jugar seriosament al lideratge en tots els àmbits de la recerca perquè els recursos econòmics, d’infraestructures i de talent són limitats. En un àmbit -el turisme-, ja en som, de líders: 75 milions de visitants. Cal prioritzar, la realitat és tossuda i les xifres exposades també ho són: ¿realment hem d’obviar un sector de la rellevància del turisme en la nostra política científica?.

No es tracta de repetir els errors del passat i multiplicar la despesa en organismes i mausoleus universitaris dedicats al turisme com fins ara ho estan a d’altres àmbits, sinó, tot implicant el sector privat,  de promoure el turisme com a objecte d’investigació científica en aquells àmbits de coneixement en que ja es treballa amb èxit: economia, ciències de la salut, dret, enginyeries, sociologia…tots aquests i molts altres poden enfocar també, més enllà dels seus objectius habituals, la seva activitat en un camp, com el turisme, que mereix més atenció científica de la que al menys fins ara li hem prestat i al que no podem negar la seva condició de motor de la nostra economia i per tant, de possible tractor de la nostra recerca.

 

Ramon-Jordi Moles Plaza