La “reci-procicat” por principio. Anna Garcia Hom; Ramon J. Moles. El País 13.2.2021

Vivimos inmersos en multitud de situaciones que exigen un grado de especialización importante. Ser los mejores significa ser expertos en algo. Se requieren años de experiencia antes de poder afirmar que uno sabe algo. Esto es bueno. El papel de los especialistas queda acreditado porque se requieren conocimientos especializados para resolver problemas y hacer avanzar nuestro potencial global. Sin embargo, una derivada no deseada de este enfoque de nicho es que limita las formas en que pensamos que podemos aplicar nuestro conocimiento sin que pueda ser tildado de fraude.

Algo parecido le sucede al Procicat: el organismo catalán encargado de las medidas de prevención de la COVID. En la práctica este organismo está siendo atrapado -confinado- por una doble inexperiencia: la propia y comprensible de hacer frente al cambiante comportamiento de un virus novedoso y la impropia e incomprensible resultante de ignorar a los colectivos sociales a los que van dirigidas dichas medidas. Al menos así lo intuyen estos colectivos al percibir una toma de decisiones opaca, incoherente y aparentemente arbitraria por cuanto no se acompaña de la publicación de justificaciones que las avalen.

A pesar de la conveniente necesidad de mitigar daños que la pandemia pueda ocasionar, ello no puede soslayar los damnificados a los que dicho organismo dirige sus decisiones y que las viven como abusivamente intrusivas. La pandemia hubiera podido ser el contexto ideal para desarrollar e implementar actuaciones articuladas y pactadas desde la persuasión, no desde la intrusión. Siendo evidente la conocida gravedad de las consecuencias de mantener en las pandémicas circunstancias actuales una intensa actividad económica y social, no lo es menos el alcance perjudicial de las consecuencias imprevistas derivadas de olvidar cómo afectan las decisiones del Procicat a la vida de las personas.

Sin desdeñar la dificultad de tomar decisiones bajo estas circunstancias también es justo apreciar la habilidad que se requeriría para hacerlo. La deseable “reci-procicat”, en este supuesto brilla por su ausencia. Tomar decisiones es aplicar herramientas y marcos mentales diversos, así como información específica relevante para el caso en cuestión: un martillo no es suficiente para clavar un clavo en esto que nos ocupa. Se necesitan más herramientas, más conocimientos y mayor perspectiva. De ahí que la inclusión y la implicación recíproca de actores de la vida económica, social, cultural, etc., debería haber sido la regla y no la excepción. Tomar decisiones de forma unilateral sin prever un mecanismo de participación que ayude a su comprensión y a su cuestionamiento en positivo para su mejora, provoca una asimetría informativa (en el mejor de los casos el decisor lo sabría “todo” y nosotros “nada”; en el peor nadie sabe “nada”) y, con ella, un perjuicio de los ciudadanos frente a sus gobernantes.

Esta “reci-procicat” debiera haberse basado en la transparencia, la simetría y la coherencia. Transparencia de capacidades, de criterios, justificación y resultados. Simetría de intereses y de responsabilidades. Coherencia de las medidas y de los medios. Tenemos derecho a una transparencia que nos permita saber qué criterios justifican los confinamientos perimetrales, los cierres de establecimientos o las limitaciones horarias y qué resultados presentan. Hasta hoy nadie ha explicado el porqué del cierre de unos negocios y no otros mientras se mantiene la densidad de pasajeros en autobuses y trenes de fácil contagio; o porqué se puede romper el confinamiento perimetral para votar, pero no por   motivos ejercibles en completa soledad. La necesaria simetría de intereses y responsabilidades se ve perjudicada por una obvia asimetría informativa que resulta de una asimetría de intereses: no es explicable que tomen decisiones gravosas exclusivamente quienes no se ven afectados gravemente por ellas. Quién no se juega su puesto de trabajo o su ruina económica en un cierre temporal debería, al menos, construir su decisión con la de los perjudicados. Esto permitiría que su toma de decisiones fuera más ampliamente compartida por decisores y afectados; unas decisiones mucho más de “reci-procicat”. Finalmente, la coherencia de los medios aplicados a las medidas adoptadas también es exigible cuando se contrata recaudadores de multas del confinamiento y, en cambio, parece que no hay medios para contratar rastreadores: ¿multar y cobrar sí, pero prevenir no? Otros países (Nueva Zelanda o Australia) han optado por potenciar el rastreo y (hasta ahora) se han ahorrado confinamientos ruinosos.

Transparencia, simetría y coherencia en las decisiones que se toman desde el Procicat permitirían calibrarlas para saber si sólo son buenas, son las mejores, las más defendibles, o son solamente las únicas posibles. Los ciudadanos merecemos saberlo para poder compartirlo.


TUPPERTRUMP

Y Trump dejó de tuitear sus mensajes envasados cual merienda en “tupper” para consumo inmediato. A raíz del asalto al Capitolio Twitter clausuró su cuenta por incitar a la violencia cuando había alcanzado los 88 millones de seguidores desde los 3 millones iniciales (cuando era candidato en 2015) y los 13 millones en 2016 al ganar la presidencia con 74 millones de votos. Twitter ha sido el mayor altavoz y uno de los mejores aliados de Trump para comunicar su “acción de gobierno”, presionar y castigar a sus opositores o directamente incitar la violencia. Trump ha sido un gran negocio para la plataforma si nos atenemos a sus millones de seguidores y las interacciones entre ellos que son la base del negocio de Twitter. En fin, una simbiosis muy provechosa para ambas partes hasta el pasado 6 de enero en que Trump instigó un golpe de estado que se saldó con la muerte de cinco personas (esto sí que es sedición) y un escenario altamente preocupante para la geopolítica mundial en la medida en que existen evidentes paralelismos con otros entornos (el populismo del Brexit, la Italia de Lampedusa, la Alemania del asalto al Reichstag el agosto pasado, la Francia de las algaradas de los chalecos, la España del cerco al Congreso en 2012 o la Catalunya de los asaltos al Parlament, sin ir más lejos).

Con el cierre de la cuenta de Trump se hace evidente algo notorio aunque no novedoso: si Twitter fuera una verdadera red social no podría cerrar ninguna cuenta porque, siendo una red, nadie -más que la red en sí misma- dispondría de autoridad para ello. Si Twitter puede cerrar una cuenta es porque no es una red social, sino un medio de comunicación propiedad de alguien que decide que en su negocio manda él y permite publicar o no aquello que él decide (como en los medios de toda la vida). Prueba de ello es que medios como Twitter o Facebook discriminan claramente sobre lo que dejan publicar o no. De lo contrario, ¿por qué no censuran chats de militares jubilados que proponen fusilar a la mitad de ciudadanos de este país? Si censuran a Trump es porque sus dueños consideran que es un árbol caído -si no claramente una amenaza-. Lo demás les es irrelevante: ni el Capitolio está en la Carrera de San Jerónimo ni les importa la guerra de “verdades alternativas” entre poderes de distintos colores mientras sirvan para incrementar su facturación.

Desde su aparición Twitter, Facebook, Instagram y demás han reclamado su condición de “redes sociales” (absolutamente subordinadas a sus usuarios, sin un “poder” central) y por lo tanto de “adalides” de la democracia más “libertaria”. Este ha sido el discurso de sus dueños, pero también de sus acólitos, arribistas empresariales, y de una intelectualidad advenediza que sucumbió a los “encantos” de los juguetes tecnológicos. En 2004 ya apunté en “Derecho y control en Internet” que las redes sociales no eran verdaderas redes sino meros medios de comunicación, y ello a pesar del numeroso coro de aduladores tecnológicos que clamaban a favor de la supuesta “tierra de libertad” que Internet suponía por su supuesta falta de control centralizado. Se llegó a teorizar sobre economía, cultura o sociedad “en red”. No siento haberme anticipado: hoy desgraciadamente asistimos a una economía de “plataformas” (la “gigeconomy”) que esclaviza a repartidores en bicicleta o que hunde a trabajadores autónomos o a empresarios turísticos en beneficio de grandes fondos que cotizan en bolsa. Y todo ello a pesar de las indudables ventajas tecnológicas de la digitalización en tiempos de pandemia, que nada tiene que ver con este aspecto de las “redes sociales”.

Las “redes sociales” no lo son. Son simples medios de comunicación camuflados: sus dueños controlan lo que se puede o no comunicar por parte de millones de “redactores” que no solo no cobran como los de los medios tradicionales, sino que pagan -sin saberlo- por comunicar. De este modo, los dueños de las redes pueden decidir quién comunica y quién no: Trump ya no puede a pesar de sus cuatro años de exabruptos golpistas tolerados por Twitter porque les generaba negocio. Seamos claros: en las “redes sociales” es exigible el mismo respeto a la libertad de expresión que en los otros medios de comunicación; el hecho de ubicarse en Internet no las dota de mayores libertades y sí de las mismas servidumbres. Ello es así hasta el punto de que si una red no es suficientemente grata se puede montar otra alternativa: ahí está en el caso de los “trumpistas” la red social alternativa “Parler”. Para que una “red social” lo fuera realmente debería reunir dos condiciones. Una: en lugar de normas impuestas por dueños con ánimo de lucro debería basarse en una autorregulación de sus usuarios al estilo de la Wikipedia. Dos: una regulación o control tutelado por parte de los poderes públicos en protección de las libertades e intereses públicos, igual como sucede en la realidad “analógica”, donde no es admisible fundar una asociación con fines criminales o para atentar contra las libertades. Si se pretende una sociedad libre y cívica debemos huir de las simplificaciones envasadas en Twitter cual ideas metidas en un tupper. Hay que huir del “tuppertrump”.

Ramon J. Moles

Profesor de Derecho Administrativo

https://www.infolibre.es/noticias/opinion/plaza_publica/2021/01/19/tuppertrump_115328_2003.html


GUERRAS DE BULOS

La Vanguardia 18-11-2020

La reciente Orden Ministerial que publica las directrices de la UE contra la desinformación (campañas de difusión de bulos o noticias falsas) ha desatado una ola de protestas basadas en que se trata de un ataque a la libertad de expresión para crear un modelo de censura parecido al orwelliano “ministerio de la verdad”. Así, el PP exige la retirada de la Orden, pide la comparecencia de Carmen Calvo e Iván Redondo y solicita al Parlamento Europeo que intervenga en defensa de la “amenazada libertad de expresión” en España.

Trasladar una batalla política española de vuelo gallináceo a Europa sin otro motivo que el electoral es de una gran irresponsabilidad teniendo en cuenta el contexto de distribución de ayudas europeas en el marco de la COVID, además de una manifiesta ignorancia, puesto que la Orden es simplemente la transposición del Plan de Acción aprobado por el Consejo Europeo en diciembre del 2018. Incluso la propia Comisión Europea ha indicado que la norma no pone en riesgo la libertad de prensa.

Vayamos por partes. Una cosa es el derecho fundamental a la libertad de expresión constitucionalmente protegido y otra muy distinta intentar evitar las campañas de desinformación dirigidas directamente a dañar los intereses del país. Recuerden la campaña de prensa en Europa sobre los pepinos almerienses que supuestamente generaron intoxicaciones en Alemania o las campañas contra el sector turístico español (especialmente Baleares) antes y durante la COVID, las campañas antivacunas. Según el Eurobarómetro de 2018 el 88 % de los ciudadanos consideran que la desinformación es un problema y en 2020 el 66% afirma encontrarse con información falsa o que malinterpreta la realidad al menos una vez a la semana. Nada que ver con la libertad de expresión, es simplemente desinformación: información verificablemente falsa o engañosa que se crea, presenta y divulga con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población, y que puede causar un perjuicio público como por ejemplo amenazas a los procesos electorales democráticos o a bienes públicos como la salud, el medio ambiente o la seguridad, entre otros.

Y es que, contra lo que muchos opinaban hace años, Internet no es un espacio de libertades absolutas llamado a ser el paraíso de los que huyen de lo público. Internet es propiedad de sus dueños, que hacen y deshacen a su antojo, pero requiere de una regulación público-privada que garantice un marco operativo respetuoso con los derechos fundamentales.

La Orden no parece un sistema de censura sobre los medios de comunicación, aunque habrá que estar atentos, como siempre, para evitar que el poder caiga en la tentación de abusar de los mecanismos que tiene atribuidos: ello depende básicamente de la fortaleza de la sociedad civil (no muy boyante en España). Esencialmente lo publicado se refiere a cuestiones organizativas sin alusiones a la libertad de expresión (aunque ciertamente los ataques a derechos casi nunca son explícitos). Si algo evidencia la Orden es la dificultad de poner orden en un modelo burocrático de metástasis de órganos administrativos de difícil adaptación al modelo europeo (que en el fondo es de lo que se trata).

La lucha contra la desinformación ha de ser una prioridad para las sociedades democráticas que debiera haber sido abordada ya hace años. La irrupción de Internet no hizo más que redimensionar el problema hasta el punto de ubicarlo en el ámbito de las “redes antisociales”, esto es, las redes como medio para las guerras varias no militares (económicas, culturales…). El buenismo no es un arma útil en este contexto: los poderes públicos y la sociedad en su conjunto debemos tomar conciencia de la importancia estratégica de estar preparados ante estos eventos. Para ello es imprescindible poner orden en nuestro patio trasero (nuestra Administración) y para ello esta norma puede ser un primer punto de partida al que le debemos reclamar mayor ambición: mayor simplificación y amplitud incluyendo no sólo al sector privado, sino al resto de Administraciones Públicas (autonómicas, locales o corporativas como las Cámaras de Comercio y los Colegios profesionales, por ejemplo).

Es posible también apuntar dos elementos estructurales más: por una parte debemos intentar ser capaces de homologar nuestro funcionamiento en este campo lo máximo posible a Europa (lo que requiere mayor simplicidad organizativa, de la que estamos muy lejos aún) y por otra, en aras de garantizar la protección de los derechos fundamentales eventualmente implicados, ¿por qué no replicar el modelo de control judicial que asiste al Centro Nacional de Inteligencia, que cuenta con un magistrado del Tribunal Supremo adscrito para todo aquello que la protección de derechos fundamentales requiera?.

Ojo al dato: estas medidas no servirán de nada si no superamos la candidez de los usuarios de Internet que en el mejor de los casos ingenuamente replican bulos en las redes “antisociales”, y en el peor son agentes activos y voluntarios del fenómeno.

Ramon J. Moles Plaza

Profesor de Derecho Administrativo


La conflictiva desescalada. Anna Garcia Hom en TV3.

06/23/2020

La socióloga Anna García Hom, experta en la gestión del riesgo, cree que no se ha hecho bien la planificación e información a la población en la desescalada. Dice que se necesitan mensajes claros y cortos para todos, sin generar excepciones a la norma.

https://www.ccma.cat/tv3/alacarta/els-matins/la-conflictiva-desescalada-abans-de-sant-joan/video/6048976/


LA CRISIS DE NISSAN EN TV3. Els matins TV3. Entrevista en TV3.

https://www.ccma.cat/tv3/alacarta/els-matins/josep-m-vall-no-es-realista-nacionalitzar-la-nissan/video/6045931/

 


Desconfinamiento. Entrevista en “La ventana” Cadena Ser. 27 Abril 2020. minuto 9:30 hasta el 25:30

https://play.cadenaser.com/audio/cadenaser_laventana_20200427_160000_170000/


ENTREVISTA EN TV3. Efectos coronavirus en la sociedad y la economia

https://www.ccma.cat/tv3/alacarta/tot-es-mou/la-por-al-coronavirus-efectes-en-la-societat-i-leconomia/video/6034949/

 

12/03/2020

Hoy, jornada de pánico en las bolsas, también, con caídas muy fuertes, y medidas anunciadas tanto por parte del Banco Central Europeo como por el gobierno español. Nos lo explican Jordi Martínez y Francesc Serra, jefe de Economía de los informativos de TV3, y hablamos del miedo y el riesgo del coronavirus con los autores de “Manual del miedo”, la socióloga Anna García-Hom y el profesor de Derecho Administrativo Ramon-Jordi Moles.


Histeria ante el coronavirus: “La tecnología y las redes sociales nos han llevado a ser más miedosos”

El ser humano es el único animal con capacidad de tener miedo a las amenazas reales y también a las imaginadas. Es uno de los puntos de partida de ‘El manual del miedo’, un libro que está a punto de ver la luz y que recoge el trabajo de años de investigación de dos expertos en análisis y prevención de riesgos que nos han acompañado esta tarde en La Ventana: la socióloga Anna García Hom, y el profesor de Derecho Administrativo, Ramón Moles.

Ambos han destacado la desproporción entre el peligro real del coronavirus, una enfermedad conocida en su sintomatología y efectos -similar a una gripe- y el riesgo construido por la sociedad a la hora de percibirlo colectivamente. “En eso los medios de comunicación tienen una responsabilidad importante y también los gestores políticos. Es lo que llamamos comunicación anticipatoria. Si quieres gestionar bien un escenario futuro plausible procura comunicarlo antes de que suceda y no después, porque si es después tendrás que ser reactivo e ir mirando el retrovisor. Si al inicio de la crisis, se hubiera lanzado el mensaje de que la propagación del virus fuera de Wuhan era posible e incluso probable, añadiendo los correspondientes mensajes de tranquilidad e información, la sociedad podría haber digerido ese escenario con más normalidad y quizá no estaríamos viendo ahora el regreso atolondrado de becarios desde Italia”, ha apuntado Ramón Moles.

¿Y cómo neutralizamos esos miedos infundados o exagerados? “Básicamente llamando a las cosas por su nombre, la contaminación es contaminación, no calidad del aire. La población merece una información del máximo rigor científico pero con la mayor claridad y transparencia posible”, ha añadido Anna García Hom. “Y eso exige también que a la hora de informarnos podamos acudir a las fuentes fiables, a los auténticos expertos, y no como está ocurriendo, llenemos nuestro hueco del miedo con el atajo fácil del bulo, de lo que nos cuenta el vecino, leyendo un tuit o un blog que carece de fundamento”.

Son las paradojas de una sociedad cada vez más “hipocondríaca y miedosa” fruto de la tecnología y las redes sociales y la capacidad de difusión sin control de las llamadas noticias falsas, apunta Moles.

‘El manual del miedo’ aborda también la necesidad de mejorar en prevención de la gestión del riesgo y de formar a la población desde la educación, además de dar una mayor participación a los comités científicos en la gestión de las crisis sanitarias o epidemiológicas. Pueden actuar de filtro para neutralizar debates sociales o políticos sin fundamento que sólo contribuyen al ruido y a la confusión pero que no ayudan.


Brexit con lengua. Infolibre. 5.2.2020

Finalmente se ha consumado la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Con ello la UE pasa de tener 28 miembros a tener 27, de los cuales solo dos (Irlanda y Malta) tienen el idioma inglés como idioma cooficial junto al irlandés y el maltés, que son sus idiomas oficiales principales: los otros 25 tienen como oficiales un total de 24 lenguas distintas al inglés.

Vaya por delante que el saber no ocupa lugar y que el dominio de idiomas es una capacidad meritoria, pero el Brexit debería suponer un cambio de estatus del inglés como idioma de trabajo en el ámbito comunitario. La cuestión no es baladí: el uso de uno u otro idioma es un instrumento de poder extremadamente poderoso. El hecho de no poder alegar desconocimiento de una lengua (es lo que la hace oficial), en la práctica se acompaña de usos de la misma que vienen prácticamente obligados por las circunstancias. Es lo que sucede con el inglés más allá de su oficialidad: si quieres prosperar en el mundo académico tienes que publicar en inglés, si quieres encontrar trabajo tienes que hablar inglés, si quieres saber como funciona un electrodoméstico mejor que leas las instrucciones en inglés. En la práctica se ha convertido en la “lengua franca”, impuesta por una situación de supremacía burocrático-cultural anglosajona que ha acompañado a la expansión del poderío de Estados Unidos, Reino Unido y otros países anglófonos. Si eres anglófono tienes una ventaja que va a hacer que sólo en algunas ocasiones se te exija que hables otros idiomas, si no lo eres da igual que seas políglota y hables varios idiomas distintos del inglés: el “mercado” te obliga a hablar inglés. No en vano Francia, consciente de ello, lanzó hace años sus políticas de francofonía para intentar contrarrestar esta “imposición”. Fíjense que no ha sucedido lo mismo con el castellano.

Pues bien, hoy el inglés ya no es el idioma oficial de un Estado miembro de la UE: sólo es el idioma cooficial de otros dos Estados miembros (Irlanda y Malta) con mucho menos peso geopolítico que el Reino Unido. Este hecho debiera tener como consecuencia, por un lado, la recuperación del peso específico de otros idiomas (castellano, francés, italiano o alemán), acorde con la consideración geopolítica de sus Estados y con el respeto al multilingüismo que declara la propia UE en el articulo 43 de su Carta de los Derechos Fundamentales.

Y por otro lado debiera considerarse que si los más de 60 idiomas “regionales y minoritarios” que cuentan con más de 40 millones de hablantes (como el catalán, el euskera, el frisón, el galés, el sami y el yidis) deben ser objeto de protección por cuanto no cuentan con estatus oficial suficientemente “estatalizado”, razón de más para resituar al inglés en el suyo justo y actual: el de un idioma cooficial de dos de los Estados de la Unión, y aún de escaso  peso demográfico, que pasará de ser hablado por el 13% de europeos a menos del 1%. Es por tanto una situación asimilable al catalán, que cuenta con muchos más hablantes que el irlandés. En otras palabras, si el inglés mantiene su estatus, el del catalán en la UE (que es idioma cooficial en parte de España) debiera ser equiparado.

De otro modo, parecerá que los Estados que todavía se mantienen en la UE han preparado una salida del reino Unido excesivamente cariñosa para el inglés, tal que un “Brexit con lengua”.


BASURA INCENDIARIA El Periódico, 10.1. 2020

La reciente “cima” del cambio climático convocada por la ONU en Madrid no es tal (no está en las alturas como cualquier otra “cima”), sino en lo más bajo posible (una profunda sima) si nos atenemos a los resultados de esta, más allá de sus funciones de altavoz mediático de distintos grupos de presión a favor o en contra de temáticas ambientalistas diversas.

Una vez más, no parece que la solución a cualquier problema de dimensiones planetarias vaya a ser un gran consenso mundial. Más bien todo apunta a que las grandes alteraciones del estatus mundial provendrán de cambios en las actitudes y comportamientos de las gentes a nivel individual y de pequeñas colectividades. Ello conlleva que la “solución climática” (ambiental) esté probablemente más en la gestión doméstica de nuestra vida diaria que en los fastos políticos y de lobbies. Para ello sería precisa una política de lo cercano, de lo posible, de lo individual.

Viene esto a cuento de la reciente noticia del incendio de una planta de residuos en Montornés del Vallès que contaminó el rio Besós perjudicando gravemente la recuperación de un ecosistema fluvial que empezaba a regenerarse con éxito. Este hecho coincidió casualmente con la “sima del clima” y con rimbombantes declaraciones políticas y publicitarias sobre las “bondades” de España y sus empresas en cuanto a la lucha contra el cambio climático.

Sin embargo, a poco que busquen por Internet descubrirán que en la “España de las Maravillas” se han producido casi 300 incendios de plantas de reciclaje de residuos en tan sólo 8 años. Esta siniestralidad es muy extraña: ¿es que el sur de los Pirineos es más propenso a incendios casuales?, ¿nuestras instalaciones no tienen medidas de prevención de incendios? Ciertamente, demasiados incendios en plantas de reciclaje; y que lo sean por casualidad no es creíble. Más bien es altamente sospechoso: o el reciclaje de residuos no es negocio mientras que sí que lo es su recogida o, aún peor, lo es únicamente la subvención que pueda acompañarla. Mientras, archivamos la basura en contenedores de colores y la paseamos hasta los “ecoparques”. Nuestra cacareada vocación de economía circular (reaprovechar residuos) es en realidad una economía de trasvase de porquería. Y cuando ya no es negocio nos dedicamos al tráfico ilegal de residuos, cómo se vio el pasado septiembre en Indonesia, que en dos meses interceptó más de 2.000 contenedores de residuos procedentes entre otros, de España.

Ciertamente, el problema requiere soluciones sistemáticas y globales que rediseñen nuestro sistema productivo, pero también y sobre todo de un cambio de actitud individual, que, sumado a millones de cambios de actitudes, pueda servir para alterar la tendencia autodestructiva de nuestra economía depredadora basada en el consumo injustificado de todo tipo. Y esto afecta a nuestra coherencia individual y colectiva. Por ejemplo, a pesar de que el carbón es altamente contaminante, en España lo hemos subvencionado desde 1989 con más de 28.000 millones de euros y en Europa representaba en 2017 la cuarta parte de la producción eléctrica.

Mientras pretendemos dar lecciones ambientalistas a la humanidad entera resulta que, en este país, como en muchos otros, cuando la basura nos llega al cogote no la reciclamos, simplemente la quemamos. Y si el incendio se lleva por delante un bien común como puede ser un ecosistema fluvial ya vendrá el seguro a compensarlo. Y es que lo que se quema es mierda con denominación de origen: mierda de país.