La economía de los datos: un expolio y un oligopolio. El Pais Retina. 29.3.2018

Una consultora de estrategia electoral explotó datos de Facebook en apoyo de Trump con la colaboración de la red social, pero sin permiso de los usuarios. Alguien apuntó recientemente que lo grave no es el abuso de datos de millones de usuarios, sino el daño a la confianza de éstos en la llamada “economía de datos”.

Discrepo. Lo grave es el actual modelo de negocio basado en la explotación de datos de usuarios de redes. Lo grave es la opacidad de la “economía de datos” por la dejación de funciones de los poderes públicos partidarios de la desregulación, por un lado, y de la codicia desaforada de algunos “emprendedores digitales”, por el otro; emprendedores con principios parecidos a los del egocentrismo de un colono del Lejano Oeste. Así nos va.

Lo menos grave para mí es la crisis de Facebook. Tampoco el supuesto daño a la confianza en la “economía de datos”, que es un mal menor lógico. La red social viene sufriendo desgaste desde hace meses como consecuencia de su modelo de negocio basado en datos de terceros, aunque también desde hace años sufre crisis sucesivas por sus deficientes políticas de privacidad. Steve Jobs se lo advirtió a Zuckerberg en un acto público en 2008 y el problema reapareció en 2010 y en 2014. Por otra parte, la “economía de datos” no puede pretender ser “confiable” sin retribuir a quienes le facilitan su materia prima -los datos-. En palabras de un directivo alemán: “en cualquier negocio en el que el producto es gratis, el producto eres tú”. En este sentido, la “economía de datos” es hoy a la vez un expolio y un oligopolio. Expolio por cuanto dispone de algo ajeno sin contraprestación ni autorización consciente por parte de aquellos que actúan como indígenas que entregan sus tierras a los colonos a cambio de cuatro  cachivaches. Oligopolio porque quienes controlan el cotarro de verdad son muy pocos: los dueños de las Redes, que imponen sus normas sin someterse a control alguno.

A poco que uno se libere de la moda de la fe ciega en cacharrerias tecnológicas varias y sea capaz de reflexionar viendo la situación “desde fuera” concluirá rápidamente que el problema se reduce a unos pocos interrogantes muy básicos. Esencialmente, quién manda en Internet (cuál es su estructura y gobernanza y cómo de fiscalizable es), cómo se gana dinero en Internet (a base de comerciar con datos ajenos, aún sin permiso consciente de sus dueños), y finalmente, qué hacen nuestros gobernantes al respecto (cuál es el modelo regulatorio público de Internet). A mi humilde entender la respuesta a dichos interrogantes nos conduce inexorablemente a constatar que en las Redes mandan sus dueños, que son quienes ganan dinero con una materia prima gratuita (los datos), que se alimenta de la ingenuidad y del ego de los usuarios, y que nuestros gobernantes hacen al respecto mucho menos de lo que pueden y deberían.

 

Las soluciones no son muy difíciles de plantear. Es precisa una nueva gobernanza de Internet, en la que las autoridades protejan el interés público en las Redes (entre otros la privacidad de los usuarios). Es preciso un modelo de negocio en Internet que no se base en el expolio ajeno: si alguien quiere mis datos que me retribuya de un modo u otro. Finalmente, es indispensable una concienciación de los usuarios para transformar su egolatría ignorante en identidad crítica. No veo otro modo de generar confianza en la “economía de los datos” que el respeto a los usuarios, la transparencia, el equilibrio de prestaciones y el llamar a las cosas por su nombre.

 

No todo lo supuestamente “moderno” lo es. El expolio desenfrenado, el abuso de posición dominante, la opacidad de mercados, la regulación insuficiente, la desprotección del individuo, son fenómenos recurrentes. No, lo grave no es la pérdida de confianza porque ésta no puede ser ciega, tiene que estar en el “debe” de la contabilidad de los dueños de Internet. Nosotros, los ciudadanos, aspiramos a tenerla, pero queremos tenerla en nuestro “haber” contable. Sólo así la confianza en la “economía de datos” no será ciega, sino merecida.

 

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La privacidad como excepción. La Vanguardia. 26.03.2018

Algunos operadores de redes sociales están publicitando sus políticas de privacidad con objeto de concienciar a los usuarios de las posibilidades que ofrecen para proteger sus datos. El compromiso llega al punto de que algunas de ellas disponen incluso de “Director de privacidad”. Todo ello muestra la importancia creciente del debate sobre el uso de los datos y su privacidad.

Vaya por delante algo obvio: los datos son, en principio, del usuario. En la práctica sin embargo esto no es tan claro o, cuando menos, respetado. El negocio de las Redes se basa en explotar datos de los usuarios que estos confían a los operadores de modo voluntario e inconsciente. Voluntario porque, en el mejor de los casos, al acceder a los sistemas generalmente se autoriza por defecto el uso de los datos a terceros; en el peor de los casos los metadatos son cedidos por los operadores a terceros para su explotación. Inconsciente porque los usuarios no son conscientes del uso de sus datos por terceros o, en determinados casos, ni siquiera quieren serlo -analfabetismo digital- habida cuenta del lavado de cerebro: “si no estás en las redes no eres nadie”. En resumen, las Redes, para sobrevivir y obtener grandes beneficios, necesitan datos a costa de sus usuarios: Instagram, Snapchat, Facebook o YouTube precisan de datos y por eso se construyen sobre la dependencia de sus usuarios. En este sentido la privacidad en las Redes es inexistente por cuanto así los datos están disponibles por defecto.

La contradicción, aparente, está servida: tenemos que defender la propiedad privada -de datos- en un entorno (Internet) que tenía que ser el paraíso de la libertad, del no-control, de la inexistencia de un poder centralizado. En realidad no existe tal: Internet, las Redes, siempre han sido de sus propietarios, quienes basan su negocio en la explotación de datos de terceros como si de tierras a ocupar por colonos se tratara. La privacidad en Internet es un derecho a conquistar (no algo reconocido por los operadores) que gana terreno tímidamente gracias a que los poderes públicos intentan limitar el poder de los actores privados de las redes y a la propia conciencia de los usuarios. De ahí las campañas de imagen. Se trata, en fin, de que la privacidad en Internet no sea la excepción, sino la norma.


Hay vida más allá de Facebook. El Periódico de Catalunya. 19.3.2018

El mayor diario impreso de Brasil (Folha de Sao Paulo), que es además el más popular en Facebook con 6 millones de seguidores, anuncia que deja de publicar en Facebook. Parece que esta decisión tiene que ver con la nueva estrategia de los gestores de esta Red: dar más visibilidad a publicaciones de “amigos” y “conocidos” de los usuarios que a las provenientes de la prensa, lo que  reduce el impacto de las publicaciones digitales y su capacidad para captar lectores en Internet. A pesar de que los “profetas digitales” se han apresurado a pronosticar la hecatombe del diario brasileño por su “temeridad”, no parece que esto vaya a suponer un gran problema para el mismo, y ello por dos razones básicas: la primera porque la prensa escrita no vive únicamente del monocultivo de lectores (en este caso los de la Red), la segunda estriba en que Facebook está perdiendo seguidores de manera acelerada, cuestión admitida incluso por su fundador Mark Zuckerberg.

La pregunta es: ¿por qué Facebook prioriza las publicaciones de particulares frente a las de los medios escritos?. Fundamentalmente porque está disminuyendo de modo alarmante el número de interacciones entre sus usuarios y precisa urgentemente reanimar el “tráfico” en su plataforma para mantener el negocio. Esto es, si disminuyen los usuarios, disminuyen las interacciones de contenidos, si disminuyen éstas también disminuyen aquellos. Es como ir en bicicleta: si dejas de pedalear (de incitar a la interacción entre contenidos, entre “objetos”) te caes (baja tu cifra de interacciones y por tanto tu capacidad de incidencia publicitaria y, al fin, tus ingresos). Ello evidencia que el negocio se basa en explotar la actividad de los usuarios. Zuckerberg y sus gestores piensan, lógicamente, que para recuperar actividad hay que modificar el algoritmo que gobierna Facebook para privilegiar las interacciones de sus usuarios frente a la de quienes son meros “mensajeros sin interacciones” (los periódicos, por ejemplo). Su problema es que, poco a poco, van quedando al descubierto las tripas de su “montaje”.

El caso brasileño muestra que lo que hasta hoy se denomina “Redes” (Facebook, Linkedin, Pinterest, Twiter…) en realidad tiene poco de Red y mucho de escaparate, por cuanto no sólo no son descentralizadas, sino que alguien decide qué, cómo, cuándo y dónde se puede interactuar: sus dueños, los que manejan el algoritmo, la ley que rige el funcionamiento de la Red, al que los usuarios no tiene acceso ni pueden oponerse (caso del diario brasileño). Y es que en realidad los usuarios no son “sujetos” en la Red, sino “objetos” de la misma, puesto que es de hecho de sus contenidos, sin capacidad de decisión, de los que se alimenta la Red. O sea, en palabras de un alto directivo alemán de las telecomunicaciones: “cuando el producto es gratis, el producto eres tú”.

 

La proliferación de noticias falsas en Facebook evidencia lo anterior: las “fake news” precisan de un alto grado de confianza entre usuarios para propagarse (siempre es más creíble una falsedad que nos remite alguien de confianza que si proviene  de un remitente que no lo es). Al generar tráfico compartido estas falsedades contribuyen a reanimar el negocio, pero para ello es preciso dar prioridad al tráfico de contenidos personales sobre el institucional, justo lo que el cambio de algoritmo persigue. Además, al carecer de una orientación a “sujetos” el algoritmo sólo trabaja con “objetos” (contenidos desvinculados de sujetos), con lo que no puede discernir lo verdadero de lo falso y en la práctica impide que Facebook pueda hacerlo. Es por esta razón -y no por “respeto al usuario”- por la que la Red, en la práctica, traslada la responsabilidad de verificar las “fake news” al usuario.

 

El modelo de gestión de contenidos de Facebook también ratifica lo anterior. Para “reactivar” la actividad de la Red debe disponer también de contenidos adicionales a los generados por los usuarios que -para ser rentables- deben ser tan gratuitos como lo que generan éstos. El problema es que los contenidos adicionales son generados  por medios de comunicación que soportan los costes de producción sin que Facebook les compense a cambio por el tráfico generado, lo que obviamente desequilibra el modelo de negocio a favor de la Red.

En fin, Facebook no es una Red, es un enorme escaparate que contiene millones de usuarios-objeto y del que sólo sus dueños tienen la llave, frente al cual, como si no hubiera vida más allá, se hallan embobados miles de millones de ingenuos.


Anemia española. Infolibre. 19.3.2018

La ciencia atribuye la anemia a que la sangre no transporta suficiente oxígeno al resto del cuerpo por falta de hierro suficiente para producir la hemoglobina, que es el vehículo para el transporte del mismo. Ello produce debilidad, mareos e irritabilidad.

No seré yo quien abone el tradicional discurso español cainita y catastrofista. Tenemos cosas muy buenas, otras no tanto y algunas muy malas. Entre las buenas y no tan buenas no está la calidad de nuestra gobernanza ni nuestro sistema político-administrativo. Justamente, a pesar de las apariencias, podría decirse sin faltar a la verdad que España está anémica: débil, mareada e irritable. Por otra parte, y tal como indicaba recientemente un artículo en la prensa diaria del catedrático de Derecho Administrativo Muñoz Machado, Catalunya está anómica, esto es, “faltada” de normas a causa de un proceso político mal planteado que, por razones diversas sobre las que unos y otros polemizan, augura un devenir incierto. Pues bien, entre muchos otros varios factores causales, a mi juicio no se puede entender esta anomia catalana sin la anemia española primera, puesto que ambos dos son desafortunados procesos que, de forma interesada, se están alimentando mutuamente.

Ciertamente, si en la anomia catalana es preocupante la “ausencia” de leyes, en la anemia española, lo es constatar la debilidad del sistema, el mareo político en su conjunto y la irritabilidad -por no decir mala educación en ocasiones- del clima político, tertuliano y opinador. Más aún, esta anemia es muestra, sobre todo, del agotamiento de la llamada “transición”, no sólo por la incapacidad de vislumbrar proyecto alguno capaz de generar entusiasmo y confianza, sino sobre todo constatando -contra lo que podía parecer hace cuarenta años-  que la dictadura se cerró en falso. A pesar de la interesada amnesia impuesta por un bipartidismo sofocante las consecuencias del golpe de Estado del 18 de Julio de 1936 llegan hasta hoy y requieren reparaciones, no sólo -por supuesto- a las víctimas de uno y otro lado, sino en las estructuras del Estado mismo. No es ya posible mirar a otro lado: la fachada anémica se cae a pedazos. Como recuerda el catedrático de Derecho Administrativo Alejandro Nieto, la “organización del desgobierno” viene de lejos: la partitocracia se ha adueñado no sólo de nuestra democracia y de nuestras Administraciones Públicas, sino hasta del Poder Judicial y del mismísimo Tribunal Constitucional. Salvo honrosas y contadas excepciones las élites extractivas y los “políticos” sin otra profesión que la militancia ciega e interesada campan a sus anchas en la economía de los oligopolios del BOE, la corrupción rezuma por los poros del sistema, la baja competitividad y el empleo precario presiden una economía basada en el ladrillo y el turismo que hasta ahora ha sido receptora neta de fondos europeos. Mientras tanto, la brigada Aranzadi del alto funcionariado enfoca su miopía al uso partidista de la razón de Estado para imponer la idea de que sólo hay una forma de ser y sentirse español.

Aunque la crisis sociopolítica actual tiene dos actores principales, la anomia catalana y, también, la anemia española, que se benefician tapándose mutuamente las vergüenzas, no será extraño que en futuro próximo se amplíe el problema a otros territorios que irán constatando progresivamente no sólo la falta de proyecto político y territorial sino también la falta de respeto por la discrepancia.  En su carrera por el control del nacionalismo español en una España única tanto el PP como Ciudadanos, instalados en su credo único en el que no han sabido aún encontrar encaje a la idea de “las Españas”, abonan sin ambages un uso autoritario de los aparatos del Estado que causaría sonrojo en otros sistemas democráticos.

Así, mantener un Senado que cual cementerio de elefantes sirve sólo para garantizar el control territorial del bipartidismo o convertir al Tribunal Constitucional en órgano del Poder Judicial para que pueda “ejecutar lo juzgado” a pesar de que la Constitución establece claramente que no lo es, o generar desórdenes públicos dónde no los había o usar a los Tribunales para dirimir conflictos políticos aún a costa de un uso partidista del delito de rebelión, de la prisión preventiva y hasta del rigorismo del Código Penal para calmar al populismo revanchista da votos en una España del 155 que ya no es autonómica. No sólo ello no merece reproche alguno, ni tan sólo electoral; tampoco la corrupción sistémica del bipartidismo, ni la gestión de la crisis bancaria, ni la de los oligopolios empresariales con pérdidas a cargo del erario público, ni, en suma, la indolencia de un Gobierno del Estado en comunión plena con la ineficacia más descarada.

Ante todo ello, y con profundo pesar, quienes nos hemos dedicado durante años a la docencia del Derecho Administrativo, tendremos que disculparnos con las generaciones de alumnos a quienes hemos pretendido mostrar lo que hubiera podido ser el Estado Autonómico que no fue, para reconocer finalmente que ni la transición era lo que se dijo, ni la organización del desgobierno era “casual”, sino que todo ello es simplemente un decorado de cartón piedra que esconde, en fin, una anémica forma de vivir.


Ojos que no ven en Internet. El Periódico de Catalunya. 8.01.2018

No es verdad que Internet sea territorio de libertad: es propiedad de grandes corporaciones que fijan las reglas del juego: cómo y a cambio de qué se accede a la Red. También nos pastorean cual rebaño los grandes operadores de contenidos y redes sociales (Google, Facebook…), que, sin pagar un duro, aprovechan la infraestructura para obtener ingentes beneficios. De ahí que su discurso sea el de “internet gratis para todos” (sobre todo para ellos) o, “por una Internet neutral” (no regulada por el sector público).

Ni Internet jamás ha sido gratis para el usuario (a las cuotas de acceso se suman otras por servicios), ni su funcionamiento libre de regulaciones (privadas, eso sí). A pesar de esto se alzan todavía voces ingenuas contra la regulación pública de Internet y en defensa de los “derechos individuales” de los usuarios en una campaña más de las que la derecha alternativa estadounidense (individualista y anarquizante anti-Estado) nos tiene acostumbrados.

Conviene una regulación pública de Internet para garantizar unas reglas del juego propias de un servicio público -que es lo que es la Red- similar al suministro de energía o telefónico. Estas reglas no pueden quedar en manos solamente de los operadores privados porque su lógica no es la del servicio, sino la del beneficio y ello, sin regulación, puede perjudicar el bienestar y el crecimiento económico equitativo de amplias capas de la población. Conviene también distinguir la regulación pública de Internet de la censura o del intervencionismo estatalista: la primera trata de las reglas del juego del sector, el segundo de la libertad de expresión y de otros derechos fundamentales, un problema que no se da sólo en Internet.

No hay más ciego que el que no quiere ver: si realmente queremos defender los derechos civiles en Internet por más que se pueda recelar del Estado necesitamos un modelo regulatorio público y un escrutinio ciudadano del funcionamiento de la Red que nos proteja de los abusos de los operadores dominantes.


NOTICIAS FRESCAS O CONGELADAS El Periódico digital 28.11.2017

Sucede con la información como con los alimentos: podemos consumirla “fresca” o “congelada”. Desde siempre las noticias “frescas” han sido las de factura reciente, las del día, aunque hoy, gracias a Internet, son tan frescas que incluso son simultáneas (en tiempo “real”). Antes, disponer de noticias congeladas obligaba a “tirar de archivo” escrito o fotográfico. Hasta aquí todo “normal”. Ahora bien: ¿qué diría usted si la carne o el pescado que le ofrecen congelado hubieran sido sacrificados hace años? Peor: ¿y si le ofrecen como producto fresco uno congelado hace mucho tiempo y descongelado recientemente para que parezca fresco? ¿Y si las noticias que usted recibe como recientes son en realidad hechos del pasado?

Es justo lo que sucede con la información que circula por las redes: es fácil toparnos con noticias “momificadas” que se presentan como de rabiosa actualidad. No se trata de noticias falsas, sino de noticias que fueron ciertas y hoy no lo son. Son noticias fuera de contexto que mezclan el presente con la memoria. Lo grave es que este fenómeno permite falsear el presente, no ya con noticias falsas, sino con noticias “caducadas” que fueron ciertas pero ya no lo son, estratégicamente situadas en las redes para que los buscadores de Internet nos las presenten como recientes. Esto es así porque el tiempo en Internet no es físico, sino construido. Esta técnica ha perjudicado a personajes públicos (el exministro Borrell en el caso Abengoa, cuya “noticia” anunciando su supuesta imputación circuló por Internet  tiempo después de su desmentido) y no públicos (particulares que fueron morosos y que aún aparecen como si lo fueran), también a colectividades (pueblos que han sufrido catástrofes imposibles de olvidar) y negocios (restaurantes castigados por la mala fama de tiempos pasados).

Evidentemente tenemos derecho a la memoria (histórica y física, faltaría más), pero también tenemos derecho al olvido, que es el derecho a la contextualización de la información para que no pueda ser malinterpretada o confundida. Para ello es preciso, por una parte, que la información en las redes sea contextualizada con indicación no sólo del momento a que se refiere sino también del momento en que fue publicada (de hecho muchas noticias indican su fecha de publicación). Por otra parte es vital que el usuario aprenda a contextualizar la información a efectos de poder formarse un juicio exacto de lo que se le transmite. Pero aún más definitiva sería la implicación de los gestores y administradores de redes autorregulando el mantenimiento de los repositorios informativos, cribando lo que es información reciente de la que debe estar en un archivo, obligando de este modo al usuario a tomar conciencia de que debe ir al archivo si quiere saber del pasado. Tan simple como poder discriminar entre el periódico del día, los periódicos atrasados o el repositorio de prensa de la biblioteca municipal -si existe-. O tan simple como distinguir  entre pescado fresco o congelado.


¿QUIÉN DIJO MIEDO? El Periodico digital. 24 de Agosto de 2017

Los atentados de Barcelona y Cambrils han generado una respuesta colectiva simbolizada en el eslogan “no tengo miedo” y el marco mental dominante culpa de tales fechorías al “terrorismo yihadista” como sinónimo de “fanatismo religioso” ¿Debemos tener miedo del fanatismo religioso? No estamos seguros de ello porque los perfiles de los terroristas varían, además de otros factores, también en cuanto a perfil religioso (desde sujetos muy practicantes a recién llegados). No parece pues este fanatismo la única causa eficiente, aunque sí que aparece como la justificación pública de tales delitos. Además, se puede ser fanático sin llegar a cometer actos de tales magnitudes.

 

Tampoco por cuanto el islam no es sólo una religión sino una forma de vida (el papel de un imam es más amplio que el de líder religioso), con lo que, de ser así, estaríamos ante una práctica rigurosa de una forma de vida, lo que es desmentido por las trayectorias vitales de muchos de los terroristas. Recordemos por ejemplo que el perfil de los de Barcelona y Cambrils se parece poco al de los de París, Niza, 11S u 11M: eran “chavales” de Ripoll “integrados”.

 

Si no es el fundamentalismo religioso, ¿cuál puede ser entonces una de las causas eficientes del llamado “terrorismo yihadista”? Apuntamos una hipótesis. En los casos analizados aparece un elemento común muy relevante: la manipulación de los sujetos –la mal llamada “radicalización”-. Manipulación, sí, porque no puede radicalizarse quien ni siquiera es practicante moderado. La manipulación no es un fenómeno nuevo: cualquier secta se beneficia de estas técnicas para captar adeptos, y este caso no es una excepción. Estas técnicas de “lavado de cerebro” se ceban en víctimas propiciatorias a las que progresivamente se aísla de su contexto y se les construye una realidad paralela en la que son los “elegidos” para actuar según las instrucciones de su captador o controlador.

 

Para que existan víctimas manipuladas con éxito a prestarse a cometer atentados es preciso un contexto propicio, con una fractura – aunque sea latente- social, familiar, económica, religiosa, que sirva para justificar el aislamiento progresivo del sujeto. Si internet pone las cosas fáciles al captador el contexto determina su éxito.

 

De ser cierto esto, deberíamos cambiar las estrategias de abordaje del problema: no es fanatismo religioso, es terrorismo sectario. Además de persistir en el buen trabajo de análisis de inteligencia y superar los meros estudios estadísticos, debemos conseguir la mayor adhesión posible por parte de las confesiones religiosas -especialmente la islámica- para desterrar la idea de la “guerra de religiones”, puesto que esta es la que beneficia a sectas como Daesh, a Al Quaeda y a sus filiales. Debemos replantear nuestro ascensor social desterrando la idea de “integración” y sustituirla por la de “aportación”. De no hacerlo aparecerán nuevos manipulados (quizás con otras banderas) que servirán de carne de cañón para generar de nuevo el miedo.

 

Anna Garcia Hom. Socióloga.

Ramon J. Moles. Jurista.