Sobre la “cibercosa” y la desinformación. El Periódico de Catalunya. 19.05.2019

Internet ha generado una nueva economía, pero también unas nuevas amenazas. De acuerdo con esto parece que aumenta la conciencia de que ciberterrorismo y manipulación informativa (noticias falsas o “fake news”) son riesgos críticos hasta el punto de que la Unión Europea incluye el ataque cibernético entre las causas de respaldo militar entre sus socios, o que la Moncloa disponga de una unidad operativa contra la desinformación. Las ciber-amenazas y la desinformación en las Redes no son más que adaptaciones modernas de amenazas antiguas. Lo distinto son los medios, más sofisticados y con un potencial más devastador. Y la cosa va a peor: la tecnología 5G va a incrementar la capacidad de compartir datos y la velocidad de su transmisión, lo que supone que miles de millones de objetos conectados (televisores, trenes, coches o plantas industriales) se van a convertir en agentes encubiertos que nos van a exponer a la posibilidad de múltiples ciberataques.

Las ciber-amenazas requieren de tres factores: redes de telecomunicaciones, objetos conectados y factor humano. Como casi siempre es este último, el humano, el factor clave: la tecnología por sí sola, hasta hoy, es un elemento neutro; la maldad es humana y lo humano es público o privado, luego la ciber-maldad es también pública y privada. Contra lo que pueda parecer en un principio no todos los hackers son privados. No estamos ante una lucha entre la bondad del poder y la maldad de los hackers.  También el poder actúa a veces como un hacker que miente o censura en su beneficio particular, sea éste económico, político o geoestratégico. Y quienes lo hacen en su nombre actúan desde la inmunidad que otorga el poder. Así, el poder, más allá de su actividad lícita y legal en defensa de la seguridad, actúa también en ocasiones cortocircuitando la libertad de tráfico en las Redes o difundiendo noticias falsas. Ejemplo de lo primero la censura sistemática e indisimulada que imponen las autoridades chinas al tráfico de Internet o la igualmente sistemática, aunque más disimulada, que ejercen agencias estatales de otros países. De lo segundo, el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook en el uso de datos en campañas electorales o la manipulación informativa propia de los populismos de Putin y Trump. O ya en nuestros lares, el ministro Borrell afirmando que en América se mataron sólo “cuatro indios”, las mentiras de Zapatero sobre los “brotes verdes de la economía” para negar la crisis económica, o las de Aznar y Acebes sobre la autoría del atentado del 11M o sobre la existencia de armas químicas para justificar la invasión de Irak, o las de Rajoy y sus “hilillos de plastilina” para quitar importancia al desastre del Prestige, o las de Fraga bañándose en Palomares en tiempos de la dictadura de Franco para desdramatizar el accidente nuclear. Y es que, no se sorprendan, siendo la mentira intrínseca al poder, a este no le importan los medios que pueda usar: la ciber-cosa no es más que uno de los muchos a su disposición.

 


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