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ALGORITMOS CON DOS PIERNAS. La Vanguardia. 8.4.2019

Recientes investigaciones periodísticas han evidenciado el método de trabajo de los centros “secretos” de Facebook que filtran los contenidos de los usuarios: no son sofisticados algoritmos ni programas informáticos, sino simplemente personas con dos piernas y contratos precarios quienes lo hacen.

No se sorprendan: la Red es privada y sus dueños operan en ella como les place; luego Facebook, que es privada, es dueña de establecer en sus dominios las reglas que quiera en cuanto a acceso y contenidos. Sin embargo podríamos preguntarnos al respecto si las redes sociales deberían  respetar los mismos límites para la libertad de expresión que los medios impresos, que también son privados. Parecería obvio que sí, siempre que las redes se consideren un medio y operen en un marco jurídico que reconozca esas libertades. Problema: no está claro que sean un medio de comunicación, al menos no como la prensa “clásica”, ni tampoco que estén sujetas a un sólo marco jurídico.

El hecho es que Facebook es el dueño de un invento en el que ejerce su dominio total sobre el mismo, incluida la censura de contenidos, con un nivel de opacidad muy elevado. Ni los criterios ni los métodos de censura son públicos, aunque ahora sabemos gracias a algunos exempleados que los criterios emanan de la propia empresa de manera poco clara (para Facebook no es admisible la apología de Hitler, pero sí lo es la de Franco, por ejemplo), y que el método es muy poco sofistificado: son personas físicas “juniors” quienes ejecutan “a mano” esta tarea poco o nada edificante a cambio de retribuciones parece que precarias en centros de trabajo “secretos”.

Ahora bien ¿por qué Facebook censura los contenidos? Simplemente porque los contenidos que crean los usuarios, de los que la red se adueña, generan un tráfico de datos que son su materia prima para ganar dinero y estos contenidos están vinculados directamente a su reputación. La reputación es su talón de Aquiles; sin embargo, no lo es incumplir la ley, como hemos comprobado repetidísimas veces. Facebook censura para no ver perjudicada su reputación. Si a alguien no le gusta, tiene una opción (además de no usarla): contribuir a acabar con el estatus privado de la Red para que se establezca una intervención pública que defienda los intereses públicos y de la comunidad (incluidos los de los “algoritmos” con dos piernas).

Ramon J. Moles

Profesor de Derecho Administrativo


La economía de los datos: un expolio y un oligopolio. El Pais Retina. 29.3.2018

Una consultora de estrategia electoral explotó datos de Facebook en apoyo de Trump con la colaboración de la red social, pero sin permiso de los usuarios. Alguien apuntó recientemente que lo grave no es el abuso de datos de millones de usuarios, sino el daño a la confianza de éstos en la llamada “economía de datos”.

Discrepo. Lo grave es el actual modelo de negocio basado en la explotación de datos de usuarios de redes. Lo grave es la opacidad de la “economía de datos” por la dejación de funciones de los poderes públicos partidarios de la desregulación, por un lado, y de la codicia desaforada de algunos “emprendedores digitales”, por el otro; emprendedores con principios parecidos a los del egocentrismo de un colono del Lejano Oeste. Así nos va.

Lo menos grave para mí es la crisis de Facebook. Tampoco el supuesto daño a la confianza en la “economía de datos”, que es un mal menor lógico. La red social viene sufriendo desgaste desde hace meses como consecuencia de su modelo de negocio basado en datos de terceros, aunque también desde hace años sufre crisis sucesivas por sus deficientes políticas de privacidad. Steve Jobs se lo advirtió a Zuckerberg en un acto público en 2008 y el problema reapareció en 2010 y en 2014. Por otra parte, la “economía de datos” no puede pretender ser “confiable” sin retribuir a quienes le facilitan su materia prima -los datos-. En palabras de un directivo alemán: “en cualquier negocio en el que el producto es gratis, el producto eres tú”. En este sentido, la “economía de datos” es hoy a la vez un expolio y un oligopolio. Expolio por cuanto dispone de algo ajeno sin contraprestación ni autorización consciente por parte de aquellos que actúan como indígenas que entregan sus tierras a los colonos a cambio de cuatro  cachivaches. Oligopolio porque quienes controlan el cotarro de verdad son muy pocos: los dueños de las Redes, que imponen sus normas sin someterse a control alguno.

A poco que uno se libere de la moda de la fe ciega en cacharrerias tecnológicas varias y sea capaz de reflexionar viendo la situación “desde fuera” concluirá rápidamente que el problema se reduce a unos pocos interrogantes muy básicos. Esencialmente, quién manda en Internet (cuál es su estructura y gobernanza y cómo de fiscalizable es), cómo se gana dinero en Internet (a base de comerciar con datos ajenos, aún sin permiso consciente de sus dueños), y finalmente, qué hacen nuestros gobernantes al respecto (cuál es el modelo regulatorio público de Internet). A mi humilde entender la respuesta a dichos interrogantes nos conduce inexorablemente a constatar que en las Redes mandan sus dueños, que son quienes ganan dinero con una materia prima gratuita (los datos), que se alimenta de la ingenuidad y del ego de los usuarios, y que nuestros gobernantes hacen al respecto mucho menos de lo que pueden y deberían.

 

Las soluciones no son muy difíciles de plantear. Es precisa una nueva gobernanza de Internet, en la que las autoridades protejan el interés público en las Redes (entre otros la privacidad de los usuarios). Es preciso un modelo de negocio en Internet que no se base en el expolio ajeno: si alguien quiere mis datos que me retribuya de un modo u otro. Finalmente, es indispensable una concienciación de los usuarios para transformar su egolatría ignorante en identidad crítica. No veo otro modo de generar confianza en la “economía de los datos” que el respeto a los usuarios, la transparencia, el equilibrio de prestaciones y el llamar a las cosas por su nombre.

 

No todo lo supuestamente “moderno” lo es. El expolio desenfrenado, el abuso de posición dominante, la opacidad de mercados, la regulación insuficiente, la desprotección del individuo, son fenómenos recurrentes. No, lo grave no es la pérdida de confianza porque ésta no puede ser ciega, tiene que estar en el “debe” de la contabilidad de los dueños de Internet. Nosotros, los ciudadanos, aspiramos a tenerla, pero queremos tenerla en nuestro “haber” contable. Sólo así la confianza en la “economía de datos” no será ciega, sino merecida.