Archivo de la etiqueta: brexit

Brexit con lengua. Infolibre. 5.2.2020

Finalmente se ha consumado la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Con ello la UE pasa de tener 28 miembros a tener 27, de los cuales solo dos (Irlanda y Malta) tienen el idioma inglés como idioma cooficial junto al irlandés y el maltés, que son sus idiomas oficiales principales: los otros 25 tienen como oficiales un total de 24 lenguas distintas al inglés.

Vaya por delante que el saber no ocupa lugar y que el dominio de idiomas es una capacidad meritoria, pero el Brexit debería suponer un cambio de estatus del inglés como idioma de trabajo en el ámbito comunitario. La cuestión no es baladí: el uso de uno u otro idioma es un instrumento de poder extremadamente poderoso. El hecho de no poder alegar desconocimiento de una lengua (es lo que la hace oficial), en la práctica se acompaña de usos de la misma que vienen prácticamente obligados por las circunstancias. Es lo que sucede con el inglés más allá de su oficialidad: si quieres prosperar en el mundo académico tienes que publicar en inglés, si quieres encontrar trabajo tienes que hablar inglés, si quieres saber como funciona un electrodoméstico mejor que leas las instrucciones en inglés. En la práctica se ha convertido en la “lengua franca”, impuesta por una situación de supremacía burocrático-cultural anglosajona que ha acompañado a la expansión del poderío de Estados Unidos, Reino Unido y otros países anglófonos. Si eres anglófono tienes una ventaja que va a hacer que sólo en algunas ocasiones se te exija que hables otros idiomas, si no lo eres da igual que seas políglota y hables varios idiomas distintos del inglés: el “mercado” te obliga a hablar inglés. No en vano Francia, consciente de ello, lanzó hace años sus políticas de francofonía para intentar contrarrestar esta “imposición”. Fíjense que no ha sucedido lo mismo con el castellano.

Pues bien, hoy el inglés ya no es el idioma oficial de un Estado miembro de la UE: sólo es el idioma cooficial de otros dos Estados miembros (Irlanda y Malta) con mucho menos peso geopolítico que el Reino Unido. Este hecho debiera tener como consecuencia, por un lado, la recuperación del peso específico de otros idiomas (castellano, francés, italiano o alemán), acorde con la consideración geopolítica de sus Estados y con el respeto al multilingüismo que declara la propia UE en el articulo 43 de su Carta de los Derechos Fundamentales.

Y por otro lado debiera considerarse que si los más de 60 idiomas “regionales y minoritarios” que cuentan con más de 40 millones de hablantes (como el catalán, el euskera, el frisón, el galés, el sami y el yidis) deben ser objeto de protección por cuanto no cuentan con estatus oficial suficientemente “estatalizado”, razón de más para resituar al inglés en el suyo justo y actual: el de un idioma cooficial de dos de los Estados de la Unión, y aún de escaso  peso demográfico, que pasará de ser hablado por el 13% de europeos a menos del 1%. Es por tanto una situación asimilable al catalán, que cuenta con muchos más hablantes que el irlandés. En otras palabras, si el inglés mantiene su estatus, el del catalán en la UE (que es idioma cooficial en parte de España) debiera ser equiparado.

De otro modo, parecerá que los Estados que todavía se mantienen en la UE han preparado una salida del reino Unido excesivamente cariñosa para el inglés, tal que un “Brexit con lengua”.


Postverdad y des-engaño. El Periódico digital. 27.04.2017

El concepto de post-verdad no es nuevo, incluso es anterior a 2004, cuando se publicaron en Estados Unidos algunas obras relativas al mismo. En esencia significa que es posible conseguir que lo subjetivo (la emoción y las creencias del individuo) se imponga a la realidad objetiva cuando se trata de construir la opinión pública. Esto es, que la opinión pública se base más en sentimientos que en hechos objetivos. Podríamos pensar que se trata de una variante más de lo que se conoce como “desinformación” o incluso “propaganda” (en el sentido  peyorativo del término). Ciertamente, tienen en común una raíz (el engaño), aunque difieren en lo demás. El fenómeno, además, no es patrimonio exclusivo de las superpotencias, sino que en nuestro país disponemos también de magníficos ejemplos.

 

La post-verdad implica algunas diferencias respecto de la desinformación clásica. Veamos. Los sujetos objetivo de la desinformación eran individuos o grupos de individuos afectados por el engaño (caso clásico el de los analistas de inteligencia víctimas de acciones de desinformación del enemigo). En la post-verdad el objetivo es todo el “corpus” social, al que se apela para que “reinterprete” la realidad en base a sentimientos y en consecuencia que se comporte de tal o cual modo política o electoralmente basándose no en hechos objetivos sino en rumores o emociones.

 

El objeto de la post-verdad no es, como en la desinformación, la manipulación del canal y del contenido de la información, sino la alteración de las emociones de los destinatarios para obligarlos a actuar de modo distinto. Por otra parte, a diferencia de cuando Internet no existía, la tecnología hoy hace posible la existencia simultánea de multitud de canales y de redes de opinión que se replican continuamente confundiendo emisor y receptor en mensajes consumidos, reiterados y/o alterados, en intervalos de tiempo muy breves en los que pierden vigencia y “caducan”. Se trata de imponer rápidamente el mensaje más que de defender un argumento que lo aproxime a la “verdad”. La certeza del mensaje es además muy difícil de contrastar por la simultaneidad del mismo, distribuido globalmente con el aval de la “confianza” que la inmediatez genera. Así se mezcla cierto e incierto para dibujar la post-verdad que anidará en el ánimo -no en la razón- de los sujetos.

 

Algunos casos son recientes. Farage (líder británico antieuropeo) argumentó en la campaña en defensa del Brexit que los 350 millones de libras semanales que el Reino Unido dejaría de pagar a la UE serían destinados al sistema de salud británico (NHS). Según la Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido, el pago neto del Reino Unido a la UE fue de 190 millones de libras semanales. Ganado el referéndum el mismo Farage se contradijo y lo negó, afirmando que era un argumento de campaña. Otro caso. Algunos de las post-verdades  de la campaña presidencial de Trump, que se refieren entre otros, a la supuesta criminalidad de los inmigrantes, a la construcción del muro con México que pagará el Gobierno mexicano, a la inexistencia del cambio climático, a las ventajas del proteccionismo comercial o de la eliminación del Medicare o a la cifra de asistentes a su toma de posesión (que fue “hinchada” por su oficina de prensa).

 

Estos ejemplos siguen el mismo patrón de otros casos anteriores en España como el naufragio del Prestige en 2002, el atentado de Atocha en 2004 o el accidente del metro de Valencia en 2006.  En el caso Prestige el Gobierno del Partido Popular minusvaloró el riesgo (los “hilillos de plastilina” del entonces ministro Rajoy, que según él no eran marea negra). En el caso de Atocha los atentados yihadistas fueron atribuidos por el Gobierno Aznar a ETA, y en el accidente del Metro de Valencia la versión oficial fue que la causa era un exceso de velocidad (no siendo cierto), llegando incluso a  contratar una consultora para fabricar una “verdad oficial”.

 

Todos estos hechos tienen en común una acción gubernamental que persigue la construcción de una post-verdad, una “verdad alternativa” a la real para que se imponga en el corpus social,  como en el caso del Brexit o de Trump. Lo curioso es que en nuestro caso las post-verdades construidas desde los gobiernos fueron desmentidas por la realidad misma dando lugar a sonoros des-engaños: los casos Prestige y Atocha son algunos de los factores que acabaron con la era Aznar, y el caso del Metro de Valencia con la era del PP en Valencia. Y es que para que la post-verdad surta efecto es preciso contar con destinatarios acríticos, ávidos de “verdades alternativas”, aborregados por la humillación de verse excluidos de los “éxitos del sistema”; destinatarios que devienen carne de populismo de uno u otro signo. De momento, al menos en nuestro país, algunas de estas post-verdades no consiguieron su objetivo, a diferencia de nuestros vecinos anglosajones sumidos aún en el engaño para salir de la UE.  Es así como para desmentir la post-verdad no hay más que facilitar el des-engaño.