Archivo de la etiqueta: universidad

UNIVERSIDAD EN LOS CONFLICTOS. Eldiario.es 12.11.2019

 

Sorprenden las dinámicas de las universidades catalanas entorno a la situación que vivimos en Catalunya. La llamada “cultura de paz” ha hecho olvidar que el conflicto es consustancial al ser humano: incluso podemos tener “conflictos” con nosotros mismos, sin necesidad de otros. El hecho de discrepar es una diversidad que facilita nuestra evolución como especie. Otra cosa es cómo se canaliza y gestiona el conflicto. Sin gestión, el conflicto se enquista en subestimar al adversario y queda a merced de la fuerza, que sólo conduce al desgaste mutuo. Sorprende que miembros de la comunidad universitaria de quienes suponemos una formación de cierto nivel ignoren estas consideraciones para entrar al trapo de distintas confusiones de vuelo gallináceo.

La Universidad no se puede ubicar frente al conflicto cómo titulaba una colega en la prensa reciente: la universidad está en el conflicto. La universidad “es” sociedad, y cuándo el conflicto se manifiesta en lo social es lógico que esté en él. Sucedió contra la dictadura, contra el golpe de Estado del 23-F, con el 15-M, con la guerra de Irak, con el cambio climático…, y continuará. Los hechos que estamos viviendo han llevado a muchas instituciones (tanto de Catalunya como del resto del Estado) a posicionarse de manera más o menos explícita. En un país normal debiera ser normal que coexistan opiniones contrapuestas (incluso radicalmente, excluyendo la violencia) respecto a hechos tan relevantes como los acontecidos. Lo que no es normal en un país normal es que se pretenda que quien quiera no pueda manifestar públicamente una opinión -la que sea-. Tampoco es normal que se pretenda convocar una protesta estudiantil a la vez que se exigen medidas para facilitar el absentismo. Viene esto a cuento de dos sucesos recientes: la publicación de tres manifiestos universitarios y la convocatoria de una “huelga” indefinida de estudiantes.

El primero de los manifiestos recoge la opinión de los rectores de las universidades públicas catalanas ante la sentencia a los líderes independentistas manifestando su “profundo malestar por los encarcelamientos, que consideran un error, y afirmando que hay otras vías para afrontar la situación que vive Cataluña”. El segundo surge de los claustros de las siete universidades públicas catalanas y se manifiesta en los mismos términos, aunque añade “la exigencia de la puesta en libertad de estas personas, del sobreseimiento de todos los procesos penales y administrativos relacionados, y el retorno de las personas exiliadas. Además, apoya las movilizaciones cívicas y pacíficas, rechaza la represión del Estado español y la violencia policial e insta a investigar si la policía ha utilizado métodos prohibidos”. El tercero, firmado por varios centenares de profesores universitarios de toda España, es una carta abierta a los rectores de las universidades públicas catalanas que “muestra su radical desacuerdo con el contenido aberrante del manifiesto aprobado por los claustros y rechaza la legitimidad de los órganos de gobierno de las universidades para posicionarse políticamente, puesto que deberían ser neutrales”, y que ha recibido el apoyo -no neutral- del ministro en funciones Pedro Duque.

Los dos primeros se posicionan frente a unos hechos. El tercero no se posiciona directamente sobre los hechos y se centra en negar legitimidad a las universidades para tal posicionamiento al que considera “aberrante”. Veamos. Las universidades son administraciones públicas siendo sus rectores su máxima autoridad académica y de representación, a la vez que los claustros son su máximo órgano de representación de la comunidad universitaria. En este sentido no es posible negar a los órganos de una Administración Pública su capacidad para generar tanto actos administrativos -jurídicamente recurribles- como actos políticos o de gobierno -excluidos de tal posibilidad-, menos aún negar legitimidad para su adopción a órganos legalmente constituidos con sus debidos quórums y reglas para formar su voluntad. Negar esta evidencia es negar la capacidad administrativa para actuar. Otra cosa, absolutamente lícita, sería discrepar, y para ello es preciso acudir al foro correspondiente y participar, o, en otro caso, recurrir la decisión si ello es posible. Es falso que un órgano administrativo deba ser “neutral”, lo que debe ser es legal -actuar de acuerdo con la ley-, puesto que la “neutralidad” administrativa no existe en la medida en que conllevaría la inacción de las Administraciones, lo que sí sería condenable. Esto vale tanto para sus actos administrativos -nunca llueve a gusto de todos, y estos actos son revisables por los jueces-, como para sus actos políticos -la administración ejecuta legalmente la voluntad política de quien cuenta con la mayoría-. La “neutralidad” se manifestó con toda su crudeza en la frase atribuida al dictador Franco: “hagan como yo, no se metan en política”. No se puede mostrar la discrepancia generando confusión.

La convocatoria de la “huelga” de estudiantes tampoco llama a las cosas por su nombre. El derecho de huelga está reconocido por la Constitución a los trabajadores. ¿Tienen los estudiantes la condición de trabajadores? Como usuarios del servicio público universitario parece que no, como tampoco los pacientes de un hospital o los usuarios del transporte público. Luego la “huelga” de estudiantes no es tal: es una protesta, tan amplia -o no- como se quiera. Frente a esta protesta los rectores y rectoras tienen la obligación de gestionarla sin modificar las reglas del juego para no deslegitimar el modelo. Cambiar la evaluación continua por un examen único y “autorizar” el absentismo aun siendo la asistencia obligatoria es, por un lado, dar alas a un absentismo estructural que en algunas carreras supera el 50% y, por otro, deslegitimar el modelo Bolonia y su evaluación continua -costosa, compleja e infantil-, lo cual quizás no sea malo.


RECTORS I RECTORES MÉS BEN ACOMPANYATS. Diari Ara. 9.6.2016

Sembla que revifa el debat sobre política universitària. Si no recordo malament el darrer sobre governança -al menys als mitjans- es va produir el  2010, quan els presidents dels Consells Socials de les universitats públiques catalanes va plantejar deixar el govern de la universitat en mans d’un profes­sional aliè a l’àmbit acadèmic nomenat pel Parlament. Ara, el ‘Llibre Blanc sobre educació” de la CEOE proposa que els empresaris participin en el disseny dels títols universitaris al costat del Ministeri i els Rectors i Rectores i reclama desgravacions fiscals per als qui optin per un centre privat a l’educació obligatòria. També recentment un economista català denunciava la solitud dels Rectors en reivindicar que s’augmenti la despesa universitària de la Generalitat, i es preguntava si realment la societat catalana considera aquesta despesa prioritària, més quan la competitivitat deriva de la innovació i la transferència de tecnologia, que requereixen -segons ell- d’una major inversió de la Generalitat. Més recent encara: a Andalusia prometen universitat gratuïta per als bons estudiants: altra cosa serà qui i com es paga.

Benvingut l’interès per participar en la millora de la universitat, sense perdre de vista que es cosa de tots. Aquesta participació ja es produeix en els Consells Socials, encara que sense gaire empenta a causa, a parer meu i entre d’altres, de la genètica corporativista que ofega la universitat pública, la patronal, els sindicats i les nostres institucions. No és la patronal, ni sindicats, ni quotes partidistes qui han de ser en la governança de la universitat: és la societat civil tota. Participar-hi vol dir aportar coneixement, recursos i influència en benefici de la funció social de la universitat (la “quarta missió”), però també de les altres tres: docència, recerca i transferència de tecnologia. Els països exitosos en política universitària ho són perquè les seves universitats són una prioritat del país, però també perquè els seus universitaris se saben obligats a connectar amb la realitat per tal de generar un cercle virtuós.

Les nostres universitats, en general, són encara lluny d’aplicar fórmules de governança eficients que re-connectin universitat i societat. Una prova més és la petició de la patronal. No és una bona idea que les titulacions universitàries les dissenyi ni el Ministeri, ni els Rectors i Rectores, ni, encara menys, els empresaris: les ha de dissenyar la Universitat. Això sí, ho ha de fer amb el focus posat en les seves funcions, entre les que no hi ha d’haver ni l’interès corporatiu injustificat, ni l’autobombo, ni la desconnexió amb la societat i la competitivitat del país. Del costat de l’empresa tampoc no es lícit esperar que l’esforç econòmic de les quatre missions de la Universitat recaigui únicament en el pressupost públic, i menys quan els resultats de la universitat afavoreixen directament el teixit empresarial. Cert és, però, que potser això no és percebut del tot. Per exemple, sorprèn  que la patronal reclami desgravacions fiscals per als qui optin per un centre privat a l’educació obligatòria, més quan els impostos suposadament pagats “de més” per algú que no ha emprat el sistema públic educatiu obligatori mentre es pagava el privat li són “retornats” al subjecte quan es matricula al sistema universitari “públic”, que és voluntari i altament subvencionat (a l’entorn del 80% del cost real). Si la petició patronal fos acceptada i els serveis públics entressin en un model de desgravació per “no ús” molts podríem reclamar la nostra part dels diners destinats a subvencionar la formació continua que no hem usat.

Més encara: malgrat que  la formació universitària ha de tenir una vessant professional innegable i que no seria acceptable -ni legal- que la Universitat renunciés a la seva funció de generació global de coneixement, cal reclamar també el suport de la societat i les empreses als estudis que s’anomenen falsament “no professionals”. Només cal veure la potència de les accions de suport, per exemple, de la societat civil anglesa, nord-americana o alemanya a tot tipus d’activitats universitàries per intuir que som encara molt lluny d’una situació normalitzada.

 

Certament els nostres Rectors i Rectores estan molt sols, encara més perquè podrien estar molt més ben acompanyats, sobretot si es prengués consciència  que la inversió en universitats i en transferència de tecnologia no és només cosa pública, també és responsabilitat privada -del conjunt de la societat- i de la pròpia Universitat, que esta obligada a generar riquesa i possiblement podria fer més per resultar atractiva a les empreses.


POR UNA POLÍTICA CIENTÍFICA PÚBLICO-PRIVADA. El Periódico de Catalunya Digital. 18.01.2017

No cabe duda de que se ha avanzado en investigación científica aunque queda todavía mucho por hacer y nuestra política sectorial presenta importantes limitaciones. Junto a algunos aspectos conocidos (como los recursos más que limitados) existe otro generalmente desapercibido: la escasa colaboración público-privada, de cuya eficiencia dependen aspectos clave del asunto como capital humano,  infraestructuras o comprensión pública de la ciencia…

Para ser competitivo un país debe invertir en capital humano (también en investigación). Para competir en la atracción de investigadores tenemos dos problemas: la visión funcionarial del sistema y la escasísima implicación del sector privado en estas políticas. Una investigación funcionarizada peca de rigidez y escasa competitividad y el sector privado  no dispone de una pista de aterrizaje adecuada para quienes optan por una carrera investigadora. Las políticas exitosas de recursos humanos en investigación no son funcionariales e incorporan factores públicos y privados en una gestión del ecosistema científico público-privado como un todo.

Para ser competitivo un país debe invertir en infraestructuras (también en investigación). Es inversión a largo plazo, priorizada, coordinada con todos los agentes del sistema y vinculada a la estrategia de país: no se puede ser especialista ni excelente en todo. Esta inversión debiera ser también dominio habitual del sector privado: no es razonable que las grandes inversiones recaigan principalmente en el sector público cuando, a la postre, se genera riqueza económica que a todos beneficia (sector privado incluido). La explicación que se ofrece es que la investigación básica no es atractiva para el sector privado. Desarrollemos pues estrategias que la hagan rentable: vinculemos más estrechamente la básica, la aplicada y la transferencia de tecnología; favorezcamos los consorcios público-privados, vinculemos subvenciones y créditos públicos a capitalización privada, favorezcamos estrategias de compra pública innovadora en línea con las propuestas de Bruselas.

Para ser competitivo un país debe disponer, también, de comprensión pública y de implicación social de la ciencia.  No es razonable que la visión  mediática de ciencia solamente incluya las experimentales o las de la vida (como las maratones televisivas), sin considerar que otras son imprescindibles para el bienestar (ingenierías, matemática, física, filosofía, economía, historia, derecho). En definitiva, ¿cómo van a valorar los ciudadanos la inversión en ciencia si ni la comprenden ni se hallan implicados?. Son precisas otras políticas comunicativas así cómo nuevas métricas del retorno de la inversión en ciencia más allá de los “papers” y de las revistas científicas. Todo proyecto científico debiera ir acompañado de una propuesta de impacto social para aclarar en qué y cómo va a mejorar la vida de los ciudadanos. En resumen, debería existir un modelo de control (auditoría) social del gasto en ciencia (hasta hoy inexistente), así como un modelo de participación social que la haga tangible al corpus social. Si la inversión en ciencia no puede justificar un retorno en lo social y en lo económico, más pronto que tarde será obvio que no seremos una potencia, sino más bien una colonia científica.

Nuestro presente dista mucho de estos objetivos, aunque existen excepciones exitosas (el Instituto Catalán de Fotónica por ejemplo) a un panorama decepcionante del que anoto sólo dos ejemplos. Uno. Mientras nos empeñamos en liderar la investigación en biotecnología y ciencias de la vida (nada que objetar, al contrario), nos olvidamos completamente, por ejemplo, de la investigación en un sector en el que somos líderes mundiales: el turismo. Dos. Mientras nuestras grandes infraestructuras de investigación son públicas, nuestras excelentes escuelas de negocios son privadas: ¿por qué no existen grandes instalaciones de investigación privadas y/o excelentes escuelas de negocios públicas? ¿No será que nuestras políticas públicas son todas “de coste”, mientras que las privadas son “de ingreso”?.

Una política científica de futuro debe consistir en una estrategia de país a largo plazo y excluida de la lucha partidista, que contemple una estrecha colaboración del sector público y privado para disponer de buenos investigadores en buenas instalaciones, al servicio de una sociedad comprensiva e implicada. No es ninguna novedad, no anuncio nada nuevo: países como Israel o Canadá  se basan en esquemas similares.

 

Ramon J. Moles Plaza

Profesor titular Derecho Administrativo


Artículo en “La lamentable” sobre la eliminación del Máster en homeopatía en la UB

http://lamentable.org/dogmatismo-cientifico-y-universidad/


Universidad y ocupación. La Vanguardia. 14.03.2016

Según el “Barómetro de empleabilidad de los universitarios en España de 2015”, que encuesta en 46 universidades a 13.000 egresados del curso 2009-2010, el 37% de ellos encontró trabajo gracias a conocidos, muy por delante del trato con empresas y portales especializados o servicios universitarios de empleo, que sólo sirvieron al 7%. Hay quien alega que recurrir a conocidos va contra la igualdad de oportunidades como si desviando la atención de las cifras estas mejoraran.
Obviamente la universidad no puede servir sólo al objetivo de la empleabilidad de sus egresados, pues se debe también a otras funciones principales (docencia, investigación, transferencia de conocimiento o reequilibrio territorial) aunque el modelo universitario debe responder, también, a unas expectativas generadas de modo no casual: a más alumnos matriculados, aún a costa de decepcionar expectativas, mayor financiación.
Alto y claro: la universidad ya no es un ascensor social ni una garantía de empleo. Sí es un servicio público indispensable para el progreso de las gentes, de su cultura y de su economía. ¿Ello implica que nuestras universidades pueden hacer objeción de una necesidad de sus egresados como es la de encontrar empleo? Rotundamente no. Para ello es preciso actuar en dos direcciones. La primera, situar las expectativas en su punto razonable: sepan señores estudiantes que, a pesar de no ser una oficina de empleo, su universidad hará todo lo que esté en su mano para acompañarles en su acceso al mercado de trabajo.
La segunda, que sea cierto. Y para que lo sea nuestras universidades deben evolucionar. Renovar la docencia para, además de justificar intereses meramente académicos, acercarla también a intereses sociales generales. Acentuar aún más el papel de sus Consejos Sociales. Aproximarse a las empresas para aprender de ellas. Desburocratizarse. Invertir en imaginación. Participar en la Formación Profesional Superior. Flexibilizar sus servicios de empleo. Ganar prestigio para invertirlo en apoyar a sus estudiantes. Financiarse, también, en función de la empleabilidad de sus egresados, no sólo del número de estudiantes matriculados. Resumiendo, las universidades deben ser más eficientes en la mejora de la empleabilidad de sus egresados si no quieren defraudar las expectativas generadas.

Ramon J. Moles
Ex secretario general de Universidades de la Generalitat de Catalunya


Una y grande pero no libre. La Vanguardia. 19.02.2015

El Espacio Europeo de Educación Superior pretende construir la libre circulación de universitarios (como la de bienes, servicios y personas), en base a un reconocimiento de créditos que facilita la movilidad de estudiantes y se estructura en dos ciclos de 3 y 2 años. La mayoría de países optaron por este sistema o por dar libertad a sus universidades. Sólo una minoría, España entre ellos, optaron por obligar al modelo de 4 años más 1.
Fue un gran error que contó con el apoyo corporativo de la mayoría de universidades españolas (excepto las catalanas), interesadas en mantener la burocracia imperante para evitar cambios que hubieran cuestionado el “status quo”. Venció así, como casi siempre, el inmovilismo más rancio defensor de la universidad homogénea y burocratizada, dónde la competencia es un castigo y el mérito es simplemente la antigüedad o la capacidad de mendigar presupuesto público. Gracias a ello los estudiantes españoles cursan en general un año más de estudios que sus colegas europeos, mientras éstos no contemplan venir a nuestras universidades a estudiar un año más que en las suyas. Es la mejor barrera entre nuestro sistema y el europeo: total, que inventen ellos!
Parece ahora que el gobierno quiere dar a las universidades libertad para conectar con Europa a pesar de la corporativa oposición de rectores, sindicatos y estudiantes, que temen que se remueva una situación en que, pareciendo que todo ha cambiado, en el fondo todo sigue como en el franquismo: sin libertad para fijar planes de estudios, ni para contratar profesores, ni seleccionar alumnos. Cierto que este país no merece tantas reformas. Cierto que el caso catalán es distinto (a pesar de que tampoco prosperó la propuesta que se hizo desde la Generalitat en 2004 para desarrollar un modelo catalán sin romper el marco español mediante títulos propios de 3 años paralelos a los oficiales de 4). Cierto también que no hay ningún problema en que haya las mismas carreras con distintas duraciones, cómo no lo hay en otros países que optaron en su día por dejar que las universidades decidan libremente cómo impartir estudios, contratar profesores y admitir estudiantes para poder competir realmente. Lástima que hayamos perdido 10 años, de momento. El problema es que nuestra universidad, y con ella sus dirigentes, profesores y estudiantes, quiere ser (salvo contadas excepciones) una y grande, pero no libre.


¿Más o mejor producción científica? La Vanguardia 21/01/2015

El último informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo evidencia el liderazgo de las universidades catalanas en el ranking español de producción científica. Excelente noticia si no fuera por los “detalles”. ¿Qué significa “liderazgo” en este caso? Serlo en el número de publicaciones científicas y su impacto normalizado en el periodo 2003-2012: la cuantificación habitual para evaluar la producción científica, vinculada directamente al fomento de la publicación por la vía de premiarla con “tramos” (complementos salariales) o puntos para promoción interna. Otra cosa sería el liderazgo cualitativo, que debería acreditarse en otros campos: disponer de más y mejor conocimiento aplicable, incrementar la competitividad empresarial, el número de patentes o el de empresas creadas en la universidad.
Así lo pone de relieve el mismo informe, que alerta de que el gasto interno en I+D desciende y se sitúa en cifras del 2008, y llama la atención sobre el incremento del número de publicaciones “sin que aparentemente les afecten los ajustes y a pesar de que, en cualquier caso, la pérdida de liderazgo y excelencia en las publicaciones científicas debería ser contemplada con atención”. Igualmente se confirma la tendencia decreciente de la financiación empresarial de la I+D (la cifra de 2012 fue un 14,8% inferior a la de 2011) y de la cooperación empresarial con las universidades (un 11% inferior respecto al periodo 2009-2011). Finalmente, la captación de recursos de empresas para I+D por parte de las universidades se situó en 2011 en cifras del 2005 y disminuye también el número de spin-off, si bien aumentan las solicitudes de patentes, aunque se atribuye a la inercia de los grupos investigadores. Si bien es cierto que la crisis es un factor clave en todo ello también lo es que, en caso de interesar la investigación universitaria a las empresas, este descenso no habría sido tan pronunciado.
Estamos, en resumen, ante la paradoja de haber incrementado la producción científica en un entorno de disminución de recursos y menor interés empresarial-social por ella. Siendo el cuantitativo un criterio necesario pero no suficiente, deberíamos acentuar la valoración cualitativa de la transferencia de la investigación a las empresas y a la sociedad si queremos realmente establecer un liderazgo, que por definición no podrá basarse en criterios burocráticos que priman lo más sobre lo mejor.