ARTÍCULOS

Arde París, otra vez (infoLibre)

En 2010 publiqué un artículo titulado “Arde París”. Los suburbios olían a estallido social y me preguntaba por qué la fórmula de la represión policial no había funcionado. Para ello planteé tres consideraciones: quien, dónde y cómo.   Dieciséis años después la pregunta sigue vigente y la respuesta me temo que también. El retorno de los “chalecos amarillos” y los recientes disturbios con 1.200 detenidos y multitud de manifestantes y policías heridos lo dejan claro: ayuntamientos y comisarías asaltados, algunos quemados. Lo que ha cambiado es la imagen que lo resume: un hombre negro, larguirucho, con traje y corbata, que extiende los brazos para proteger a un grupo de estudiantes de instituto mientras grita a los antidisturbios que no carguen. La policía responde con gases lacrimógenos y son los chavales quienes acaban socorriendo al hombre, cegado por el humo. Es Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis, primer alcalde negro y musulmán de una ciudad francesa de más de 100.000 habitantes.

Vuelvo, pues, a las tres consideraciones de entonces: quién, dónde y cómo. En primer lugar, sobre el quién. En 2010 hablaba de jóvenes nacidos en Francia, nietos de la inmigración, ciudadanos de pleno derecho educados en el laicismo republicano a quienes, sin embargo, se les había averiado el ascensor social. Hoy los protagonistas son todavía más jóvenes —alumnos de instituto, algunos de catorce años— y la protesta, algo excepcional, no responde a una ley o a una reforma concreta, sino a un malestar acumulado. Pero hay un dato nuevo y relevante: uno de aquellos nietos de la inmigración ha llegado a la alcaldía de una de las ciudades más desfavorecidas de la periferia parisina, y lo ha hecho en primera vuelta, con el 50,77% de los votos. El ascensor, por tanto, a veces funciona. Lo inquietante es la reacción del sistema: una ola de racismo en ciertos medios conservadores que llegaron a llamarlo “mono” y a atribuirle frases que nunca pronunció. Cuando el sistema produce una excepción a la exclusión social y parte de la sociedad la recibe con insultos, el mensaje que llega a los chavales de la “banlieue” es demoledor: aunque llegues no serás de los nuestros, olvídate de la meritocracia; esta República es tan estamental como la monarquía absoluta. Bagayoko lo resume con amargura al hablar de los menores heridos: “¡Son los hijos de Francia! Salvo porque la República considera que son extranjeros”.

Segunda consideración: sobre el dónde. En 2010, en los suburbios la única presencia del Estado era, por este orden, los autobuses, la escuela y la policía. Dieciséis años más tarde, lo que reclaman los estudiantes es precisamente que la escuela no se retire: medios humanos suficientes en cada instituto, especialmente en los barrios populares. Bagayoko invoca tres informes parlamentarios según los cuales el Estado ha renunciado en estos territorios a sus tres grandes responsabilidades: justicia, educación y cohesión territorial. Si el Estado se repliega en estos barrios y sólo queda la policía, no debería sorprender que la relación con lo público se convierta en un pulso. Y no deja de ser significativo que esta vez la protesta no consista en atacar escuelas, sino en exigir más escuela.

Finalmente, sobre el cómo. Aquí es donde la continuidad resulta más preocupante. En 2010 advertía que enmarcar estos conflictos en el ámbito de la seguridad ciudadana —y confiar, por tanto, la solución a la policía— se había demostrado ineficaz. El Gobierno francés vuelve a hablar de “ultraviolencia”, de bandas organizadas y de “black blocs”; el alcalde habla de niños. Probablemente ambos ven una parte de la realidad: hay quien intenta reventar las manifestaciones, y el propio Bagayoko lo admite. Pero la respuesta institucional no puede ser indiscriminada. Que el ministro de Educación anuncie un diálogo con respuestas para finales de octubre, tras semanas de cargas, pelotas de goma y granadas aturdidoras, transmite exactamente lo contrario de la urgencia que la situación exige. La gestión del riesgo de exclusión social vuelve a confundirse con la gestión del orden público.

Quedan, aun así, dos lecciones. La primera es la convergencia. Se ha publicado sobre unas 450.000 personas movilizadas y estudiantes de escuelas privadas que se suman a los de la periferia. Si esa alianza se consolida, la banlieue dejará de ser un problema periférico de orden público para convertirse en una cuestión nacional. La segunda es el gesto de un alcalde que se interpone físicamente entre la policía y los menores y que ha hecho algo que ninguna política sectorial consigue por sí sola: devolver al Estado —aunque sea la Administración local— un rostro reconocible y protector. Es exactamente lo que en 2010 echaba de menos cuando reclamaba gestionar la diversidad también desde el mundo local. Francia sigue sin resolver lo que ya era evidente hace dieciséis años: no se repara un ascensor social a golpe de porra, ni se recupera la confianza de toda una generación con un calendario de diálogo a varias semanas vista. Si esto no se entiende seguiremos pasando de la gestión del riesgo a la indigestión del peligro. Mientras vuelve a arder París apliquémonos la lección y estemos atentos a qué puede suceder con las jóvenes generaciones de nuestras ciudades que no consiguen acceder a una vivienda o un mercado laboral decente y con ello a una vida digna.

Publicado en infoLibre el 21 de octubre de 2026.

Foto: Alois Moubax / Pexels

Ramon J. Moles

Jurista y analista.

Un casero que da sermones (infoLibre)

La Conferencia Episcopal Española (CEE) pide un «pacto de Estado» por la vivienda mientras llama «parche» a los decretos que el Congreso de los Diputados tumbó el 2 de octubre. Sin embargo, esta no es una petición desinteresada puesto que la Iglesia no es un mero espectador del problema de la vivienda: es uno de los mayores propietarios inmobiliarios del país, exento de IBI en buena parte de su patrimonio, y sin una pública rendición de cuentas del este.

Alquilar en España costaba de media 15,1 euros por metro cuadrado al cierre de septiembre de 2026, un 5,6% más que hace un año, según datos de portales inmobiliarios. Madrid marca 23,4 euros/m², Barcelona 20,1 y Palma 19,6. En 48 provincias el alquiler es hoy más caro que en 2025. La calle ha convertido el problema de la vivienda en el gran conflicto social del otoño. La acampada de Sol, las caceroladas y la manifestación de Madrid —entre 70.000 personas según la Delegación del Gobierno y 500.000 según el Sindicato de Inquilinas— tienen un rostro simbólico: Mari Carmen Abascal, de 87 años, cuyo desahucio dio nombre al llamado «decreto Maricarmen». Las propias entidades católicas de Valencia lo resumen así: tener empleo ya no garantiza una vivienda digna. A pesar de la presión pública el Congreso de los Diputados derogó el viernes 2 de octubre los dos reales decretos-ley de vivienda que el Gobierno había aprobado el martes anterior: uno suspendía provisionalmente los desahucios de personas vulnerables y el otro establecía una prórroga automática de 2 años, a petición del inquilino, de contratos que vencían antes del 31 de diciembre de 2028.

Ante todo esto la cúpula de la Iglesia católica en España se posicionó desde el primer momento. Según prensa publicada el 28 de septiembre el arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE, Luis Argüello, publicó un texto en redes sociales bajo el título, “Tres tipos de desahucios están de actualidad: vivienda, Ceuta y vientre materno” para, aprovechando la crisis de la vivienda, criticar el aborto (“es un desahucio de consecuencias irreversibles”), afirmando además del caso Maricarmen que el acuerdo social es «más emocional que moral» y denunciando su «manipulación ideológica». En la misma línea, el 1 de octubre el obispo auxiliar de Toledo y secretario general de la CEE, César García Magán, calificó los decretos de «parche», pidiendo «un pacto de Estado» y advirtiendo de «algún episodio de violencia» en la acampada de Sol, una protesta que se desarrollaba de forma pacífica. El 2 de octubre, día de la votación. Argüello volvió a advertir que los decretos planteaban una «solución unilateral» que podría «complicar el problema».

El contraste con la base de la Iglesia es claro. Ese mismo día, Cáritas Diocesana de Valencia, la HOAC y otras entidades de Iglesia por el Trabajo Decente reclamaban en la prensa publicada «regulación de los precios del alquiler», más parque público y el «fin de la especulación», citando al propio papa León XIV. Es decir, justo lo que los decretos intentaban y lo contrario de lo que declara la cúpula eclesial. Es una clara incongruencia entre cúpula y base: lo que hace la Iglesia como institución (como cúpula) lo hace como propietaria. Lo que hace la base es ejercer su credo como pueblo de Dios. La cúpula de la Iglesia habla de vivienda como propietaria desde dentro del mercado, no desde fuera, como un recurso para ayudar al pueblo de Dios. Cuatro conductas de la cúpula de la Iglesia católica española publicadas en los medios lo muestran. Primera: las inmatriculaciones de fincas, por las que entre 1998 y 2015 registró a su nombre 34.961 bienes con una simple certificación eclesiástica; 14.947 no eran templos, sino «solares, viviendas, locales», según el informe del Gobierno enviado al Congreso en 2021. La Coordinadora Recuperando eleva la cifra a unos 100.000 bienes desde 1964. Segunda: las rentas ingresadas por la gestión de su patrimonio en 2025 según la propia Memoria de la CEE ascendieron a 168,3 millones de euros. Tercera: la Iglesia goza de importantes beneficios fiscales; buena parte de ese patrimonio no paga IBI. El catedrático Alejandro López Gutiérrez recuerda que casi todo el casco antiguo de Toledo es eclesiástico y exento, igual que decenas de miles de viviendas de sacerdotes. Finalmente, los desahucios instados en su propio patrimonio: sirva como ejemplo la Fundación Fusara, presidida por el arzobispo de Madrid, que vendió 13 edificios donados para ayudar a niños pobres a un fondo; sus inquilinos reciben ahora cartas de no renovación. O la Venerable Orden Tercera franciscana, con más de 300 viviendas en el centro de Madrid, que desahució en mayo a Mariano Ordaz, de 67 años, que hoy duerme en un albergue. El Arzobispado sostiene que Fusara no depende de él y que renovó su gestión en 2024.

Que la cúpula (la CEE) pida «altura de miras» a los partidos es legítimo. Hacerlo sin mirar la propia casa no lo es. Si los decretos eran un «parche», ni Argüello ni García Magán han detallado una sola aportación al pacto de Estado que reclaman. ¿Cuántas viviendas posee la Iglesia en España, y cuántas están vacías? No existe un inventario público. Europa Laica denuncia falta de transparencia en las cifras de la propia Memoria. ¿Por qué una entidad que exige un pacto nacional no ofrece su parque al alquiler social, ni renuncia a la exención del IBI en los inmuebles que no son de culto? ¿Por qué la crisis de la vivienda se convierte en pretexto para hablar del aborto, mientras el desahucio de una mujer de 87 años, y otros muchos, no entran en el orden del día episcopal? Hay que reconocer, sin embargo, la actitud de la base de la Iglesia: Cáritas, la HOAC y muchas parroquias sostienen a miles de familias sin techo y piden lo mismo que el movimiento de inquilinos. El problema no es la Iglesia de base, sino una cúpula que en el momento decisivo habló el idioma de quienes votaron no a la convalidación de los decretos porque como propietaria actúa como un tenedor más.

Todo casero tiene derecho a opinar sobre la ley de alquileres y a defender sus intereses. Lo que no puede el casero es hacerlo desde el púlpito, como si no tuviera nada más en juego. Cuando la CEE llama “parche” a una norma que frenaba desahucios, también habla una institución que cobra rentas, vende edificios donados y no paga IBI por buena parte de lo que posee. El sermón tendría otro peso si el casero predicara con el ejemplo. Bastarían tres gestos. Abrir los libros: un inventario público de sus viviendas, su uso y cuántas están vacías. Abrir las puertas: ceder al alquiler social, con ayuntamientos y Cáritas, los pisos sin uso pastoral. Pagar como cualquier propietario: renunciar a la exención del IBI en lo que no es culto y parar los desahucios en sus fundaciones y órdenes.

Los obispos hicieron suya la pregunta de León XIV sobre el caso Maricarmen: “¿Cuál es el problema en un sistema que permite este caso?”. Parte de la respuesta está en las propias escrituras (las sagradas y las de propiedad). Y esto nos recuerda lo que denunciaba Isaías y que también citaron los inquilinos de Fusara al Papa: “!Ay de los que juntan la casa terrenal con la casa sagrada¡”. Mientras que la Iglesia no mire ahí, en ambas escrituras, para actuar en consecuencia seguirá siendo lo que hoy es: un casero que da sermones.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista

Publicado en infoLibre el 11 de octubre de 2026.

Cuando la IA llegó a la universidad, esta ya estaba rota (infoLibre)

Algo se ha roto en la universidad. Lo discutible es cuándo ocurrió y a quién conviene responsabilizar.

La inteligencia artificial permite entregar un trabajo que no se sabría defender, resolver un problema que no se comprende o firmar un razonamiento que nunca se produjo. El resultado puede parecer académicamente correcto y, sin embargo, no acreditar ninguna competencia reconocible en quien lo presenta. Pero esta fractura no empezó con la Inteligencia Artificial.

Mucho antes de la IA generativa, la universidad ya permitía avanzar a estudiantes incapaces de interpretar un texto, construir un argumento propio o relacionar los conceptos elementales de una asignatura. Ya existían la memorización mecánica, el plagio, los trabajos heredados y una notable capacidad para aprobar sin que el conocimiento dejara demasiadas huellas.

La IA no ha destruido una universidad intelectualmente saludable. Ha llegado cuando buena parte del deterioro ya se había producido.

Durante años, la pregunta sobre qué debía aprender un estudiante fue cediendo terreno ante otras más fáciles de cuantificar: cuántos alumnos se captan, cuántos permanecen, cuántos se gradúan y qué nivel de satisfacción declaran. El conocimiento perdió valor formativo y ganó valor credencial. Lo importante pasó a ser obtener la nota, el crédito y el título. En ese proceso, el estudiante fue convirtiéndose en cliente.

La universidad compite hoy por atraer alumnos que se matriculen, financiación y rankings. Suspender demasiado puede interpretarse como un problema docente; retener y titular, como una señal de éxito institucional. La exigencia académica deja de ser una virtud para convertirse en una molestia. La inteligencia artificial encaja perfectamente en ese modelo.

Si el objetivo del estudiante es obtener créditos y el de la institución conservarlo para que egrese en tiempo y forma acorde con los rankings y la financiación, la IA sirve a ambos: produce trabajos, códigos, presentaciones y resúmenes con una rapidez extraordinaria. Las tareas se entregan. Las calificaciones se registran. Los créditos se conceden. Los títulos se expiden. La universidad progresa en los rankings y mejora su financiación.

Puede desaparecer el aprendizaje sin que se detenga ninguna de las operaciones administrativas que supuestamente deberían certificarlo. Es más: se puede llegar a certificar un aprendizaje que no se ha producido.

El estudiante que utiliza la IA para aprobar no está necesariamente traicionando al sistema. Puede estar entendiéndolo demasiado bien. Ha comprendido que no siempre se le exige saber, sino producir el objeto evaluable adecuado dentro del plazo. La IA no rompe este modelo. Lo perfecciona.

Quizá por eso provoca tanta inquietud: no tanto porque sustituya el trabajo intelectual del estudiante, sino porque revela las vergüenzas de hasta qué punto la universidad ya se había habituado a evaluar productos cuya relación con el aprendizaje era débil.

Mientras el alumno entregaba un texto mediocre escrito por él, aún podía sostenerse la ficción de que la autoría garantizaba algún proceso intelectual. Cuando entrega un texto impecable producido por una máquina, la ficción se vuelve insostenible. La universidad descubre entonces que ya no sabe con certeza qué está evaluando.

La reacción consiste en recurrir a detectores, prohibiciones, exámenes manuscritos o un regreso nostálgico a la oralidad. Estas medidas pueden dificultar el fraude, pero ninguna responde las preguntas centrales: ¿qué significa hoy acreditar que una persona posee una formación universitaria?, ¿cómo debería ser un alumno universitario adecuadamente formado?

El mundo profesional no funciona sin herramientas digitales ni sistemas inteligentes. Aislar a los estudiantes de esas tecnologías sería tan absurdo como permitirles delegar en ellas todo aquello que deberían ser capaces de juzgar.

La universidad se encuentra ante una contradicción que no puede resolver con un protocolo de uso responsable. Necesita demostrar que sus titulados poseen criterio, comprensión y capacidad de decisión. Pero lleva años organizándose para captar más estudiantes, atenderlos con menos recursos, estandarizar la evaluación y reducir el coste de una atención intelectual que exige tiempo, profesores y conflicto. Porque formar y evaluar de verdad resulta caro.

Es más fácil corregir un producto que observar un proceso. Es más fácil aplicar una rúbrica que valorar un razonamiento. Es más fácil contar aprobados que preguntarse qué sabe realmente quien obtiene el título.

La IA ha entrado precisamente por esa grieta. No ha creado la mercantilización de la universidad, la erosión de sus estándares ni la mediocridad amparada por las jerarquías docentes y la conveniencia institucional. Simplemente ha vuelto visibles sus consecuencias.

La pregunta no es qué está haciendo la IA con los estudiantes. La pregunta es qué había hecho ya la universidad con ellos para que la IA encajara tan bien.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Secretario general de Universidades de la Generalitat de Catalunya (2003-2006)

Publicado en infoLibre el 29 de septiembre de 2026.

¿Dónde está la Iglesia en Ceuta? (infoLibre)

No me refiero a la Catedral de la Asunción, que desde el siglo XVIII está en el centro de la urbe. Me refiero a la institución: a la Iglesia Católica española. Ceuta está desbordada por la llegada masiva de inmigrantes. Entre ellos miles de menores no acompañados que por ley han de ser protegidos y que han llegado a la ciudad autónoma en oleadas que el sistema de acogida público no puede absorber. Niños y adolescentes duermen en la calle. La administración local pide ayuda al Estado y la sociedad civil hace lo que puede.

En medio de este desastre humanitario hay una ausencia clamorosa: la Iglesia Católica española no está acogiendo a esos menores. Cuando menos no de forma significativa, no a la escala que su infraestructura permitiría, no, que sepamos, con la urgencia que la situación exige. ¿Por qué?

La Iglesia Católica en España no es una asociación voluntaria de fieles con medios modestos. Es una institución con un ingente patrimonio inmobiliario, sin inventario público completo, con miles de centros educativos, residencias, conventos, casas de retiro y edificios en uso parcial o nulo repartidos por todo el territorio. Recibe, además, financiación pública directa e indirecta de magnitud considerable. La casilla del 0,7% del IRPF —la que los contribuyentes pueden marcar voluntariamente— genera para la Iglesia entre 300 y 400 millones de euros anuales que gestiona la Conferencia Episcopal española. A eso se suman las exenciones fiscales sobre bienes inmuebles, las subvenciones a centros concertados, los convenios con administraciones autonómicas y locales, los donativos y donaciones de particulares y un régimen de financiación estatal que tiene su origen en los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 y que no ha sido sustancialmente revisado desde entonces. Súmenle la dotación de las prelaturas como el Opus Dei y otras organizaciones satelitales y el monto no es desdeñable. Con ese nivel de recursos y esa extensión de infraestructura, la Iglesia Católica española podría acoger, sin esfuerzo estructural significativo, a miles de menores en situación de emergencia. No lo está haciendo, que sepamos. ¿Por qué?

El mecanismo del IRPF tiene una lógica redistributiva: el contribuyente destina una fracción de su impuesto a fines de interés social, ya sea a la Iglesia o a ONG de acción social. La Iglesia recibe esa asignación, en buena medida, porque presenta ante la opinión pública y ante el Estado una identidad de institución con vocación caritativa y de atención a los más vulnerables. Esa identidad tiene consecuencias. No jurídicas en sentido estricto —el dinero del 0,7% no está vinculado por ley a ningún uso concreto en acogida de emergencia—, pero sí morales e institucionales. Una institución que se financia en parte con el argumento implícito de que cuida de los pobres tiene una deuda de coherencia cuando los pobres están en la puerta y la institución mira hacia otro lado.

Los obispos españoles han hecho declaraciones sobre la migración. Han pedido humanidad, han invocado el deber cristiano de acoger al extranjero. El Evangelio de Mateo es claro: «Fui forastero y me acogisteis.» Esas palabras no son un adorno retórico. Son una instrucción. Mientras Ceuta improvisa soluciones de emergencia para menores no acompañados, hay conventos con alas enteras vacías. Hay residencias religiosas con capacidad ociosa. Hay órdenes con vocación explícita de atención a la infancia en riesgo que no han activado sus recursos.

La Cruz Roja está en Ceuta. Médicos Sin Fronteras está en Ceuta. Save the Children está en Ceuta. Organizaciones laicas, con recursos infinitamente menores que los de la Iglesia Católica española, han movilizado equipos y medios de forma inmediata. Cáritas, la red asistencial de la Iglesia, trabaja. Lo hace con seriedad y con medios limitados, y merece reconocimiento. Pero Cáritas no es la Iglesia institucional a la que me refiero. Cáritas es la parte de la Iglesia que, singularmente, sí se implica. La pregunta es qué hacen las diócesis, los obispados, las órdenes religiosas con patrimonio e infraestructura disponibles. La Iglesia, como institución, no aparece, que sepamos, en el mapa de la respuesta.

Esta ausencia institucional no delata falta de recursos ni de valores declarados. Delata un problema de diseño institucional. La Iglesia Católica española ha construido a lo largo de décadas, de siglos, una arquitectura organizativa que la protege de las exigencias que implica su propio discurso. Tiene una estructura de toma de decisiones opaca, sin rendición de cuentas externa, sin obligación de informar sobre el uso de los recursos públicos que recibe, sin mecanismos de evaluación de su impacto social real. En ese diseño, es perfectamente posible recibir cientos de millones del erario público, proclamar la prioridad de los pobres y los excluidos, y no abrir una sola plaza de acogida en una emergencia humanitaria como la de Ceuta. No hay sanción. No hay consecuencia. No hay mecanismo que conecte los recursos recibidos con las obligaciones que esos recursos implican.

No propongo moralizar sobre la fe de nadie ni sobre la vocación genuina de miles de religiosas y religiosos que trabajan en condiciones duras al servicio de los más vulnerables. Propongo algo muy modesto y concreto: transparencia y coherencia institucional. Algo que los Papas Francisco y Leon XIV han promovido, cuando menos verbalmente. Si la Iglesia Católica recibe financiación pública directa e indirecta con el argumento de su función social, esa función social tiene que ser verificable, evaluable y exigible. No como persecución ideológica, sino como estándar básico de cualquier institución que recibe dinero público. Esta verificación no se puede limitar a una campaña publicitaria dando cuenta de algunas acciones.

Si esta evaluación independiente revelara que la institución no cumple con lo que predica cuando más se la necesita, entonces el debate sobre la revisión de los Acuerdos con la Santa Sede y sobre los términos de la asignación tributaria dejaría de ser una posición aparentemente anticlerical y se convertiría en una exigencia elemental de coherencia democrática.

Puesto que desconocemos los datos justo es terminar con una pregunta directa a la Conferencia Episcopal Española: ¿Cuántas plazas de acogida ha puesto a disposición la Iglesia Católica española para los menores no acompañados de Ceuta? ¿En qué diócesis, en qué instalaciones, con qué capacidad, desde cuándo? Si la respuesta existe, publíquenla. Si no existe, expliquen por qué. El silencio, en este caso, también sería una respuesta.

Ramon-Jordi Moles Plaza.

Jurista y analista

ramonmoles.com

Publicado en infoLibre el 23 de agosto de 2026.

Absentismo universitario de lujo (infoLibre)

Un estudio realizado en 2025 en la Universidad Autónoma de Barcelona manifiesta que el absentismo en sus aulas puede llegar al 40% del alumnado, aunque con diferencias entre asignaturas y contextos. Intuyo que el problema puede ser similar en casi todas las universidades públicas. Se atribuye principalmente al malestar personal de los estudiantes, su desconexión con los estudios, una vivencia desmotivadora y al hecho de ser una generación con una profesionalización débil. Más allá de estos factores les desmotivan también las clases magistrales y la falta de competencia del profesorado, que les inducen a una actitud pasiva y a apoyarse en los apuntes de otros compañeros para suplir su presencia, porque creen que pueden obtener ese conocimiento fuera del aula. En resumen, se ha instaurado la idea de que no es preciso asistir a clase para superar los estudios. El resultado de todo ello, en opinión del profesorado, es que se ha reducido significativamente el rendimiento de los alumnos y su motivación, lo que implica mayor riesgo de abandono de los estudios. Según la información publicada, ante este problema estructural la UAB no se plantea el absentismo “sólo como un problema, sino que asume este reto como una oportunidad para repensar y mejorar su acción educativa con un conjunto de líneas de acción para lograr una formación más motivadora, flexible y centrada en el estudiantado”. Para ello se pretende la promoción de un entorno universitario más conectado con el bienestar emocional del estudiantado.

Loable discurso si con ello mejora la calidad del resultado, esto es, la formación de los egresados universitarios. Además de la preocupación por el estado psíquico de los estudiantes echo en falta algunas consideraciones de carácter más estructural que vienen de lejos. En su ámbito educativo (más allá de la investigación y la transferencia de tecnología) el papel de la universidad no es sólo facilitar la inserción profesional de sus egresados, sino sobre todo formarlos en un sentido más amplio que la mera lógica del mercado laboral (también en un sentido cultural, cívico y humanístico). Para ello la presencialidad y la interacción profesor-alumno es un recurso para nada despreciable. En el desarrollo de sus funciones, las universidades públicas (me centro en las públicas porque las privadas se rigen por otra lógica) se han dotar de recursos suficientes (personal e infraestructura) para atender la demanda de todos aquellos ciudadanos que desean acceder a unos estudios superiores (que no son obligatorios, sino voluntarios), con independencia de su poder adquisitivo. Primer problema: se debe atender una demanda que, en la práctica, no es real. Hay que disponer de suficientes plazas para (caso de la UAB) un 40% de alumnos que, en algunos estudios, no van a usarlas. Esto tiene un coste. Segundo problema: estas plazas están financiadas con recursos públicos, de todos los ciudadanos, incluso de aquellos a quienes gustaría acceder pero que, por circunstancias diversas, no pueden. Tercer problema: existe un desajuste conceptual entre oferta y demanda. La oferta es de formación universitaria. La demanda es de títulos para el acceso al mercado de trabajo incluso por parte, a veces, de quienes adolecen del nivel académico requerido. Conclusión: estamos malgastando los recursos afectados a un 40% de plazas universitarias. Este derroche casa mal con el reiterado discurso de la insuficiencia de recursos de las universidades públicas, sobre todo a la luz de algunas consideraciones. 

Primera consideración: debería ajustarse oferta y demanda. A la universidad se va, en primer lugar, a estudiar; para obtener un título, sí; pero hay que ir, y para estudiar, a partir de haber acreditado unas capacidades mínimas. La universidad pública tiene que ser selectiva en el proceso de acceso (no en función de la capacidad económica, sino en función de la capacidad académica de los candidatos) porque los recursos son limitados. No puede ser que la selección consista en que prácticamente todos los candidatos accedan a este servicio público, aunque no tengan el nivel académico para ello. 

Segunda consideración: deberían ajustarse los costes. La matrícula en una universidad pública no cubre el coste total de la plaza, sino sólo un porcentaje mínimo.  O reducimos la oferta de plazas a la ocupación real, o incrementamos el precio de las matrículas para sufragar el coste real de las plazas existentes no ocupadas. No puede ser tan barato matricularse que te puedas permitir el lujo de no asistir a clase. No puede ser más barato matricularse en la universidad que en un jardín de infancia. 

Tercera consideración: a pesar del incremento de precios de las matrículas garanticemos el acceso a las plazas universitarias, con independencia de las capacidades económicas, a aquellos que realmente desean sacar provecho de este servicio público pagado con los impuestos de todos. Para ello, instauremos préstamos universitarios para sufragar el coste real de las matrículas de los estudiantes; préstamos que se reconviertan en becas (que no haya que devolver) a medida que el estudiante cumple con sus objetivos académicos. De este modo el absentismo universitario en las universidades públicas será un lujo que sólo los más ricos podrán asumir, eso sí, que pagarán con su dinero, no con el de todos.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Ex secretario general de universidades de la Generalitat de Catalunya (2003-2006).

Publicado en infoLibre el 9 de mayo de 2026.

Montoro y el equipo PAC (infoLibre)

En lo que ya se conoce como “caso Montoro”, en el que un juez de Tarragona ha investigado durante siete años si el entonces ministro manipuló el proceso legislativo tributario para favorecer, a cambio de dinero,  a empresas con rebajas fiscales (empresas que eran clientes de su despacho), aparecen tres derivadas novedosas que, de ser ciertas, sofistican la operativa de estos presuntos delitos: la del “equipo PAC”, la del principio administrativo de que “Hacienda son ellos” y la de que “la eficiencia brilla por su ausencia”.

La primera (el equipo PAC), se basa en el hecho de que para que estos presuntos hechos pudieran llevarse a cabo, el autor o autores debieron diseñar un equipo ministerial de altos cargos de confianza en los que la confianza no estaba orientada a la mejor y más capacitada gestión pública posible, sino a que las decisiones ministeriales respondieran a los intereses ocultos de quienes pagaban mordidas para verse beneficiados por aquellas. De este modo según los investigadores, se habría nombrado para altos cargos a personas vinculadas al despacho fundado por el entonces ministro de Hacienda, para asegurarse de que los textos legales tributarios se redactaran a satisfacción de los clientes del despacho, que pagaban por ello.

Téngase en cuenta que la tramitación de una norma jurídica transita por un sinfín de trámites que con frecuencia incluyen a órganos externos e independientes de un ministerio, como por ejemplo el Consejo de Estado, y, por lo que parece, estas tramitaciones también estaban controladas por la presunta trama. Quiere ello decir que debía existir una suerte de “Administración interesada” que, como los periodistas integrados en unidades de combate, estaba “empotrada” en la Administración del Estado -en toda ella-. Ríanse así de los principios de mérito y capacidad, de independencia, del interés general, de objetividad, eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración, coordinación, sometimiento pleno a la Constitución, ley y derecho, de buena fe, de confianza legítima, cooperación, colaboración, eficiencia y servicio al ciudadano.

Descubrimos así que estos principios, a veces, sólo son decorados para el desarrollo de una opereta bufa. Quiero dejar claro con ello que la tan cacareada endogamia burocrática se complementa de modo imprescindible con otra menos conocida pero más letal para nuestro sistema: la endogamia política, que sitúa en puestos de alta responsabilidad no a los más capaces, sino al equipo PAC (Parientes, Amigos y Conocidos).

La segunda derivada (Hacienda son ellos) se fundamenta en la quiebra de confianza en el sistema, y más específicamente, en el sistema tributario español, de por sí injusto e ineficiente. En este país se paga por trabajar (las conocidas como rentas del trabajo), mientras las grandes multinacionales y fortunas varias señorean la ingeniería financiera para reducir su presión fiscal.  De este modo, la tributación de ciudadanos de a pie deviene proporcionalmente insostenible mientras quienes debieran ser grandes contribuyentes se cuelan por las calles de países con baja o nula tributación. 

De esta guisa resulta que, además, un juez de Tarragona plantea que, al menos durante un tiempo, quien debiera velar por la integridad del sistema tributario parece que no sólo no lo ha hecho, sino que presuntamente se ha dedicado a favorecer clientes y amiguetes, amén de disponer de información confidencial (que no debería) sobre ciudadanos e incluso colegas de partido. Y es que, efectivamente, Hacienda no somos todos, son ellos: ya me dirán con qué cara pagamos todos nuestros impuestos a la luz de estas informaciones y de otras parecidas. 

La tercera derivada nos conduce a un terreno inhóspito: a la luz de lo acontecido con la producción normativa de la Hacienda pública española de este período se cierne la sospecha generalizada de que puede haber más casos como estos. ¿Cómo se va a poder garantizar que el rey (hacienda) -como el del cuento- no va desnudo? ¿Cómo podemos saber los ciudadanos que, en general, la hacienda pública funciona como debiera? La quiebra de confianza es muy profunda. Como profundo es el problema jurídico derivado de la producción de normas tributarias manipuladas por intereses particulares. Para ello debiera expurgarse de estas normas el sistema normativo tributario a instancias de los perjudicados (todos los somos de un modo u otro), puesto que esta normativa -resultado de la comisión de presuntos delitos- pudiera estar viciadas de nulidad a pesar de su apariencia de plena legalidad. Ello atañe también a la legitimidad del aparato administrativo del Estado y del propio poder legislativo (que parece que aprobó normas para intereses particulares): si quieren mantenerla deberían limpiar los trapos sucios hasta el punto de que quienes hayan resultado perjudicados puedan ser compensados por ello. Sin embargo, no es esta la tradición de equipos económicos de una Administración del estilo de la que nos ocupa: recuerden casos como el envenenamiento por aceite de colza (1981), el vertido del Prestige (2002), el accidente del YAK 42 en Turquía (2003), los atentados de Atocha (2004), el accidente del metro de Valencia (2006), la crisis del rescate bancario (2009), el del AVE en Santiago de Compostela (2013), las muertes en geriátricos por la COVID (2020), la erupción del volcán de la Palma (2021), o la Dana en Valencia (2024). No entraré en la gestión penosa de estas calamidades (de por sí deplorable y denunciable). Me quedo con la constatación de que la gestión de la reparación a las víctimas también lo ha sido. Lamentablemente no parece que en este presunto caso de Hacienda vaya a ser distinto puesto que, una vez más, la eficiencia reparadora me temo que brillará por su ausencia. ¿Me siguen?

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista

Publicado en infoLibre el 28 de julio de 2025.

Faltas de hortografía en las PAU (infoLibre)

Infolibre 20.6.2025

Parece que la ortografía es irrelevante (o parcialmente irrelevante) a la hora de verificar que un estudiante dispone del nivel necesario para ingresar en la universidad. De hecho, se trata de un fenómeno mucho más amplio: a la irrelevancia de la ortografía podemos agregar la de la expresión oral y escrita, la de la comprensión lectora, la de capacidad de análisis o la del espíritu crítico. No se trata de mantener, cual abuelo cebolleta, que cualquier tiempo pasado fue mejor: las nuevas generaciones tienen algunas capacidades y habilidades que superan a sus predecesoras. Lo segundo no justifica lo primero: tener nuevas habilidades no justifica desdeñar ortografía, comprensión lectora y demás.

Si se pretende contar con ciudadanos culturalmente capaces, responsables y críticos no se puede obviar cuanto configura el universo racional de una persona. Hacerlo sería tanto como degradar la persona a la condición de mero sujeto de consumo acrítico, individuo adocenado ignorante de cuanto le rodea e incluso ignorante de su propia condición. El problema es que el sistema se ha orientado desde años en esta dirección: universidades más preocupadas por incrementar el número de matriculados de ingreso que por la calidad real de sus egresados, empresas obsesionadas en contar con titulados “útiles” más que con empleados “conscientes” de su contexto, estudiantes centrados en conseguir un puesto de trabajo a partir o de la “titulitis” imperante o de la compraventa de criptomonedas, padres y madres que consideran, aún hoy, que la universidad es un ascensor social.

La triste realidad es que en los últimos quince años la universidad que he vivido -y la que han vivido otros colegas también- se parece más a un jardín de infancia sobreprotector que trata con “clientes” que a un centro de generación compartida de conocimiento entre estudiantes y docentes. Obviamente hay excelentes excepciones, pero me refiero al depauperado panorama general. El debate generado por el hecho de querer penalizar los errores ortográficos no es más que otro de los muchos ejemplos que justifican la visión expuesta.

A pesar de la rectificación parcial final (los errores ortográficos sólo penalizan en algunas materias) los bandazos de la Administración de la Generalitat en este caso tampoco ayudan a establecer un marco de futuro muy halagüeño. Mientras tanto, pretenden llevarnos al huerto, dónde la “horto-grafía” pueda ser de utilidad.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista. 

Publicado en infoLibre el 20 de junio de 2025.

Maltrato institucional a menores (infoLibre)

Infolibre 9.6.2025

Lamentablemente la miopía de nuestra sociedad facilita la comisión de barbaridades institucionalizadas. En enero de 2019 publiqué un artículo sobre el maltrato institucional a menores que, desgraciadamente, no ha perdido vigencia a la luz de lo acontecido en relación con las presuntas irregularidades en prestaciones a extutelados por parte de fundaciones subcontratadas por la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA) y el caso de violaciones y prostitución de una menor de 12 años bajo guarda de la Generalitat. Hace 6 años me referí a sucesos como los de los niños tutelados por la Generalitat que fueron objeto de abusos sexuales por sus tutores (Castelldans 2013 y Tortosa 2016), los de los declarados en desamparo y que la Generalitat sustrae de la familia sin supervisión judicial, los tutelados por la Generalitat de manera inadecuada (según entonces indicó el Síndic unos 600 del total de 7.000 entonces), o los no acompañados que escapan a la tutela de la Generalitat incurriendo incluso en delincuencia de bajo perfil, para los cuales no existe política específica alguna.

Los recientes sucesos en relación con la DGAIA parece que han motivado que el Govern tome cartas en el asunto para refundarla, por un lado retirándole las competencias en materia de ayudas y contrataciones, y por otro, reforzando la prevención revisando los protocolos. Para ello se crea una nueva Dirección General de Prevención y Protección de la Infancia y la Adolescencia (DGPPIA), que se redimensionará con 300 nuevos profesionales. Parece una buena noticia, pero para nada es suficiente. Sorprenden dos puntos. Primero, la tardanza de la propia Administración en abordar un maltrato institucional (físico, moral y económico) de tamaño calibre que ha acabado por cronificarse. Segundo, la desfachatez de los responsables y representantes políticos en todos estos años para defender una gestión a todas luces pésima. 

En cuanto a lo primero, transformar la DGAIA sin atacar la raíz del problema es una maniobra decorativa que podría encubrir intereses inconfesables (como por ejemplo cambiar algo para que nada cambie). Y es que una de las raíces del problema es el incremento brutal de menores no acompañados a los que atender sin una estructura correctamente dimensionada que, por otra parte, deviene en negocio cuando la fórmula consiste en otorgar millones de euros a gestores privados de centros residenciales para que se hagan cargo de ellos. Según cifras publicadas serían alrededor de 788 millones de euros entre 2016 y 2020 cuya gestión está siendo examinada por la Sindicatura de Comptes y la Oficina Antifrau. Para que se hagan una idea: el presupuesto de Andorra para 2025 es de 634 millones de euros. La solución del problema pasa necesariamente, cuando sea posible, por dar una salida de gestión pública al problema de menores no acompañados haciendo responsables de estos a sus familias y Estados de origen. La solución no es regar de millones a un sinfín de fundaciones dedicadas a vivir del drama, sino seguir el rastro del dinero “atribuido” irregularmente a algunos elementos de esta red clientelar amparada por el concepto de “tercer sector”, y acabar con la precarización de los trabajadores del sector

En cuanto a lo segundo, hemos sido testigos de una vergonzosa maniobra de ocultación del problema por parte de responsables y partidos políticos hasta el punto de que PSC, ERC y Comuns votaron en el Parlament en contra de adoptar medidas correctoras atendiendo el informe 3/2024 de la Sindicatura de Comptes, que evidencia la mala gestión con todo detalle. Un ninguneo parlamentario en toda regla al organismo de control. Hemos sido testigos también de como ERC (el partido político que ha gestionado este organismo los 10 últimos años) ha ignorado el problema hasta el punto de escudarse en la pandemia, la responsabilidad del violador, o la aplicación del artículo 155 de la Constitución en la crisis del procés, sin asumir ninguna responsabilidad, para, además, acusar en sede parlamentaria a la Sindicatura de hacer el juego a la extrema derecha. Parece que los escaños son un medio de vida, y no un servicio público como debieran.

Como en enero de 2019, insisto en que no es suficiente con transformar la DGAIA ni depurar las responsabilidades pertinentes: para cambiar las cosas hace falta pretenderlo de verdad, adoptando medidas urgentes más efectivas, como el despliegue efectivo de la figura del procurador del menor previsto en el artículo 118 de la Ley del Parlament de Catalunya 14/2010, el sometimiento a control judicial efectivo de la actividad administrativa, sobre todo la relativa a sustracción de la tutela familiar, y la aplicación de principios administrativos como el de transparencia y acceso a documentación con objeto de facilitar el acceso de los interesados a los informes de la Administración que les afectan. Todo ello sin perjuicio de que los afectados puedan reclamar a la Administración, tanto las responsabilidades civiles como penales en que los funcionarios o instituciones implicadas hubieran podido incurrir, como el resarcimiento de los presuntos perjuicios causados por la vía de la responsabilidad patrimonial de la Administración, que prevé la indemnización a quienes hayan sufrido un perjuicio injustificado como consecuencia del funcionamiento normal o anormal de la Administración.

Publicado en Infolibre el 9 de junio de 2025.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista

También sobre este tema: Burocracias maltratadoras de menores · Son menores maltratados

Foto: Pixabay/Pexels.

Corposindicalismo centralista en Renfe (infoLibre)

29.3.2025

Las incidencias en Rodalíes Renfe no son tales: son consistencias. Lo que debiera ser excepción (el mal funcionamiento) se ha cronificado para devenir un mal cotidiano. La obsolescencia por dejadez gestora es causa del desastre. Hay algo aún peor: una visión anticuada e interesada del servicio público, que se nutre de ideas centralistas y corporativistas.

Rodalíes de Catalunya incluye 209 estaciones y 1.200 kilómetros de vías. La usan diariamente medio millón de ciudadanos que sufren retrasos graves cuatro de cada cinco días y cancelaciones de miles de trenes cada año. A pesar de que la Generalitat tiene transferidas estas competencias desde 2010, parecía que el acuerdo de noviembre de 2023 entre PSOE y ERC sobre su traspaso integral iba a ser una solución basada en la sustitución de Renfe por la Generalitat.

En noviembre de 2023 los comités de empresa de Renfe y Adif ya plantearon una huelga relacionada con el traspaso de competencias y su afectación a los trabajadores de la empresa, que se saldó con un acuerdo para desconvocarla. Ahora, de nuevo, los sindicatos han considerado vulnerados los anteriores acuerdos, esencialmente por la creación de una nueva empresa mixta ajena al Grupo Renfe para asumir progresivamente todas las actividades operativas de Renfe y Adif, por la exclusión de la línea R1 en Cataluña de la Red Ferroviaria de Interés General (RFIG), y porque consideran que no suponen una mejora del servicio, sino un aumento del coste por la pérdida de economías de escala y el incremento del entramado societario para prestar un servicio que ya ofrece una empresa pública. Argumentan, además, que el traspaso provocará una disminución de los estándares de seguridad y la pérdida de interoperabilidad con el resto de la red ferroviaria española y europea. Los sindicatos han llegado a advertir de que el traspaso de Rodalíes implica incomunicar a Catalunya por ferrocarril.

Finalmente, la huelga se ha desconvocado “in extremis” mediante un acuerdo que se basa en que los trabajadores de Renfe y Adif mantendrán las mismas condiciones y dependerán del Estado a través del Grupo Renfe, aunque el control operativo será de la Generalitat. A esta fórmula la han denominado “adscripción temporal” de Rodalíes a Renfe. Curiosa solución: manteniendo las condiciones laborales interesadas de los trabajadores de Renfe, ya no se perjudica el interés general ni se incomunica a Catalunya por ferrocarril ni se arriesga la seguridad de la infraestructura. Mejor aún: ahora sí que la cosa va a funcionar !. Obvio: el meollo está en la confusión entre interés corporativo e interés general, está en el mantenimiento a toda costa de las condiciones laborales de estos trabajadores que, por lo visto, debiendo ser extraordinarias, las deben ver muy amenazadas por el traspaso a la Generalitat, sobre todo si atendemos a las declaraciones de los propios sindicatos: «Hemos introducido un blindaje de permanencia para los profesionales de Renfe y Adif. Hemos aprovechado esta situación para establecer el mecanismo que nos proteja en ambas empresas públicas, de cara a futuros procesos que puedan venir por la aplicación del cuarto paquete ferroviario. Así, en ningún supuesto, se podrá obligar a las personas trabajadoras a cambiar de empresa fuera del Grupo Renfe y Adif». 

Este fenómeno es cosa común en este país: la extinta Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, Aena, o el mismísimo Senado han sido objeto de fracasadas propuestas descentralizadoras que terminaron en la papelera para evitar que se perjudique intereses corporativos bajo la excusa de evitar que “España se rompa”.

En 2004, tras un acuerdo con el entonces presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, Zapatero trasladó de Madrid a Barcelona la sede de la CMT. Finalmente, el Tribunal Supremo anuló el traslado al estimar los recursos presentados por la Comunidad de Madrid y un grupo de trabajadores. Se trataba de la defensa de intereses corporativos usando como pantalla los “peligros” de la descentralización. Incluso el presidente de la CMT, Carlos Bustelo, presentó su dimisión por su oposición al traslado, calificando al Gobierno, de «poco preparado» y «mal asesorado», y calificó como «una chorrada» y “una deportación” su decisión de cambiar la sede del organismo: no sea que “España se rompa”.

Recuerden la crisis de los controladores aéreos en 2010 con la empresa pública Aena, que llevó al cierre del espacio aéreo y al primer estado de alarma de la democracia. Tras este conflicto subyacía el modelo de gestión de Aena que, desde 1998, se endeudó fuertemente por la construcción y ampliación de infraestructuras, como el Plan Barajas con ingentes desviaciones de costes, o las obras en aeropuertos pequeños con escaso tráfico. En la crisis de 2008 el pago de la deuda se convirtió en un gran problema que exigía un cambio de modelo de gestión al que los controladores se opusieron para defender sus escalas salariales recurriendo al poder derivado de sus funciones. Aún hoy, el modelo centralizado de gestión aeroportuaria se mantiene para disfrute de algunos y castigo de la mayoría de los ciudadanos. No sea que “España se rompa”.

Trasladar el Senado a Barcelona fue una idea de Pasqual Maragall hace 33 años para reforzar el concepto de cocapitalidad. Como sucedió después con el caso de la CMT, se anunciaron protestas de sus trabajadores en caso de que el Senado tuviese que trasladarse a Catalunya.

Subyace a todo esto un problema no resuelto: centralización o descentralización significa, también, una lluvia de millones sobre uno u otro territorio derivada del peso del empleo público y de la concentración de actividades empresariales. A pesar del modelo constitucional descentralizado los principales órganos institucionales y reguladores están en Madrid concentrando alrededor del 30% del personal del sector público del Estado. La descentralización no es sólo un principio constitucional rector en sí mismo. La descentralización también es un instrumento para la gestión de otros fenómenos, como la despoblación, la revitalización territorial o el acercamiento de servicios a la ciudadanía. A la centralización propugnada por la presidenta de Madrid, Díaz Ayuso, del PP, se oponen otros presidentes del PP (caso de Galicia) o regionalistas como el de Cantabria.

La centralización es un concepto caduco, que resulta de la desconfianza en la idea de diferencia por parte de las élites, y otros beneficiarios interesados, en la creencia de que la igualdad resulta de la homogeneidad. Alemania, Portugal o Estados Unidos son ejemplos de lo contrario. El “España se rompe” resulta muy útil para aglomerar opiniones a favor de intereses corporativos no confesados ni confesables. Como bien sabemos, envolver el bolsillo en cualquier bandera suele dar réditos interesantes e interesados.

En conclusión: ¿Cómo serán las condiciones laborales de una descentralización para que no puedan ser asumibles por los afectados? ¿No será que se trata más bien de privilegios centralizados difícilmente subrogables? ¿No estaremos ante intereses laborales, más que ante derechos laborales? La diferencia es obvia: un derecho genera un deber recíproco que genera a los demás el deber de respetarlo, un interés no. Uno puede tener interés en mantener un privilegio, pero nunca tendrá derecho a ello porque no existe el deber de respetarlo. Y si lo tiene, es que el Estado no está bien diseñado y es ineficiente. Cuando colectivos diversos agitan el gallinero con argumentos centralistas (España se rompe) en ocultación de sus intereses corporativos (mi privilegio se rompe) estamos en presencia de un ejercicio de arrogancia. Arrogancia por cuanto abusan de su posición de manera insolidaria en perjuicio de los ciudadanos usuarios de los servicios públicos a quien deben servir. No deberían olvidar que el concepto de servicio público, con sus privilegios y servitudes, lo es porque se justifica en la defensa del interés público, no en la defensa del interés corporativo. ¿Qué clase de sindicalismo es este que no es de clase y que pretende que España se rompe cuando algo suyo se rompe?

Publicado en InfoLibre el 29 de marzo de 2025

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista

También sobre este tema: El AVE en La Rioja: la velocidad y el tocino · Regeneración democrática

Foto: Explorando la provincia de Cádiz/Pexels

Echar flores en las redes sociales (infoLibre)

18.1.2025

En noviembre de 2023 publiqué un artículo en el que, ante una filtración que demostraba la responsabilidad de Meta en la difusión de noticias falsas y de contenidos violentos, planteaba que la única opción ante los abusos de los dueños de las redes es la toma de conciencia de los usuarios para boicotear estos negocios y la movilización ciudadana para presionar a los legisladores en favor de su regulación. Algo ya entonces poco probable.

A finales de 2024 un investigador francés del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), lanzó el proyecto #HelloQuitteX (HolaDejaX), que viene a ser «un movimiento transpartidista y apolítico» para lograr una salida masiva y ordenada de usuarios de la red X (antes Twitter) que haga entender a su dueño (Musk) que no a todo el mundo le gusta lo que está haciendo. Se trata de una propuesta de migración a otras redes. Menuda solución !

El problema no es sólo salir del fuego, sino como evitar caer en las brasas. El problema no es en que red militas, sino el modelo de negocio de las redes que explotan tus datos con o sin tu conocimiento. Como indiqué hace ya más de veinte años, Internet -las redes- tiene que ser regulado por el poder público porque es propiedad de empresas privadas que afectan a intereses públicos de nuestras sociedades democráticas. Esta tesis era entonces minoritaria y se enfrentó a quienes creían ingenuamente que Internet era un espacio de libertad sin censuras. Desgraciadamente la realidad se impone y nos encontramos ante un problema de proporciones gigantescas (el recorte de las libertades) al que legiones de arribistas otrora defensores del juguete se aproximan hoy a este desde posiciones “reformistas”. Vienen a decir que basta con trasladarse de corral para evitar estar “acorralado”. Insisto: el problema es la existencia misma del corral. Aunque dispusiéramos de un espacio virtual comodísimo, respetuoso hasta lo empalagoso, la infraestructura sobre la que se asienta (el cableado y los servidores, esto es, el cercado y sus comederos) continuarían siendo privados, propiedad de unos dueños que harían con ellos lo que les pareciera con el objetivo (legítimo) de ganar dinero con él. La solución no es acomodarse al cercado, es destruirlo y definir otro modelo de explotación más extensiva, más de montanera. Migrar de una red a otra no es más que seguir echando flores a unos corrales (dónde se ubican los usuarios de las redes) que se explotan en formato intensivo sin darles libertad para moverse cómo y dónde quieran. Son corrales, no en un marco libre y regulado en defensa de los intereses públicos.

Mientras tanto, el problema ha tomado también otros derroteros. ¿De qué nos va a servir una regulación pública de las redes cuando regulador y regulado son el mismo? ¿O no es lo que va a suceder cuando Musk entre en la administración de la Casa Blanca? ¿Alguien piensa que los dueños de las redes instalados en el control de las Administraciones Públicas van a tomar decisiones que supongan tirar piedras a sus tejados? Por sus hechos hasta la fecha los podemos conocer y la práctica demuestra que cualquier movimiento suyo va a ir directamente vinculado a su mayor beneficio posible. Mientras tanto echan flores a los corrales y los acorralados se las echan entre sí.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista.

Publicado en infoLibre el 18 de enero de 2025.