Cuando la IA llegó a la universidad, esta ya estaba rota.

Algo se ha roto en la universidad. Lo discutible es cuándo ocurrió y a quién conviene responsabilizar.

La inteligencia artificial permite entregar un trabajo que no se sabría defender, resolver un problema que no se comprende o firmar un razonamiento que nunca se produjo. El resultado puede parecer académicamente correcto y, sin embargo, no acreditar ninguna competencia reconocible en quien lo presenta. Pero esta fractura no empezó con la Inteligencia Artificial.

Mucho antes de la IA generativa, la universidad ya permitía avanzar a estudiantes incapaces de interpretar un texto, construir un argumento propio o relacionar los conceptos elementales de una asignatura. Ya existían la memorización mecánica, el plagio, los trabajos heredados y una notable capacidad para aprobar sin que el conocimiento dejara demasiadas huellas.

La IA no ha destruido una universidad intelectualmente saludable. Ha llegado cuando buena parte del deterioro ya se había producido.

Durante años, la pregunta sobre qué debía aprender un estudiante fue cediendo terreno ante otras más fáciles de cuantificar: cuántos alumnos se captan, cuántos permanecen, cuántos se gradúan y qué nivel de satisfacción declaran. El conocimiento perdió valor formativo y ganó valor credencial. Lo importante pasó a ser obtener la nota, el crédito y el título. En ese proceso, el estudiante fue convirtiéndose en cliente.

La universidad compite hoy por atraer alumnos que se matriculen, financiación y rankings. Suspender demasiado puede interpretarse como un problema docente; retener y titular, como una señal de éxito institucional. La exigencia académica deja de ser una virtud para convertirse en una molestia. La inteligencia artificial encaja perfectamente en ese modelo.

Si el objetivo del estudiante es obtener créditos y el de la institución conservarlo para que egrese en tiempo y forma acorde con los rankings y la financiación, la IA sirve a ambos: produce trabajos, códigos, presentaciones y resúmenes con una rapidez extraordinaria. Las tareas se entregan. Las calificaciones se registran. Los créditos se conceden. Los títulos se expiden. La universidad progresa en los rankings y mejora su financiación.

Puede desaparecer el aprendizaje sin que se detenga ninguna de las operaciones administrativas que supuestamente deberían certificarlo. Es más: se puede llegar a certificar un aprendizaje que no se ha producido.

El estudiante que utiliza la IA para aprobar no está necesariamente traicionando al sistema. Puede estar entendiéndolo demasiado bien. Ha comprendido que no siempre se le exige saber, sino producir el objeto evaluable adecuado dentro del plazo. La IA no rompe este modelo. Lo perfecciona.

Quizá por eso provoca tanta inquietud: no tanto porque sustituya el trabajo intelectual del estudiante, sino porque revela las vergüenzas de hasta qué punto la universidad ya se había habituado a evaluar productos cuya relación con el aprendizaje era débil.

Mientras el alumno entregaba un texto mediocre escrito por él, aún podía sostenerse la ficción de que la autoría garantizaba algún proceso intelectual. Cuando entrega un texto impecable producido por una máquina, la ficción se vuelve insostenible. La universidad descubre entonces que ya no sabe con certeza qué está evaluando.

La reacción consiste en recurrir a detectores, prohibiciones, exámenes manuscritos o un regreso nostálgico a la oralidad. Estas medidas pueden dificultar el fraude, pero ninguna responde las preguntas centrales: ¿qué significa hoy acreditar que una persona posee una formación universitaria?, ¿cómo debería ser un alumno universitario adecuadamente formado?

El mundo profesional no funciona sin herramientas digitales ni sistemas inteligentes. Aislar a los estudiantes de esas tecnologías sería tan absurdo como permitirles delegar en ellas todo aquello que deberían ser capaces de juzgar.

La universidad se encuentra ante una contradicción que no puede resolver con un protocolo de uso responsable. Necesita demostrar que sus titulados poseen criterio, comprensión y capacidad de decisión. Pero lleva años organizándose para captar más estudiantes, atenderlos con menos recursos, estandarizar la evaluación y reducir el coste de una atención intelectual que exige tiempo, profesores y conflicto. Porque formar y evaluar de verdad resulta caro.

Es más fácil corregir un producto que observar un proceso. Es más fácil aplicar una rúbrica que valorar un razonamiento. Es más fácil contar aprobados que preguntarse qué sabe realmente quien obtiene el título.

La IA ha entrado precisamente por esa grieta. No ha creado la mercantilización de la universidad, la erosión de sus estándares ni la mediocridad amparada por las jerarquías docentes y la conveniencia institucional. Simplemente ha vuelto visibles sus consecuencias.

La pregunta no es qué está haciendo la IA con los estudiantes. La pregunta es qué había hecho ya la universidad con ellos para que la IA encajara tan bien.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Secretario general de Universidades de la Generalitat de Catalunya (2003-2006)

Absentismo universitario de lujo (Infolibre)

Un estudio realizado en 2025 en la Universidad Autónoma de Barcelona manifiesta que el absentismo en sus aulas puede llegar al 40% del alumnado, aunque con diferencias entre asignaturas y contextos. Intuyo que el problema puede ser similar en casi todas las universidades públicas. Se atribuye principalmente al malestar personal de los estudiantes, su desconexión con los estudios, una vivencia desmotivadora y al hecho de ser una generación con una profesionalización débil. Más allá de estos factores les desmotivan también las clases magistrales y la falta de competencia del profesorado, que les inducen a una actitud pasiva y a apoyarse en los apuntes de otros compañeros para suplir su presencia, porque creen que pueden obtener ese conocimiento fuera del aula. En resumen, se ha instaurado la idea de que no es preciso asistir a clase para superar los estudios. El resultado de todo ello, en opinión del profesorado, es que se ha reducido significativamente el rendimiento de los alumnos y su motivación, lo que implica mayor riesgo de abandono de los estudios. Según la información publicada, ante este problema estructural la UAB no se plantea el absentismo “sólo como un problema, sino que asume este reto como una oportunidad para repensar y mejorar su acción educativa con un conjunto de líneas de acción para lograr una formación más motivadora, flexible y centrada en el estudiantado”. Para ello se pretende la promoción de un entorno universitario más conectado con el bienestar emocional del estudiantado.

Loable discurso si con ello mejora la calidad del resultado, esto es, la formación de los egresados universitarios. Además de la preocupación por el estado psíquico de los estudiantes echo en falta algunas consideraciones de carácter más estructural que vienen de lejos. En su ámbito educativo (más allá de la investigación y la transferencia de tecnología) el papel de la universidad no es sólo facilitar la inserción profesional de sus egresados, sino sobre todo formarlos en un sentido más amplio que la mera lógica del mercado laboral (también en un sentido cultural, cívico y humanístico). Para ello la presencialidad y la interacción profesor-alumno es un recurso para nada despreciable. En el desarrollo de sus funciones, las universidades públicas (me centro en las públicas porque las privadas se rigen por otra lógica) se han dotar de recursos suficientes (personal e infraestructura) para atender la demanda de todos aquellos ciudadanos que desean acceder a unos estudios superiores (que no son obligatorios, sino voluntarios), con independencia de su poder adquisitivo. Primer problema: se debe atender una demanda que, en la práctica, no es real. Hay que disponer de suficientes plazas para (caso de la UAB) un 40% de alumnos que, en algunos estudios, no van a usarlas. Esto tiene un coste. Segundo problema: estas plazas están financiadas con recursos públicos, de todos los ciudadanos, incluso de aquellos a quienes gustaría acceder pero que, por circunstancias diversas, no pueden. Tercer problema: existe un desajuste conceptual entre oferta y demanda. La oferta es de formación universitaria. La demanda es de títulos para el acceso al mercado de trabajo incluso por parte, a veces, de quienes adolecen del nivel académico requerido. Conclusión: estamos malgastando los recursos afectados a un 40% de plazas universitarias. Este derroche casa mal con el reiterado discurso de la insuficiencia de recursos de las universidades públicas, sobre todo a la luz de algunas consideraciones. 

Primera consideración: debería ajustarse oferta y demanda. A la universidad se va, en primer lugar, a estudiar; para obtener un título, sí; pero hay que ir, y para estudiar, a partir de haber acreditado unas capacidades mínimas. La universidad pública tiene que ser selectiva en el proceso de acceso (no en función de la capacidad económica, sino en función de la capacidad académica de los candidatos) porque los recursos son limitados. No puede ser que la selección consista en que prácticamente todos los candidatos accedan a este servicio público, aunque no tengan el nivel académico para ello. 

Segunda consideración: deberían ajustarse los costes. La matrícula en una universidad pública no cubre el coste total de la plaza, sino sólo un porcentaje mínimo.  O reducimos la oferta de plazas a la ocupación real, o incrementamos el precio de las matrículas para sufragar el coste real de las plazas existentes no ocupadas. No puede ser tan barato matricularse que te puedas permitir el lujo de no asistir a clase. No puede ser más barato matricularse en la universidad que en un jardín de infancia. 

Tercera consideración: a pesar del incremento de precios de las matrículas garanticemos el acceso a las plazas universitarias, con independencia de las capacidades económicas, a aquellos que realmente desean sacar provecho de este servicio público pagado con los impuestos de todos. Para ello, instauremos préstamos universitarios para sufragar el coste real de las matrículas de los estudiantes; préstamos que se reconviertan en becas (que no haya que devolver) a medida que el estudiante cumple con sus objetivos académicos. De este modo el absentismo universitario en las universidades públicas será un lujo que sólo los más ricos podrán asumir, eso sí, que pagarán con su dinero, no con el de todos.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Ex secretario general de universidades de la Generalitat de Catalunya (2003-2006).

Faltas de hortografía en las PAU

Infolibre 20.6.2025

Parece que la ortografía es irrelevante (o parcialmente irrelevante) a la hora de verificar que un estudiante dispone del nivel necesario para ingresar en la universidad. De hecho, se trata de un fenómeno mucho más amplio: a la irrelevancia de la ortografía podemos agregar la de la expresión oral y escrita, la de la comprensión lectora, la de capacidad de análisis o la del espíritu crítico. No se trata de mantener, cual abuelo cebolleta, que cualquier tiempo pasado fue mejor: las nuevas generaciones tienen algunas capacidades y habilidades que superan a sus predecesoras. Lo segundo no justifica lo primero: tener nuevas habilidades no justifica desdeñar ortografía, comprensión lectora y demás.

Si se pretende contar con ciudadanos culturalmente capaces, responsables y críticos no se puede obviar cuanto configura el universo racional de una persona. Hacerlo sería tanto como degradar la persona a la condición de mero sujeto de consumo acrítico, individuo adocenado ignorante de cuanto le rodea e incluso ignorante de su propia condición. El problema es que el sistema se ha orientado desde años en esta dirección: universidades más preocupadas por incrementar el número de matriculados de ingreso que por la calidad real de sus egresados, empresas obsesionadas en contar con titulados “útiles” más que con empleados “conscientes” de su contexto, estudiantes centrados en conseguir un puesto de trabajo a partir o de la “titulitis” imperante o de la compraventa de criptomonedas, padres y madres que consideran, aún hoy, que la universidad es un ascensor social.

La triste realidad es que en los últimos quince años la universidad que he vivido -y la que han vivido otros colegas también- se parece más a un jardín de infancia sobreprotector que trata con “clientes” que a un centro de generación compartida de conocimiento entre estudiantes y docentes. Obviamente hay excelentes excepciones, pero me refiero al depauperado panorama general. El debate generado por el hecho de querer penalizar los errores ortográficos no es más que otro de los muchos ejemplos que justifican la visión expuesta.

A pesar de la rectificación parcial final (los errores ortográficos sólo penalizan en algunas materias) los bandazos de la Administración de la Generalitat en este caso tampoco ayudan a establecer un marco de futuro muy halagüeño. Mientras tanto, pretenden llevarnos al huerto, dónde la “horto-grafía” pueda ser de utilidad.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista. 

PÚBLICO Y PRIVADO EN LA EDUCACIÓN SUPERIOR

Cuando se trata de servicios públicos lo público y lo privado sólo son medios al servicio de la satisfacción del interés general. Hechos recientes contradicen esta idea. Las universidades Ramon Llull, Internacional y Abat Oliva han dejado de exigir las Pruebas de Aptitud Personal (PAP) para acceder a los grados de Educación con objeto de remontar las matrículas en caída libre desde la implantación de estas pruebas en 2014 por acuerdo de las 12 universidades catalanas. Unas PAP que se crearon para mejorar en todas las universidades catalanas el nivel de matemáticas y lenguas de los futuros profesores cuando se constató el bajo nivel de los candidatos a cursar estos estudios. Con un 40% aproximado de suspendidos, sólo las universidades públicas las mantienen mientras que estas tres privadas, al eliminarlas, han doblado la matrícula. No tengo claro que las PAP sirvan efectivamente para mejorar el nivel de los candidatos. Creo que el problema viene de lejos y va más lejos todavía: la crisis de un modelo educativo fracasado desde hace años y lastrado por intereses corporativos diversos que impiden que el tema salga de la agenda política para poder hallar una solución “de Estado”.

En otro orden de cosas, la UOC (de propiedad mayoritariamente privada) ha reclamado recientemente que sus profesores puedan acceder a los mismos planes de mejora laboral del profesorado de las públicas, o acceso a fondos públicos para investigación en igualdad de condiciones que las públicas. No les faltaría razón si nos centráramos en su función de servicio público en vez de en su personalidad jurídica pública o privada. Sus docentes no son funcionarios y su actividad investigadora debería tener igual condición que la de las públicas a efectos de recibir fondos europeos al efecto. Si esto debiera ser así, ¿por qué su profesorado se estructura en categorías “funcionariales” (catedráticos y demás)? ¿por qué burocratiza el proceso de aprobación de títulos como las públicas, o los precios de sus matrículas? ¿por qué es miembro de la Asociación Catalana de Universidades Públicas? Existen dos opciones: o que sea pública puesto que pretende este estatus, o que sea privada puesto que su propiedad mayoritaria lo es. La clave está en la procedencia de los fondos (incluyendo la deuda) que la sustentan: si son mayoritariamente privados o si son mayoritariamente públicos. Y así podríamos especular hasta el infinito: ¿Por qué no reciben también fondos públicos otras privadas como la Ramon Llull, la Internacional o Abat Oliva?. Y lo mismo valdría para la UVic. Este callejón sin salida nos conduce a constatar que se adoptó un estatus privado, distinto de las públicas, para huir del corsé de la ineficiencia burocrática, pero se reivindica el estatus público en aspectos convenientes a distintos intereses singulares (personal o financiación de la investigación).

La salida puede radicar en centrarnos en la función pública y no en el estatus jurídico público o privado de las universidades: una universidad debería ser ante todo una universidad. Como una empresa es una empresa o una fundación es una fundación. Sin embargo, en este país destacamos por confundir de manera interesada incluso la noche con el día, pero especialmente las universidades… y los clubs de fútbol. Me refiero al hecho de que ante todo una universidad, sea pública o privada, debiera cumplir la función para la que se crea, que según la vigente Ley es garantizar el servicio público de la educación superior universitaria mediante la docencia, la investigación y la transferencia del conocimiento. Del mismo modo que un club de fútbol debiera ser ante todo una entidad deportiva. Si después, insisto, después, reúne características mercantiles que incluso le permiten tener beneficios, será otra cosa, sin perder de vista sus funciones originarias paras las que fue creada la universidad… o el club de fútbol.

Sucede por estos andurriales que nada es lo que parece: si se pretende ganar dinero mediante la educación superior o el fútbol no pasa nada, es lícito, pero dígase. No es posible sin embargo que el objeto principal sea el lucro, no sólo el monetario, sino también -y a veces, sobre todo- en términos de influencia sociopolítica. Lo publiqué en 2006 en mi libro “Universidad SA”: nada que objetar al estatus privado de una universidad, siempre y cuando ejerza las tres funciones que la ley le exige. El problema viene del confusionismo entre público y privado, generado a posta por intereses que, con frecuencia, no se declaran públicamente y se mueven entre bambalinas. Una universidad es un caramelo demasiado zalamero en términos de poder como para rechazarlo. Alguna privada se creó para dar respuesta a demandas territoriales (cada campanario tiene derecho a una universidad), otra tecnológicas (la enseñanza no presencial, como si las públicas existentes allá por 1994 no pudieran prestar este servicio) y otras de visión del mundo (como si el credo fuera elemento esencial del servicio público de la educación superior). Ojo al dato, la función de servicio público de la educación superior compete tanto a las universidades públicas como a las privadas, por cuanto el “sistema universitario” descrito por la Ley incluye a todas, públicas y privadas.

Siendo esto así, que las universidades privadas también ejercen un servicio público, no es de recibo la eliminación de las PAP en algunas universidades. Y ello porque no debería suponer un criterio de admisibilidad a unos estudios la capacidad económica del aspirante, sino la preparación académica para cursarlos. Si una prueba de acceso de nivel supone un obstáculo para el acceso el problema está en la preparación académica de los candidatos, que no puede resolverse pagando, sino estudiando. Curiosamente las plazas de estas universidades que han eliminado las PAP y que estaban vacías se están ahora llenando a un precio 8 o 9 veces superior al de las públicas. El problema no es sólo de las universidades privadas. Y es que la financiación de las públicas también está vinculada al número de alumnos que ingresa y egresa en el periodo de tiempo de establecido: hay que captar muchos alumnos y evitar que repitan curso si se quiere mantener la financiación por estos conceptos. Mal asunto.

Sí es de recibo, en cambio, que todas las universidades (públicas y privadas) jueguen con las mismas reglas para la disposición de determinados fondos públicos y de capacidad de endeudamiento en la medida que todas prestan un mismo servicio público. Con distintas salvedades, entre ellas que su profesorado no se pueda someter a las “ventajas” de la burocratización funcionarial. En fin, llamemos de una vez a las cosas por su nombre.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista.

Vergüenza académica y escolar

La tremenda decepción que supone para los españoles repasar los datos del Informe PISA no cabe atribuirlos exclusivamente a efectos peregrinos. Obrar así ni siquiera sirve de consuelo. Hay razones de peso, y conviene ponerlas sobre el tapete para actuar en consecuencia. Veamos algunas.

En el horizonte inmediato se convoca en Cataluña una nueva tanda de oposiciones para cubrir plazas de profesorado, motivo que obliga a recordar quehace algunas semanas la Generalitat publicó los resultados de las anteriores oposiciones del proceso de estabilización de interinos docentes. En otras palabras, los exámenes convocados para dar plaza fija a quienes están impartiendo docencia en primaria y secundaria de modo “provisional”, aunque algunos lleven años en este limbo de temporalidad. En el ámbito de la Generalitat se cuentan unos 60.000 interinos de los que la mitad son docentes, lo que asciende a un 36% de la plantilla docente cuando la interinidad no debería suponer más de un 8%. Grave problema: es vergonzoso que las plantillas docentes deban funcionar con estas tasas de interinidad. Más vergonzoso aún -y altamente preocupante- es que uno de cada tres aspirantes haya suspendido. Y lo es porque, sorprendentemente, se trata de candidatos que llevan años ocupando sus plazas. Me temo que el problema es generalizado en toda España.

En otras palabras: maestros y profesores que llevan años ejerciendo su función docente no han sido capaces de aprobar un examen de ingreso a la función que están ejerciendo, a pesar de que esta oposición era menos exigente porque podían elegir entre varios temas y no tenían que realizar otros ejercicios que normalmente se requieren.

Pregunta obvia: ¿cómo puede ser que suspendan si llevan años de ejercicio? Más obvia todavía: ¿qué hacer con estos interinos? Voy aún más allá: ¿cómo es posible que personal que no puede acreditar la preparación suficiente esté ocupando interinamente una plaza que demanda unos conocimientos y capacidades a los que no alcanzan? Pongámonos en lo práctico: ¿Qué requisitos de acceso se exigieron en su día a estos hoy suspensos? ¿Quiénes han suspendido, van a continuar como interinos?

Parece obvio que los requisitos de acceso no fueron equivalentes a los de superar una prueba como la que han suspendido (de otro modo ahora habrían aprobado). Siendo esto así habría que preguntar a la Generalitat como narices se puede dotar una plantilla de docentes con gentes que, además de no acreditar su capacidad más allá de disponer de un título, demuestran su incapacidad suspendiendo un examen de ingreso a su medida. Parece también que va a haber una negociación con los sindicatos para garantizar que no sean despedidos “porque el sistema necesita todo este personal”, según se da por hecho en el sector; no sea que monten otra huelga.

Si bien no es ningún secreto que el fracaso escolar va en aumento y que los docentes, especialmente los de secundaria, están quemados, sí que parece un secreto todo lo que afecta al bajo nivel de formación de los docentes (al menos no genera el mismo debate social). Téngase en cuenta que “de aquellos polvos, estos lodos”: cuanto peor nivel de los docentes, peor formación de los alumnos. Se dirá que existen otros factores que afectan al nivel del alumnado (masificación de las aulas, falta de equipamientos, de apoyo institucional, el desencanto de los docentes, el entorno digital, la inmigración, los horarios, el régimen alimenticio o las fases lunares), pero este es fundamental: si un docente no da el nivel, sus alumnos difícilmente lo harán.

Para que un docente pueda acreditar un nivel adecuado a lo que se debería pretender es preciso establecer un marco normativo e institucional claro y estable: unos requisitos de acceso tan estrictos como se deba, un marco de actividad bien definido y un reconocimiento institucional coherente. En este país nos faltan los tres: las plantillas son interinas en porcentajes vergonzosos y sin acreditación de méritos suficientes para el acceso, la normativa sobre el modelo educativo y planes de estudios se ha alterado al ritmo de las mayorías parlamentarias y la función docente no goza del prestigio social e institucional que merecería (basta ver las notas de acceso a estudios universitarios del ramo). Añadiría el “secreto” al que me refería: el nivel de la formación universitaria de los futuros docentes que, visto lo visto, no parece la mejor y que va de la mano de “metodologías” en el aula que parecen más pensadas para la comodidad docente que para su éxito: “evaluaciones” que no son tal, proyectos que no se evalúan, “materiales” docentes virtuales…, por no citar la exagerada influencia de los intereses de los docentes sobre la combinatoria de los horarios ciudadanos: vacaciones, puentes, festivos, días de libre disposición, jornadas continuas y demás “conquistas” sindicales de los docentes que reposan sobre la paciencia infinita de unas familias que, salvo excepciones, llevan años haciendo objeción de su función educadora.

En fin, fracaso escolar, sí, resultado en buena medida de un previo fracaso académico. Mientras tanto, todos mirando a otro lado: nadie va a cuestionar la continuidad de los interinos suspendidos porque sería impopular política y sindicalmente, nadie va a cuestionar tampoco una selección de docentes que es más cuantitativa que cualitativa para que podamos reducir temporalmente la tasa de paro —y así nos va—. Fracasos, sí, curiosamente sin vergüenza de nadie.

Ramon-Jordi Moles Plaza. Jurista

POR UN HORIZONTE CIENTÍFICO MÁS AMPLIO.

El Pais Catalunya 26.9.2022

La Generalitat promueve el Grup Horitzó para fijar la hoja de ruta de la ciencia en Catalunya. El grupo está formado por personalidades relevantes de la investigación y la empresa. Un intento que se suma a muchos otros desde los 90 del pasado siglo con un denominador común: que las ciencias sociales brillan por su ausencia. Sin minusvalorar las enormes capacidades de este grupo, se echan en falta científicos sociales que puedan aportar conocimiento y experiencia al objetivo declarado. Incluso podrían incorporarse a los ausentes filósofos, sociólogos, psicólogos, juristas, historiadores o comunicólogos, otros profesionales como los creativos, los chefs, los artistas, o los empresarios.

Y ello por simple coherencia. La Consellera ha declarado que necesitamos un sistema de conocimiento fuerte para poder abordar cuestiones globales como el envejecimiento o el cambio climático. Para ello son imprescindibles las ciencias sociales. La pandemia no ha sido sólo sanitaria; lo es, todavía, económica, social, jurídica o psicológica, por ejemplo: así, la legitimidad del Procicat, de las limitaciones de derechos por confinamientos o la distribución de ayudas. Igualmente, cualquier vacuna, para ser eficaz, tiene que ser también adecuadamente patentada, fabricada, distribuida, almacenada y administrada, como también las muertes en residencias de ancianos durante la pandemia no son ajenas a un modelo social y empresarial de atención a los mayores poco respetuoso con sus derechos. La amplitud de problemas exige amplitud de miradas, que no se pueden limitar a la visión a través de un microscopio. Y que lo sean para mejorar la gestión global, no para canibalizar los recursos posibles para sus áreas de conocimiento o proyectos individuales o colectivos. Para que la empresa privada confíe en la comunidad científica esta debe ser más plural, más variada, y sobre todo más eficiente.

La ciencia no es sólo la de “bata blanca”. ¿Cuántas maratones de TV3 conocen que hayan dedicado ni un solo minuto a la actividad científica que no sea la de ciencias de la vida? ¿Podemos ignorar la investigación en campos como el turismo, el envejecimiento, o la gestión del riesgo? Si en algo somos potencia mundial es en turismo. Seamos sinceros: el dinero que genera el Mobile en Barcelona no deriva ni de la creación, ni de la producción de teléfonos; deriva del negocio hotelero y ferial. Sería congruente que nuestra potencia turística fuera congruente con una actividad investigadora en turismo. Sin embargo, destacamos en el sector por su precarización (recuerden las Kelis), escaso valor añadido (sol y playa), baja profesionalización del personal, y muy escasa investigación científica en este campo.

El Dr. Miquel Porta alertaba hace poco de que la ciencia no es algo puramente técnico, pues hay considerables intereses en juego: los de los científicos, de las instituciones, de los medios de comunicación o de sus financiadores. Son intereses económicos, pero también ideológicos o psicológicos. Si se quiere evitar los brindis al sol, a la profesionalidad del Grup habría que sumar otras si se pretende que sirva a nuestra realidad y nos aleje del cortoplacismo del recuento tacaño de los “dinerons” gastados en “ciencia”.

Ramon-Jordi Moles Plaza.

ESPEJISMOS UNIVERSITARIOS. Infolibre. 17.11.2021

Parecen que soplan vientos de cambios en nuestras normativas universitarias, tanto a nivel estatal como catalán. ElMinisterio de Universidades anda enfrascado en la elaboración de una Ley Orgánica del Sistema Universitario, otra Ley de convivencia universitaria y un proyecto de Real Decreto de organización de las enseñanzas universitarias, que plantean supuestas reformas de profundidad para la mejora del sistema universitario: se incrementa del 51 al 55% el porcentaje de funcionarios de las plantillas, se apunta la posibilidad de elegir Rector mediante un órgano específico, o se declara querer favorecer la internacionalización de nuestras universidades mediante alianzas con universidades extranjeras para la docencia y la investigación.

Primer espejismo (estatal): incrementar del 51 al 55% el porcentaje de funcionarios de las plantillas es, en realidad,  funcionarizar aún más la universidad; elegir al Rector mediante un órgano que debe estar compuesto al menos en un 50% por miembros de la propia universidad es, en realidad, cultivar la endogamia; y imponer los grados de cuatro cursos de duración cuando en casi toda Europa son de tres es, en realidad, dificultar aún más la internacionalización de las universidades.

Si de verdad se pretende un cambio y no un mero maquillaje es preciso liberar a las universidades del corsé funcionarial en sus plantillas, tanto en la docencia y la investigación como en la administración, para que puedan en el futuro contratar libremente a su personal, sin perjuicio de que deban mantener por obligación legal el estatus de quienes ya están en esta situación. Es preciso también dotar a las universidades de un modelo de gobernanza que limite las peleas de gallinero y la endogamia al patio de recreo, para proyectar la estrategia de las universidades al futuro sin peajes de camarillas. Finalmente, si se quiere internacionalizar las universidades habrá que organizarse y trabajar como las de otros países: ¿cómo va a ser posible impartir estudios compartidos con universidades inglesas, alemanas, francesas, holandesas o italianas si en estos países duran tres años y aquí cuatro? Sólo vamos a poder compartir titulaciones con otras potencias de la educación superior. No estamos solos: Grecia, Chipre, Turquía, Rusia, Armenia, Georgia, Kazajstán o Ucrania también apuestan por carreras universitarias de cuatro años.

Segundo espejismo (catalán): cuando no es preciso legislar sobre universidades será que andamos muy bien. Según se ha publicado recientemente en su Plan normativo 2021-2023, la Generalitat de Catalunya prevé aprobar en este periodo 177 normas (50 leyes y 127 decretos), ninguna de ellas en materia de universidades. No es que cantidad y calidad normativa sean sinónimos, como bien sabemos quiénes nos dedicamos a estas cosas. Tampoco son sinónimos cantidad y eficiencia: normas, las justas, claras, simples y fáciles de cumplir. Otra cosa, muy distinta, es no plantear ninguna actividad normativa en un ámbito como el de la educación superior, que se halla en una situación cuando menos desordenada, sino caótica.

Muy al contrario: a sabiendas de que cualquier iniciativa debería cuadrar con lo que acaben proponiendo en el Ministerio correspondiente bastaría solamente  con que la Generalitat desplegara los abanicos normativos catalanes ya existentes. Podríamos poner muchos ejemplos. Entre otros, desarrollar un modelo de titulación autóctono paralelo al estatal que permita mantener la conexión con el modelo europeo del 3+2 (de modo complementario al modelo medieval del 4+1 años que se plantea en Madrid). También convendría ordenar la función pública universitaria en Catalunya, para que pase a la Generalitat con el fin de desburocratizarla progresivamente; o promover un estatuto del estudiante acorde a los tiempos actuales; o reordenar el mapa universitario y de centros de investigación catalán; o redefinir el papel de los consejos sociales de las universidades.

Sirva de ejemplo (más concreto y a la vez estatal y catalán) el concepto de “tercera misión de las universidades”, que conlleva un papel de la universidad más allá de la docencia y la investigación, y que incluye también las actividades universitarias dirigidas a la dinamización del territorio para la mejora del bienestar de los ciudadanos. El impacto de las universidades en su territorio se manifiesta en el urbanismo y la promoción de equipamientos tecnológicos, deportivos y culturales, pero también en un importante volumen de gasto directo de los estudiantes y del personal docente y de administración que tiene un efecto directo sobre las economías locales. También se generan otras externalidades (difusión de conocimiento y mejora de la producción en el entorno más inmediato, por ejemplo). Estas externalidades han hecho que las administraciones locales compitan por ubicar en su entorno territorial equipamientos universitarios, a veces incluso sin una lógica sistémica que justifique su implantación.

A pesar de ello, aunque parece incuestionable el impacto de los campus de las Universidades en las ciudades y territorios dónde se ubican, habría que considerar algunos detalles: la relación demanda-oferta, la utilidad, la empleabilidad o la sostenibilidad del modelo. Estos aspectos, con frecuencia olvidados, tienen que ver con un tema clave omnipresente: la financiación. El  dinero,  tanto público como privado. Y es que no está tan claro que exista una relación directa entre el incremento del nivel educativo de un país y el incremento de su riqueza. Hay quien mantiene que son los países ricos los que disponen de mejores sistemas educativos, y que mejorar un sistema educativo no incrementa la riqueza. Veamos. Taiwán tenía en los años sesenta del siglo pasado un índice de alfabetización inferior a Filipinas y la mitad de su renta per cápita. Hoy, Taiwán supera diez veces la renta per cápita de Filipinas. Corea del Sur tenía un índice de alfabetización inferior a Argentina y una quinta parte de su renta per cápita, pero hoy la triplica. En el mismo período, la África subsahariana aumentó muchísimo el índice de alfabetización, pero el nivel de vida se redujo muy considerablemente. ¿Quién debe costear esta tercera misión de carácter territorial de las universidades? De momento, debe ser sostenida por ellas mismas porque el modelo de financiación no incluye este concepto. Sin embargo, aun siendo evidente que las universidades deben ser más eficientes en su gestión, también lo es que las demás administraciones y sujetos beneficiados por su actividad deberían hacer también su aportación. En el caso catalán éste era el objetivo que perseguía la Ley 3/2006, de 17 de marzo, de creación del Fondo de Acción Territorial de la Educación Superior, que fue el primer intento en el Estado español de reconocer la tercera misión de las universidades, por un lado, y de buscar fórmulas de financiación para esta actividad universitaria, por otro.  

Sin embargo, a pesar de la aprobación de esta Ley, la situación hoy, en Cataluña, continúa siendo de insuficiencia crónica de recursos, sumada a varios problemas añadidos: dispersión territorial de equipamientos que encarece su gestión; demanda insuficiente de algunas titulaciones frente a una oferta de estudios excesiva y repetida —con gran dispersión de recursos—; exagerada burocratización; dimensión organizativa poco gobernable; falta de autonomía de las universidades en el diseño de planes de estudios y en la selección de profesorado y alumnado (lo que genera poca diferenciación en la oferta), o precarización del profesorado asociado. La respuesta a esta problemática no puede consistir en unas “vacaciones normativas” hasta después de 2023. Para empezar, aplíquense las normas existentes (como la Ley 3/2006), de modo que las soluciones por plantear pasen por la racionalización de los recursos, que debería llevar a las universidades a ser más pequeñas y eficientes y a ampliar sus fuentes de ingresos más allá de la financiación pública, realizando otras actividades, de modo que se comprometan con el contexto local mediante actividades con los beneficiarios potenciales de transferencia tecnológica.

Para ello es preciso transformar las universidades fomentando su especialización bien en la docencia, bien en la investigación, vinculándolas  con los centros de formación profesional de su entorno, dado que la educación superior es la suma de la educación universitaria y los ciclos formativos de grado superior (CFGS), desburocratizándolas para conectarlas mejor con su entorno socioeconómico, o, finalmente, generando una gran sinergia con el ámbito local, con fuerte impronta territorial y liderazgo municipal, que debiera pasar por una recomposición de los consejos sociales de las universidades. Todo ello abriría nuevas vías de colaboración con los poderes locales, que harían posible la captación de nuevos recursos públicos fuera del actual marco de financiación de las universidades públicas catalanas, como los fondos europeos. A la luz de ambos espejismos, parece que los vientos que soplan en nuestras normativas universitarias no son de cambios, son de gaitas.

RAMON J. MOLES PLAZA

Profesor de Derecho Administrativo

Autor del ensayo “Derecho Administrativo en colores. Manual para decepcionados”

UNIVERSIDAD EN LOS CONFLICTOS. Eldiario.es 12.11.2019

 

Sorprenden las dinámicas de las universidades catalanas entorno a la situación que vivimos en Catalunya. La llamada “cultura de paz” ha hecho olvidar que el conflicto es consustancial al ser humano: incluso podemos tener “conflictos” con nosotros mismos, sin necesidad de otros. El hecho de discrepar es una diversidad que facilita nuestra evolución como especie. Otra cosa es cómo se canaliza y gestiona el conflicto. Sin gestión, el conflicto se enquista en subestimar al adversario y queda a merced de la fuerza, que sólo conduce al desgaste mutuo. Sorprende que miembros de la comunidad universitaria de quienes suponemos una formación de cierto nivel ignoren estas consideraciones para entrar al trapo de distintas confusiones de vuelo gallináceo.

La Universidad no se puede ubicar frente al conflicto cómo titulaba una colega en la prensa reciente: la universidad está en el conflicto. La universidad “es” sociedad, y cuándo el conflicto se manifiesta en lo social es lógico que esté en él. Sucedió contra la dictadura, contra el golpe de Estado del 23-F, con el 15-M, con la guerra de Irak, con el cambio climático…, y continuará. Los hechos que estamos viviendo han llevado a muchas instituciones (tanto de Catalunya como del resto del Estado) a posicionarse de manera más o menos explícita. En un país normal debiera ser normal que coexistan opiniones contrapuestas (incluso radicalmente, excluyendo la violencia) respecto a hechos tan relevantes como los acontecidos. Lo que no es normal en un país normal es que se pretenda que quien quiera no pueda manifestar públicamente una opinión -la que sea-. Tampoco es normal que se pretenda convocar una protesta estudiantil a la vez que se exigen medidas para facilitar el absentismo. Viene esto a cuento de dos sucesos recientes: la publicación de tres manifiestos universitarios y la convocatoria de una “huelga” indefinida de estudiantes.

El primero de los manifiestos recoge la opinión de los rectores de las universidades públicas catalanas ante la sentencia a los líderes independentistas manifestando su “profundo malestar por los encarcelamientos, que consideran un error, y afirmando que hay otras vías para afrontar la situación que vive Cataluña”. El segundo surge de los claustros de las siete universidades públicas catalanas y se manifiesta en los mismos términos, aunque añade “la exigencia de la puesta en libertad de estas personas, del sobreseimiento de todos los procesos penales y administrativos relacionados, y el retorno de las personas exiliadas. Además, apoya las movilizaciones cívicas y pacíficas, rechaza la represión del Estado español y la violencia policial e insta a investigar si la policía ha utilizado métodos prohibidos”. El tercero, firmado por varios centenares de profesores universitarios de toda España, es una carta abierta a los rectores de las universidades públicas catalanas que “muestra su radical desacuerdo con el contenido aberrante del manifiesto aprobado por los claustros y rechaza la legitimidad de los órganos de gobierno de las universidades para posicionarse políticamente, puesto que deberían ser neutrales”, y que ha recibido el apoyo -no neutral- del ministro en funciones Pedro Duque.

Los dos primeros se posicionan frente a unos hechos. El tercero no se posiciona directamente sobre los hechos y se centra en negar legitimidad a las universidades para tal posicionamiento al que considera “aberrante”. Veamos. Las universidades son administraciones públicas siendo sus rectores su máxima autoridad académica y de representación, a la vez que los claustros son su máximo órgano de representación de la comunidad universitaria. En este sentido no es posible negar a los órganos de una Administración Pública su capacidad para generar tanto actos administrativos -jurídicamente recurribles- como actos políticos o de gobierno -excluidos de tal posibilidad-, menos aún negar legitimidad para su adopción a órganos legalmente constituidos con sus debidos quórums y reglas para formar su voluntad. Negar esta evidencia es negar la capacidad administrativa para actuar. Otra cosa, absolutamente lícita, sería discrepar, y para ello es preciso acudir al foro correspondiente y participar, o, en otro caso, recurrir la decisión si ello es posible. Es falso que un órgano administrativo deba ser “neutral”, lo que debe ser es legal -actuar de acuerdo con la ley-, puesto que la “neutralidad” administrativa no existe en la medida en que conllevaría la inacción de las Administraciones, lo que sí sería condenable. Esto vale tanto para sus actos administrativos -nunca llueve a gusto de todos, y estos actos son revisables por los jueces-, como para sus actos políticos -la administración ejecuta legalmente la voluntad política de quien cuenta con la mayoría-. La “neutralidad” se manifestó con toda su crudeza en la frase atribuida al dictador Franco: “hagan como yo, no se metan en política”. No se puede mostrar la discrepancia generando confusión.

La convocatoria de la “huelga” de estudiantes tampoco llama a las cosas por su nombre. El derecho de huelga está reconocido por la Constitución a los trabajadores. ¿Tienen los estudiantes la condición de trabajadores? Como usuarios del servicio público universitario parece que no, como tampoco los pacientes de un hospital o los usuarios del transporte público. Luego la “huelga” de estudiantes no es tal: es una protesta, tan amplia -o no- como se quiera. Frente a esta protesta los rectores y rectoras tienen la obligación de gestionarla sin modificar las reglas del juego para no deslegitimar el modelo. Cambiar la evaluación continua por un examen único y “autorizar” el absentismo aun siendo la asistencia obligatoria es, por un lado, dar alas a un absentismo estructural que en algunas carreras supera el 50% y, por otro, deslegitimar el modelo Bolonia y su evaluación continua -costosa, compleja e infantil-, lo cual quizás no sea malo.

MATRICULAS DE HORROR EN ANDALUCÍA. el Diario.es 19.6.2017

La Junta de Andalucía, y todos los parlamentarios andaluces, han prometido a los estudiantes de las universidades andaluzas matrícula universitaria gratis para el mismo número de créditos que los aprobados en el curso anterior. En la práctica es una especie de matrícula de honor que se concede, no con un 10, sino con los aprobados “pelados” del curso completo.  Así, estas matrículas abandonan el honor académico para adentrarse en el “horror” presupuestario que me recuerda mucho al “cheque bebé” de Zapatero (unos 500 millones de euros) cuando su gobierno negaba la evidencia de una crisis galopante.

Horror presupuestario porque tiene un coste de entre 20 y 30 millones de euros  que saldrán de la Junta, no de las universidades. Ello supone, primero, que en el mejor de los casos las universidades cobrarán tarde y mal (la Junta les debe 278 millones de euros), y segundo, dudar de que la Junta pueda pagar 30 millones cuando aún debe 278. La pregunta del millón es: ¿por qué la Junta los destina precisamente a matrículas cuando existen necesidades estructurales más acuciantes? Sí, más acuciantes en la medida en que las plazas universitarias públicas ya están subvencionadas en gran medida (entre un 80% y un 90% del coste real), y sin embargo las universidades públicas sufren de altísima precariedad de medios y recursos humanos (congelación de proyectos de investigación, no reposición de profesorado…). No es razonable pensar que sean las matrículas gratuitas la necesidad prioritaria de las universidades; y ello por varias razones.

En primer lugar, porque no es fiable que la iniciativa haya salido improvisadamente de la chistera sin que lo pidieran ni las universidades ni estuviera en un programa electoral. En segundo lugar, porque la medida está falta de equidad. Veamos. No todos los estudios universitarios revisten la misma dificultad y, por tanto, no es equiparable aprobar todas las asignaturas de un Grado al de otro. La medida apoya pues al alumnado de los estudios con menos dificultades para aprobar. Por otro lado, no todos los que estudian tienen la posibilidad de hacerlo con la misma intensidad: quienes no tienen que trabajar y estudiar simultáneamente (razonable pensar que serán rentas más elevadas en general) pueden obtener mejores calificaciones y en consecuencia obtener la tasa gratuita. Resumiendo, la medida prima la matrícula gratuita para aquellos que disponiendo de rentas elevadas se matriculan en estudios de baja dificultad.

En tercer lugar, la medida induce a pensar que el servicio público de la educación superior es “gratis total”, cuando en realidad tiene un coste muy elevado que pagamos entre todos con nuestros impuestos. Pagan por tanto también aquellos que no acuden a la universidad y aquellas gentes sin estudios superiores. Este coste real es subvencionado en un porcentaje que oscila, como decía, entre el 80 y el 90% del total, con lo que el alumno paga sólo entre un 10 y un 20% del mismo. Alumno que, por cierto, a pesar de que las universidades están dimensionadas (también sus costes obviamente) para acoger a todos sus matriculados, en España se comporta con elevadas cifras de “absentismo”: simplemente no va a clase y después se presenta al examen. Paradoja: ofrecemos de forma casi-gratuita servicios públicos de educación superior de alto coste a personas que no los usan. Es la ruina. Y encima ahora se les ocurre  eliminar el “casi” para que sea gratis total y que la fiesta la paguemos todos los que contribuimos con nuestros impuestos.

El sentido común lleva a pensar que financiar la universidad es financiar todas sus misiones: docencia, investigación y transferencia de tecnología. Ahí es a dónde debe ir el dinero, si lo hay. En vez de este populismo trasnochado y cansino sería más equitativo establecer el precio del coste real de cada plaza y habilitar un crédito para cada estudiante con un tipo de interés progresivo en función de su renta: a más renta más interés. Este crédito, en un segundo paso, sería transformable en beca en función del aprovechamiento académico, lo que protegería a las rentas bajas dispuestas a estudiar de verdad. Esto igualaría las posibilidades de acceso, desincentivaría el absentismo e incentivaría el aprovechamiento. No acudir a clase saldría muy caro a los absentistas con o sin dinero, mientras que podría asistir a la universidad quién esté dispuesto a aprovecharla con independencia de su capacidad económica para alcanzar auténticas matrículas de honor.

 

 

 

RECTORS I RECTORES MÉS BEN ACOMPANYATS. Diari Ara. 9.6.2016

Sembla que revifa el debat sobre política universitària. Si no recordo malament el darrer sobre governança -al menys als mitjans- es va produir el  2010, quan els presidents dels Consells Socials de les universitats públiques catalanes va plantejar deixar el govern de la universitat en mans d’un profes­sional aliè a l’àmbit acadèmic nomenat pel Parlament. Ara, el ‘Llibre Blanc sobre educació» de la CEOE proposa que els empresaris participin en el disseny dels títols universitaris al costat del Ministeri i els Rectors i Rectores i reclama desgravacions fiscals per als qui optin per un centre privat a l’educació obligatòria. També recentment un economista català denunciava la solitud dels Rectors en reivindicar que s’augmenti la despesa universitària de la Generalitat, i es preguntava si realment la societat catalana considera aquesta despesa prioritària, més quan la competitivitat deriva de la innovació i la transferència de tecnologia, que requereixen -segons ell- d’una major inversió de la Generalitat. Més recent encara: a Andalusia prometen universitat gratuïta per als bons estudiants: altra cosa serà qui i com es paga.

Benvingut l’interès per participar en la millora de la universitat, sense perdre de vista que es cosa de tots. Aquesta participació ja es produeix en els Consells Socials, encara que sense gaire empenta a causa, a parer meu i entre d’altres, de la genètica corporativista que ofega la universitat pública, la patronal, els sindicats i les nostres institucions. No és la patronal, ni sindicats, ni quotes partidistes qui han de ser en la governança de la universitat: és la societat civil tota. Participar-hi vol dir aportar coneixement, recursos i influència en benefici de la funció social de la universitat (la “quarta missió”), però també de les altres tres: docència, recerca i transferència de tecnologia. Els països exitosos en política universitària ho són perquè les seves universitats són una prioritat del país, però també perquè els seus universitaris se saben obligats a connectar amb la realitat per tal de generar un cercle virtuós.

Les nostres universitats, en general, són encara lluny d’aplicar fórmules de governança eficients que re-connectin universitat i societat. Una prova més és la petició de la patronal. No és una bona idea que les titulacions universitàries les dissenyi ni el Ministeri, ni els Rectors i Rectores, ni, encara menys, els empresaris: les ha de dissenyar la Universitat. Això sí, ho ha de fer amb el focus posat en les seves funcions, entre les que no hi ha d’haver ni l’interès corporatiu injustificat, ni l’autobombo, ni la desconnexió amb la societat i la competitivitat del país. Del costat de l’empresa tampoc no es lícit esperar que l’esforç econòmic de les quatre missions de la Universitat recaigui únicament en el pressupost públic, i menys quan els resultats de la universitat afavoreixen directament el teixit empresarial. Cert és, però, que potser això no és percebut del tot. Per exemple, sorprèn  que la patronal reclami desgravacions fiscals per als qui optin per un centre privat a l’educació obligatòria, més quan els impostos suposadament pagats “de més” per algú que no ha emprat el sistema públic educatiu obligatori mentre es pagava el privat li són “retornats” al subjecte quan es matricula al sistema universitari “públic”, que és voluntari i altament subvencionat (a l’entorn del 80% del cost real). Si la petició patronal fos acceptada i els serveis públics entressin en un model de desgravació per “no ús” molts podríem reclamar la nostra part dels diners destinats a subvencionar la formació continua que no hem usat.

Més encara: malgrat que  la formació universitària ha de tenir una vessant professional innegable i que no seria acceptable -ni legal- que la Universitat renunciés a la seva funció de generació global de coneixement, cal reclamar també el suport de la societat i les empreses als estudis que s’anomenen falsament “no professionals”. Només cal veure la potència de les accions de suport, per exemple, de la societat civil anglesa, nord-americana o alemanya a tot tipus d’activitats universitàries per intuir que som encara molt lluny d’una situació normalitzada.

 

Certament els nostres Rectors i Rectores estan molt sols, encara més perquè podrien estar molt més ben acompanyats, sobretot si es prengués consciència  que la inversió en universitats i en transferència de tecnologia no és només cosa pública, també és responsabilitat privada -del conjunt de la societat- i de la pròpia Universitat, que esta obligada a generar riquesa i possiblement podria fer més per resultar atractiva a les empreses.