Cuando la IA llegó a la universidad, esta ya estaba rota.

Algo se ha roto en la universidad. Lo discutible es cuándo ocurrió y a quién conviene responsabilizar.

La inteligencia artificial permite entregar un trabajo que no se sabría defender, resolver un problema que no se comprende o firmar un razonamiento que nunca se produjo. El resultado puede parecer académicamente correcto y, sin embargo, no acreditar ninguna competencia reconocible en quien lo presenta. Pero esta fractura no empezó con la Inteligencia Artificial.

Mucho antes de la IA generativa, la universidad ya permitía avanzar a estudiantes incapaces de interpretar un texto, construir un argumento propio o relacionar los conceptos elementales de una asignatura. Ya existían la memorización mecánica, el plagio, los trabajos heredados y una notable capacidad para aprobar sin que el conocimiento dejara demasiadas huellas.

La IA no ha destruido una universidad intelectualmente saludable. Ha llegado cuando buena parte del deterioro ya se había producido.

Durante años, la pregunta sobre qué debía aprender un estudiante fue cediendo terreno ante otras más fáciles de cuantificar: cuántos alumnos se captan, cuántos permanecen, cuántos se gradúan y qué nivel de satisfacción declaran. El conocimiento perdió valor formativo y ganó valor credencial. Lo importante pasó a ser obtener la nota, el crédito y el título. En ese proceso, el estudiante fue convirtiéndose en cliente.

La universidad compite hoy por atraer alumnos que se matriculen, financiación y rankings. Suspender demasiado puede interpretarse como un problema docente; retener y titular, como una señal de éxito institucional. La exigencia académica deja de ser una virtud para convertirse en una molestia. La inteligencia artificial encaja perfectamente en ese modelo.

Si el objetivo del estudiante es obtener créditos y el de la institución conservarlo para que egrese en tiempo y forma acorde con los rankings y la financiación, la IA sirve a ambos: produce trabajos, códigos, presentaciones y resúmenes con una rapidez extraordinaria. Las tareas se entregan. Las calificaciones se registran. Los créditos se conceden. Los títulos se expiden. La universidad progresa en los rankings y mejora su financiación.

Puede desaparecer el aprendizaje sin que se detenga ninguna de las operaciones administrativas que supuestamente deberían certificarlo. Es más: se puede llegar a certificar un aprendizaje que no se ha producido.

El estudiante que utiliza la IA para aprobar no está necesariamente traicionando al sistema. Puede estar entendiéndolo demasiado bien. Ha comprendido que no siempre se le exige saber, sino producir el objeto evaluable adecuado dentro del plazo. La IA no rompe este modelo. Lo perfecciona.

Quizá por eso provoca tanta inquietud: no tanto porque sustituya el trabajo intelectual del estudiante, sino porque revela las vergüenzas de hasta qué punto la universidad ya se había habituado a evaluar productos cuya relación con el aprendizaje era débil.

Mientras el alumno entregaba un texto mediocre escrito por él, aún podía sostenerse la ficción de que la autoría garantizaba algún proceso intelectual. Cuando entrega un texto impecable producido por una máquina, la ficción se vuelve insostenible. La universidad descubre entonces que ya no sabe con certeza qué está evaluando.

La reacción consiste en recurrir a detectores, prohibiciones, exámenes manuscritos o un regreso nostálgico a la oralidad. Estas medidas pueden dificultar el fraude, pero ninguna responde las preguntas centrales: ¿qué significa hoy acreditar que una persona posee una formación universitaria?, ¿cómo debería ser un alumno universitario adecuadamente formado?

El mundo profesional no funciona sin herramientas digitales ni sistemas inteligentes. Aislar a los estudiantes de esas tecnologías sería tan absurdo como permitirles delegar en ellas todo aquello que deberían ser capaces de juzgar.

La universidad se encuentra ante una contradicción que no puede resolver con un protocolo de uso responsable. Necesita demostrar que sus titulados poseen criterio, comprensión y capacidad de decisión. Pero lleva años organizándose para captar más estudiantes, atenderlos con menos recursos, estandarizar la evaluación y reducir el coste de una atención intelectual que exige tiempo, profesores y conflicto. Porque formar y evaluar de verdad resulta caro.

Es más fácil corregir un producto que observar un proceso. Es más fácil aplicar una rúbrica que valorar un razonamiento. Es más fácil contar aprobados que preguntarse qué sabe realmente quien obtiene el título.

La IA ha entrado precisamente por esa grieta. No ha creado la mercantilización de la universidad, la erosión de sus estándares ni la mediocridad amparada por las jerarquías docentes y la conveniencia institucional. Simplemente ha vuelto visibles sus consecuencias.

La pregunta no es qué está haciendo la IA con los estudiantes. La pregunta es qué había hecho ya la universidad con ellos para que la IA encajara tan bien.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Secretario general de Universidades de la Generalitat de Catalunya (2003-2006)

ECHAR FLORES EN LAS REDES SOCIALES

18.1.2025

En noviembre de 2023 publiqué un artículo en el que, ante una filtración que demostraba la responsabilidad de Meta en la difusión de noticias falsas y de contenidos violentos, planteaba que la única opción ante los abusos de los dueños de las redes es la toma de conciencia de los usuarios para boicotear estos negocios y la movilización ciudadana para presionar a los legisladores en favor de su regulación. Algo ya entonces poco probable.

A finales de 2024 un investigador francés del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), lanzó el proyecto #HelloQuitteX (HolaDejaX), que viene a ser «un movimiento transpartidista y apolítico» para lograr una salida masiva y ordenada de usuarios de la red X (antes Twitter) que haga entender a su dueño (Musk) que no a todo el mundo le gusta lo que está haciendo. Se trata de una propuesta de migración a otras redes. Menuda solución !

El problema no es sólo salir del fuego, sino como evitar caer en las brasas. El problema no es en que red militas, sino el modelo de negocio de las redes que explotan tus datos con o sin tu conocimiento. Como indiqué hace ya más de veinte años, Internet -las redes- tiene que ser regulado por el poder público porque es propiedad de empresas privadas que afectan a intereses públicos de nuestras sociedades democráticas. Esta tesis era entonces minoritaria y se enfrentó a quienes creían ingenuamente que Internet era un espacio de libertad sin censuras. Desgraciadamente la realidad se impone y nos encontramos ante un problema de proporciones gigantescas (el recorte de las libertades) al que legiones de arribistas otrora defensores del juguete se aproximan hoy a este desde posiciones “reformistas”. Vienen a decir que basta con trasladarse de corral para evitar estar “acorralado”. Insisto: el problema es la existencia misma del corral. Aunque dispusiéramos de un espacio virtual comodísimo, respetuoso hasta lo empalagoso, la infraestructura sobre la que se asienta (el cableado y los servidores, esto es, el cercado y sus comederos) continuarían siendo privados, propiedad de unos dueños que harían con ellos lo que les pareciera con el objetivo (legítimo) de ganar dinero con él. La solución no es acomodarse al cercado, es destruirlo y definir otro modelo de explotación más extensiva, más de montanera. Migrar de una red a otra no es más que seguir echando flores a unos corrales (dónde se ubican los usuarios de las redes) que se explotan en formato intensivo sin darles libertad para moverse cómo y dónde quieran. Son corrales, no en un marco libre y regulado en defensa de los intereses públicos.

Mientras tanto, el problema ha tomado también otros derroteros. ¿De qué nos va a servir una regulación pública de las redes cuando regulador y regulado son el mismo? ¿O no es lo que va a suceder cuando Musk entre en la administración de la Casa Blanca? ¿Alguien piensa que los dueños de las redes instalados en el control de las Administraciones Públicas van a tomar decisiones que supongan tirar piedras a sus tejados? Por sus hechos hasta la fecha los podemos conocer y la práctica demuestra que cualquier movimiento suyo va a ir directamente vinculado a su mayor beneficio posible. Mientras tanto echan flores a los corrales y los acorralados se las echan entre sí.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista.

REDES SOCIALES ¿Y AHORA OS QUEJAIS?

En septiembre de 2021 una ingeniera de Facebook (hoy Meta) filtró documentos que demostraban la responsabilidad de la compañía en la difusión de noticias falsas y de contenidos violentos y en los daños que causaban entre los jóvenes. La filtración provocó que el Senado de EE.UU. la llamara a declarar, que se interpusieran demandas de padres de adolescentes afectados, otra demanda colectiva avalada por Instituciones educativas, o más recientemente, la demanda presentada contra Meta por los fiscales generales de 41 Estados.

En una entrevista reciente la ingeniera reconvertida a confidente de las autoridades en este asunto ha manifestado que “dentro de 10 años, nos preguntaremos por qué no regulamos antes las redes sociales”, además de  confiar en que para entonces tengamos leyes sensatas que den acceso a los datos de estas plataformas, en que tengamos un sistema democrático robusto en el que no se necesiten más actuaciones como la suya para funcionar”.

Es encomiable la conducta de esta persona. Tanto como sorprendente resulta su candidez. Hace ya veinte años publiqué una obra sobre la regulabilidad de Internet (1) cuya tesis principal era, y es, que Internet -las redes- tiene que ser regulado en la medida en que son propiedad de empresas privadas que afectan a intereses públicos que constituyen la base de nuestro funcionamiento como sociedades democráticas. En otras palabras: los dueños de las redes hacen con ellas lo que quieren; el problema es que con ello afectan al conjunto de nuestros derechos, y lo hacen abusivamente. Es harina de otro costal el uso de estas infraestructuras por parte de los Estados de distintos colores para proteger intereses más o menos confesables.

En su momento esta tesis fue minoritaria a la fuerza puesto que se enfrentó al papanatismo de las moderneces intelectuales que confundían la realidad con el deseo: creían ingenuamente que Internet sería un espacio de libertad sin censuras que podría conllevar notables progresos sociales. Están por ver todavía la libertad sin censuras y los progresos sociales, si bien es cierto que ha supuesto notables avances tecnológicos que han conllevado mejoras de nuestros sistemas productivos y de comunicaciones que no siempre revierten en una mejor calidad de vida.

Suenan ahora también los tambores de los dueños del invento reivindicando una regulación para la Inteligencia Artificial al rebufo de los miedos que ellos mismos confiesan sobre el uso de sus creaciones. Sorprendente: los todopoderosos milmillonarios reivindican que los Estados les regulen. Pregunta: ¿Qué es lo que quieren que se regule? Respuesta: los usos de las redes y de la Inteligencia Artificial venideros en unos años, no los de hoy, que se mantienen en tierra de nadie. Valiente reivindicación. La respuesta a la ingeniera es clara, obvia y no es preciso ser experto en Internet para comprenderla: las redes no se han regulado hasta ahora porque simplemente no ha interesado a los poderes fácticos. No esperemos tampoco que esta regulación que se plantea a futuro para la IA y a presente sobre el uso de las redes vaya a redundar en nada que pueda comprometer el poder de los milmillonarios en este campo. La única posibilidad es la toma de conciencia de los usuarios para boicotear sus negocios y la movilización ciudadana para presionar a los legisladores. Algo, por ahora, poco probable. Menos queja y más acción.

Ramon-Jordi Moles Plaza

Jurista y analista.

(1) Derecho y control en Internet (Ariel Derecho. 1ª edición enero 2004)

LOS MIEDOS A LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL. Infolibre. 15.7.2023

Hay miedo (de varios tipos) a los modelos de Inteligencia Artificial (IA). Los más sorprendentes son los de sus dueños y promotores. Temen algo fabricado por ellos mismos y que parece que ya no tiene remedio y suplican a los Estados que les regulen, porque se ven incapaces de sujetar al monstruo desatado. Un monstruo que han soltado voluntariamente abriendo al acceso público herramientas como ChatGPT. Lo han hecho porque para crecer el monstruo tiene que alimentarse de ingentes cantidades de datos que sólo con una amplia apertura se podían obtener.

Hace casi 20 años ya apunté en “Derecho y control de Internet” (Ed. Ariel Derecho) que era preciso regular Internet porque no era el territorio de libertades que algunos “profetas” anunciaban. Parece ahora que la Inteligencia Artificial (IA) sea la panacea como antes lo fue Internet y después las redes sociales. De la escasa regulación de Internet y de las redes surgieron problemas que se hubieran podido controlar mediante modelos regulatorios adecuados a su naturaleza. La falta de regulación, como se ha visto, sólo ha beneficiado a sus dueños.

En el caso de las IA está sucediendo lo mismo. Cuando se da la paradoja de que algunos tecno-oligarcas reclaman que se les regule (caso de Sam Altman, de OpenAI) o que se establezcan moratorias, emerge la sospecha de que se trata de un “problema de acción colectiva”: situaciones en las que, como colectivo, el conjunto se beneficiaría de una acción concreta, aunque individualmente cada miembro obtiene ventaja de que no se ejecute. De aquellos polvos, estos lodos: los dueños de las IA concluyen que es mejor pedir a la Administración que actúe, aunque sólo sea en apariencia, porque ellos continuarán haciendo lo que les parezca conveniente a sus intereses, aún con regulación mediante, para mantener su ventaja sobre otros competidores que quieran entrar más recientemente a este mercado. Es más, incluso si algunas empresas hicieran una moratoria voluntaria de sus experimentos, otras ocultarían la continuación de su investigación en IA alentadas por los mayores beneficios derivados de la propia moratoria, que limitaría la competencia y por tanto les beneficiaría.

El ciclo de los oligopolios tecnológicos para dominar el mercado se ha repetido con cada nueva incursión. Oferta gratuita de una novedad con objeto de asegurarse un dominio relevante del mercado pregonando a los cuatro vientos las bondades sociales de la innovación al estilo de “tonto el último”. Condena de la regulación porque se afirma (errónea e interesadamente) que es un freno a la innovación. Multitudes de “early adopters” (entusiastas tempranos) se suman al carro cual profetas conversos. Las enormes pérdidas son asumidas alegremente con objeto de eliminar a los competidores y poder ocupar una posición dominante en el mercado, momento en el cual cae la máscara y aparece un modelo de negocio basado en la usurpación de datos y el cobro de cuotas a un público que ya está inexorablemente enganchado al modelo, sea este de compra por Internet, de plataforma de video o música, de coches o sexo compartidos, o de redes sociales.

Lo mismo sucederá con las IA. La única diferencia con ciclos anteriores es esta sospechosa invocación de sus dueños a la necesidad de regulación. Quienes creemos en la necesidad de regulación de estas actividades sospechamos de la actitud de los tecno-oligarcas porque son modelos de negocio basados en la apropiación indebida de datos basada precisamente en la falta de regulación. Viene esto a cuento de otro elemento: ¿es o no es la IA un bien público? Si no lo es, si es privado, es inconcebible un modelo civilizado de negocio privado basado en el robo… de datos privados, lo que nos lleva a descartar esta hipótesis, Si lo es, si es público, se plantea un problema de asimetría, puesto que tanto sus beneficios como sus peligros y miedos afectarán a todos, incluso a las personas que no usan IA personalmente. Precisamente por ello, para reducir los miedos y los riesgos de la IA, el sector público debiera supervisar que la investigación en un bien público (la IA) se realice con seguridad, regulándolo. De hecho, ya existe regulación antifraude, antidiscriminación, antimonopolio, de la propiedad, del sector público y parapúblico… Para empezar, aplíquese normativa existente a las IA y a sus derivadas fraudulentas, discriminatorias, monopolísticas o de apropiación indebida para garantizar, por ejemplo, que la tecnología ofertada no engaña, que es lo que es, sirve para lo que sirve y no para otra cosa. El Parlamento europeo ha evidenciado también además otros miedos: los propios de las burocracias. Así, el texto que prepara la Eurocámara, se centra el posible uso para manipular elecciones, vigilància biométrica o el reconocimiento de emociones y sistemas policiales predictivos.

Más allá de estas evidencias habrá que regular otros problemas, como la asimetría, la posibilidad de apropiación de la cultura humana o la proliferación incontrolada. Argumentos a favor de ello sobran: de un lado, la no regulación solo beneficia a los tecno-oligarcas; del otro si no lo hacemos, las IA (estos mismos tecno-oligarcas) acabarán regulándonos a nosotros. Más allá de la aplicación de la normativa existente, una regulación específica de las IA para abordar los miedos que genera debería abordar el diseño de un proceso de normalización técnica que permita definir qué es realmente una IA, a qué se puede aplicar y a qué no, cómo se identifica y construye, qué estándares de seguridad debe incluir, cómo se revisan periódicamente, qué responsabilidades se generan con su diseño, oferta y uso, y cómo se depuran estas mediante indemnizaciones. Nada nuevo, se ha hecho en otros ámbitos (energía, transporte, dispositivos médicos, aviación, ciberseguridad o nanotecnologías, por ejemplo). Para ello es imprescindible mapear los riesgos y aplicarles adecuadas herramientas de gestión. Así lo apuntamos ya con la Dra. Anna García Hom en 2020 en las dos ediciones de nuestro “Manual del Miedo” (Ed. Aranzadi), mucho antes de la aparición de los miedos asociados a las IA, que no son distintos de los anteriores miedos a las tecnologías emergentes, que estudiamos en su momento. Una regulación eficiente evitaría que a los falsos miedos de los tecno-oligarcas se sumaran los nuestros, verdaderos, por no haber atendido lo obvio: hay que regular, gestionar los miedos, de las IA.

Las IA (modelos de Inteligencia Artificial) andan hoy a su antojo. Regularlos sería como ponerles un cascabel que nos advirtiera de su conducta, estatus y naturaleza. Desafortunadamente, aún no existe ningún mecanismo explícito de regulación y control de fiabilidad de las IA. Mecanismo que, para ser del todo eficiente, debería complementarse con un mayor peso del pensamiento crítico de nosotros los humanos, lo que tiene que ver con la educación, la cultura, con el ejercicio del poder, en suma. A medida que la IA débil (la que hoy conocemos) devenga más fuerte (aún no existe) podría darse el caso de que nuestro destino como especie estuviera en manos, no tanto de las IA, sino de sus dueños. No parece algo deseable. Las técnicas regulatorias pueden permitir controlar este “determinismo tecnológico” que nos invade a partir de un pueril optimismo y de una fe ciega en la ciencia que ha sido cuestionada por la realidad en infinidad de ocasiones: el fin del mundo ya se anunció a partir de la máquina de vapor, de la energía nuclear o de la ingeniería genética. Si las IA son un bien público su control regulatorio ha de ser también público con objeto de limitar el lucro y el excesivo apetito de riesgo asociado a su desarrollo (no vaya a ser que se repita el problema de las redes sociales). También debiera ser posible reequilibrar el balance de estas tecnologías en términos de rendimiento económico: cómo y dónde deben tributar las ganancias que de ellas se obtengan. Y ello para evitar lo que ya conocemos: que se concentren las ganancias, pero que se socialicen las pérdidas.

El modelo de gestión de miedos a las IA puede ser doble: regulatorio y autorregulatorio. Una regulación eficiente de las IA debería darse en un marco de colaboración mundial aplicable a nivel práctico que permitiera realizar inspecciones, sancionar infracciones y expulsar del mercado a los infractores. Para ello son indispensables mecanismos similares a los de las Agencias responsables del control de armas o de la energía nuclear, por ejemplo.

La autorregulación podría basarse en el uso de estándares de calidad y seguridad y de códigos de conducta (al estilo del que Anthropic ha dispuesto para su IA llamada Claude). Estos códigos de conducta de las IA remiten al mecanismo “constituyente” de Internet al que me referí en “Derecho y Control de Internet” hace 20 años. Se trata de dotar al sistema por parte de sus creadores-gestores de unas pautas para su conducta. De este modo, sus creadores devienen “poderes constituyentes” y estas pautas una especie de Constitución que regula la conducta de la IA. En el caso de Claude estas pautas se han obtenido de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, las Reglas Sparrow de DeepMind, o diversas investigaciones sobre ética en la IA. Para enseñar estas pautas a Claude la entrenaron para revisar sus propias respuestas tomando como patrón los principios y valores de las pautas. En la misma línea el gobierno de EE. UU. ha anunciado un Plan para una Declaración de Derechos de la IA basado en el control de riesgos de la IA mediante un Marco de Gestión. Algunas otras opciones complementarias y/o alternativas a la regulación, como las moratorias planteadas por algunas grandes corporaciones y expertos, no parecen creíbles porque no es posible verificar su cumplimiento efectivo y al mismo tiempo atribuyen posiciones dominantes del mercado a aquellas empresas que se hallan ya en estados muy avanzados de desarrollo. Tampoco son creíbles las políticas públicas de fomento anunciadas al respecto: EE. UU ha anunciado que invertirá 127 millones de euros en investigación responsable en IA mediante 25 institutos federales, mientras Microsoft ha invertido ya 10.000 millones de dólares solo en Open AI. Los supuestos regulatorios existentes presentan tres grandes enfoques

Un primer enfoque regulatorio parcial (básicamente autorregulatorio privado), en el que se traslada la responsabilidad desde el regulador a las empresas, viene siendo habitual en la gestión de riesgos en EE. UU. a diferencia de Europa, en la que es el regulador el que interviene directamente. Obviamente, sin regulación pública, sin capacidad de inspección y sanción, con una autorregulación endeble, el poder es de las grandes tecnológicas estadounidenses, que disponen de enormes capacidades técnicas, económicas y de influencia, y se ven favorecidas por un entorno que no ha restringido la rápida comercialización de productos de IA y que ya se están integrando en aplicaciones como Snapchat o Duolingo, y que se benefician de una financiación que multiplica por cuatro la de las empresas chinas del sector, además de contar con el control estratégico de muchos de los componentes tecnológicos imprescindibles para este sector.

El segundo enfoque es el del intento regulatorio público más avanzado por ahora, The AI Act, (https://artificialintelligenceact.eu/the-act/), una normativa europea que asigna las aplicaciones (no las tecnologías) de IA a tres categorías de riesgo. La primera prohíbe las que suponen un riesgo inaceptable como la vigilancia personal intrusiva o discriminatoria, la vigilancia biométrica, el análisis de emociones, la alteración de conductas o la categorización de personas. La segunda regula las de alto riesgo, como los llamados “modelos fundacionales” (por ejemplo, ChatGPT, OpenAI y Midjourney, capaces de generar contenido a partir de las órdenes que les dé una persona). Estos modelos deberán responder a estándares estrictos de transparencia, no podrán generar contenido ilegal y deberán advertir de que el contenido ha sido generado por una máquina a partir de determinadas fuentes sujetas a derechos de autor. La tercera incluye las herramientas no prohibidas o no calificadas como de alto riesgo, como los videojuegos, que quedan en gran parte sin regular. El objetivo declarado por Europa es garantizar el respeto a los derechos humanos en el despliegue de las IA, controlando los riesgos sin frenar la innovación, lo que hasta hoy no había sido resuelto como consecuencia de los efectos paralizantes del Principio de Precaución sobre otras tecnologías emergentes (nano, bio, ingeniería genética y demás). Para ello, además, habría que, por un lado, poder identificar el contenido generado por IA mediante un “estándar” que necesariamente debería ser simple, para evitar tener que usar varios softwares de diferentes fabricantes para detectar el origen del contenido. Por otro, será imprescindible garantizar la trazabilidad de estos contenidos generados por IA. Estos aspectos no están presentes en la The AI Act que se discute en Bruselas.

Un tercer enfoque regulatorio público de la IA, aunque muy distinto al europeo, es el de China, que ha desarrollado un marco regulatorio estricto para las empresas dedicadas a la inteligencia artificial generativa y que incluye auditorías de seguridad y sistemas de responsabilidad sobre los contenidos generados por IA. Este enfoque está orientado por dos vectores principales: el control estricto de los ciudadanos, y una estrategia que permita a China ser el número 1 mundial en IA en 2030 mediante la expansión global de sus estándares, su modelo regulatorio y su uso masivo. Son, en suma, tres maneras de gestionar los miedos de unas IA que todavía andan sueltas.

Ramon J. Moles Plaza

Jurista

“INTELIGENCIAS” ARTIFICIALES POCO INTELIGENTES. Infolibre. 1.7.2023

La “Inteligencia Artificial” (IA) no es una, son varias y diversas. Incluye distintas tecnologías, con definiciones complejas, que “aprenden”, mejor “se construyen”, a través del reforzamiento (de modo similar a nuestro cerebro) y a partir de gigantescos bancos de datos que les son suministrados por humanos.

Las IA (existen diversos modelos) están de moda, aunque no son nuevas. Existen desde hace años en una escala menos notoria y potente. La novedad es el doble engaño basado en la enorme difusión del incremento de la potencia de sus capacidades y en su apariencia humana (apariencia, que no entidad). Su tramposa mayor difusión deriva de que se han puesto al alcance de cualquiera, no por generosidad, sino para mejorar su construcción por reforzamiento, a lo que han accedido gustosamente millones de usuarios que trabajan y ceden gratis sus datos a los tecno-oligarcas que las han generado. Su engañosa apariencia humana llega al punto de que sus creadores y gestores se refieren a sus errores como “alucinaciones”, cual si las máquinas pudieran alucinar (algo intrínsecamente humano). Existe un evidente interés en divulgar supuestas características humanas del engendro porque precisamente en la fe en estas ficciones radica el atractivo de la cosa: que siendo artificial, parezca tan humano que lleguemos a pensar que pueda tener sentimientos e incluso superarnos en nuestra propia estupidez. Un Frankenstein. Prueben a desenchufar del suministro eléctrico su ordenador mientras operan con una IA. Muy distinto a cualquier humano: tenemos la capacidad de desconectarnos de una conversación plomiza, pero seguimos ahí, “funcionando”.

Las IA abarcan por ahora tres grandes campos de acción: la mejora de la percepción (identificación de rostros, patrones musicales o biométricos, por ejemplo), la mejora de la automatización de procesos de toma decisiones (hacer recomendaciones sobre restaurantes o moderar contenidos en foros cibernéticos), o la predicción de futuros (construcción de escenarios o calibración de riesgos, por ejemplo). En estos campos las IA no son todavía igual de eficientes en todos ellos: lo pueden ser bastante en procesos de mejora de percepción, no tanto en automatización de decisiones y bastante menos en predicción de futuros. Los recientes modelos de IA que han levantado mayor expectación están asociados a supuestos de IA “generativa”, que, a petición del usuario, genera contenidos (texto, imágenes, sonidos) con algún grado de originalidad a partir de los datos que se le han suministrado.

La IA generativa tiene que ver básicamente con la percepción, pero mucho menos con la automatización fiable o la predicción. Y ello, por una razón: esta tecnología no goza de una precisión elevada como la que requieren la toma de decisiones críticas o las predicciones altamente fiables, sino básicamente de una gran capacidad de convicción del usuario por cuanto usan modos de expresión muy similares a los humanos. En otras palabras: parecen humanas porque se asemejan a la expresión humana (aunque no lo son) y precisamente por ello nos resultan convincentes, pero no pueden discernir sobre la verdad ni la mentira, ni efectuar juicios morales o de oportunidad como hacemos los humanos, ni siquiera son completamente autónomas (dependen de humanos que las construyan, prueben y entrenen, y dependen también del suministro eléctrico para funcionar). Seamos conscientes además de que tras las IA no hay sólo máquinas: lo que hay es inteligencia humana, humanos de carne y hueso. Una reciente investigación de Time reveló que trabajadores africanos infra-retribuidos (3 euros la hora) son los responsables de garantizar que los datos utilizados para entrenar a ChatGPT no tengan contenido discriminatorio. Algo parecido a los moderadores de contenidos de los foros o de Facebook (hoy Meta). En anteriores trabajos describí esta “tecnología” como “algoritmos con dos piernas”. (https://www.lavanguardia.com/opinion/20190408/461513171939/algoritmos-dos-piernas.html)

Parece obvio que no podemos ni debemos confiar aún nuestras tomas de decisiones a las IA, al menos aquellas trascendentes y que deban ser muy precisas (juicios de valor, opiniones médicas…). La razón de ello reside más en la calidad del resultado que en la naturaleza del proceso usado por las IA. Siendo el resultado, como indico, poco fiable, no es tan relevante que no sepamos como toman sus decisiones estas máquinas, porque tampoco lo sabemos respecto de los humanos: tanto las IA como nosotros somos, en este sentido, cajas negras. La diferencia entre ellas y nosotros es que ellas son cajas negras irresponsables, muy imprecisas y de diseño híbrido humano-máquina. Nosotros somos también cajas negras, aunque la responsabilidad inherente a nuestra toma de decisiones nos lleva -aunque no siempre- a un determinado grado de prudencia y/o relativismo que entiendo que está en el meollo de la inteligencia humana.

Su escasa inteligencia humana no es óbice para que las Inteligencias Artificiales (IA) estén generando ríos de tinta. El proceso de introducción en la sociedad de cualquier tecnología emergente es siempre muy complejo y no siempre resulta exitoso para sus promotores. En el supuesto de las IA parece evidente que, aunque su entidad precisa y su objetivo final están aún por definir, van a producir cambios radicales y su implantación no va a ser reversible y está siendo muy rápida (OpenAI consiguió cien millones de usuarios activos en dos meses, mientras que Tik Tok tardó nueve meses). Más allá de las ventajas más o menos evidentes que estas tecnologías puedan tener en el manejo de datos, apoyo a decisiones, o simplificación de tareas, emergen rápidamente un sinfín de problemas derivados de su uso, algunos más evidentes que otros: desde la muy evidente capacidad para manipular información (se abre un futuro complejo para los medios de comunicación), adueñarse indebidamente de propiedad intelectual, alterar el mercado de trabajo, aumentar la discriminación o facilitar aún más la concentración de riqueza; hasta los no tan evidentes como la reestructuración del conocimiento humano o el rediseño de la jerarquía humano-máquina, que entiendo, además, que son dos de los mayores problemas surgidos de la puesta en marcha de estas tecnologías: la emergencia de un nuevo marco mental en el cual la idea de inteligencia pasa a ser algo mecánico, individual y controlable por terceros; y la apropiación de la cultura humana por parte de las máquinas. Y todo esto no tiene nada que ver con la supuesta “inteligencia” de estos artefactos, sino con la de sus propietarios y sus ansias de negocio.

La emergencia de este nuevo marco mental nos ubica en un contexto cultural que nada tiene que ver con una idea de inteligencia que hasta hoy ha sido esencial en la evolución humana: la inteligencia social, comunitaria, entendida como suma o multiplicación de las inteligencias individuales que trabajan en común para configurar el saber común (la artesanía, la tradición, la cultura, el derecho, lo que somos, en suma), que no está concentrada en unas pocas manos que se lucran con ella. La inteligencia social es, además, junto con la idea de “poder”, una de las bases principales de nuestros modelos jurídicos, de nuestros Derechos, de un equilibrio destilado a lo largo de siglos de civilizaciones entre derechos y obligaciones que se contrasta con constructos morales y éticos. Si esta inteligencia social se sustituye por un engendro algorítmico falto de “lo social” y de sus tradiciones y al servicio de sus dueños, supondrá la muerte del Derecho tal como lo conocemos y, consecuentemente, la pérdida del control, del poder, sobre la civilización humana.

Difícilmente será posible que estas IA estén alineadas con lo que es nuestra inteligencia social: lo están sólo con sus dueños porque, en la medida que estuvieran acordes con lo social dejarían de ser negocio para quienes las promueven y controlan. Para que sean negocio deben ser concentradamente controlables y nutrirse de materia prima (conocimiento) que sea gratuita, lo que nos conduce a un robo de proporciones siderales: los datos, la información de que se alimentan las IA son de alguien, a quien ni siquiera se le hace saber que están siendo usados, y sin retribución a sus dueños. Desde otra perspectiva, al ser una construcción completamente artificial y no totalmente autónoma, es deudora de los sesgos que le han aportado sus creadores con una limitación muy relevante: al ser artificial no dispone de límites éticos ni de objetivos alineados con los humanos (el llamado problema de alineamiento), lo que choca de lleno con las bases culturales de la civilización humana. La verdad dejará de ser un valor, la dificultad para armar un discurso razonado será enorme en la medida de que el pensamiento crítico tenderá a desaparecer. ¿Qué sucederá si estas tecnologías con apariencia de humanas llegan a ser más “potentes” en términos de razonamiento que el ser humano? Debemos constatar una asimetría en la relación inteligencia humana-inteligencia artificial: como humanos no podemos influir en la estructura discursiva de la máquina (al servicio de su dueño), pero ella sí puede influir en nosotros. Este fenómeno ya se empezó a dar con el auge de las redes sociales y su uso en campañas de manipulación de opinión.

La apropiación de la cultura humana por parte de los dueños de las máquinas es un mecanismo que deriva de la posibilidad que tienen estas tecnologías de “crear”, (más bien copiar gratis) conocimiento humano (música, arte, texto). A partir de ahí podrían acabar generando derecho, religión, ética, incluso (quizás) fuera del control de sus creadores o dueños. Esta apropiación es, además, como indicaba, gratuita, mediante usurpación a sus dueños; en la más pura tradición de los atracos cometidos por las tecnológicas de Silicon Valley desde sus inicios: la economía colaborativa es en realidad explotación de mano de obra barata que hace repartos en bicicleta, alquileres opacos al fisco, banca en la sombra sin protección del usuario o la cesión gratuita de datos tan relevantes como las afinidades sexuales. La IA no paga un céntimo a los dueños de los datos por la información que usa para operar. Sin embargo, nos la presentan como un enorme avance en nuestra evolución tecnológica del que debemos esperar sólo grandes ventajas. Ciertamente, los inteligentes son los dueños de los algoritmos.

Ramon J. Moles Plaza

Jurista

EL MITO DE FACEBOOK O LA CAÍDA DEL CABALLO. ( Infolibre.)

Cuentan que un tal Saulo de Tarso, que perseguía a los cristianos, se convirtió a la fe en Cristo un día que, viajando a caballo, Dios le derribó y le recriminó su conducta para con sus seguidores. Saulo acabó siendo San Pablo. Hagan como Saulo: cáiganse del caballo de Internet (otra cosa será alcanzar la santidad). Y tienen sobrados motivos. El reciente incidente de la caída de servicio de Facebook viene a demostrar tan perentoria necesidad, y ello por distintos motivos.

Internet no es hoy, en realidad, una infraestructura en red tal como lo fue en sus inicios para evitar precisamente lo que ha ocurrido: que un incidente en un nodo pueda comprometer la operatividad del conjunto de ellos. De haber sido una auténtica red, la caída de servicio no habría podido afectar al conjunto de la comunidad de usuarios, sino sólo a una parte de ellos, menor cuanto mayor la estructura nodal. La tozuda realidad ha revelado las vergüenzas: una estructura centralizada, verticalizada y muy jerarquizada, en la que un fallo en el nivel más superior compromete al conjunto del sistema. Justo lo que los creadores de Internet quisieron en su momento evitar.

En abril de 2019 ya apunté en otro artículo que Facebook basaba su “sofisticada” técnica para depurar qué contenido es o no publicable en “algoritmos de dos piernas”, un ejército de empleados encargados de filtrar los contenidos. Tan sofisticada como se ha revelado ahora su infraestructura real: más parecida a la estructura de una militarizada y jerarquizada administración napoleónica que a un supuesto negocio digital de los que se decoran con futbolines y sofás de colorines. Las plataformas no son el territorio de libertad anarquizante que algunos teóricos ilusos profetizaron y que hoy se niegan a admitir su error: son solamente un negocio descontrolado, de ingresos multibillonarios no equitativos y abusivo. Lo primero porque no existe hasta hoy administración pública alguna que haya sido capaz de imponerles unas reglas que las sometan al juego de transparencia democrática que sería deseable. Lo segundo por el volumen de beneficios que arrojan sin apenas aportar ingresos tributarios a las arcas comunes. Lo tercero por explotar una materia prima (los datos de terceros ingenuos) sin retribuir a sus legítimos propietarios.

Las plataformas son también un oligopolio que controlan sus poquísimos dueños. Esto significa que lo que decidan unos pocos termina afectando a todos, al conjunto de la población mundial. El comportamiento de este oligopolio en cuanto a precios, política de privacidad, de servicio, reclamaciones de usuarios, perjuicios a terceros, conducta democrática o protección de datos es justamente el que les pasa por su arco de triunfo, sin ningún control por parte de los poderes públicos. Sucede sin embargo que las consecuencias de estos comportamientos las pagamos todos, y sin derecho a reclamar. ¿Quién indemnizará a los millones de usuarios perjudicados por la caída de servicio de una plataforma? ¿Quién compensará a los millones de coloridas y “chandaleras” empresas “puntocom” que han fiado su mercado, su funcionamiento, sus clientes e incluso sus trabajadores a estas plataformas? ¿Quién puede poner el cascabel al gato en empresas de “economía colaborativa” en que se esclaviza a sus trabajadores para que repartan en bicicletas lo que deberíamos adquirir en la tienda de al lado? En muchísimos casos sin plataforma no hay ni siquiera actividad: ni reparto de mercancías (Amazon), ni teletrabajo (Google), ni publicidad (Instagram), y en algunos casos ni siquiera comunicación (Whatsapp), ni servicios públicos (Googlemaps). El hecho de que muchas empresas basen su negocio en plataformas de Internet convierte a estas en un pseudo-servicio público que debería ser regulado, al menos para imponerles la obligación de dar cuentas de su actividad a sus clientes. Háganme caso. Cáiganse del caballo digital y deléitense con la realidad analógica. Y es que las plataformas son tan medievales, verticales, jerarquizadas y centralizadas como la hilatura donde trabajaba mi padre: si se iba la luz, se paraba la fábrica…como en Facebook.

GUERRAS DE BULOS

La Vanguardia 18-11-2020

La reciente Orden Ministerial que publica las directrices de la UE contra la desinformación (campañas de difusión de bulos o noticias falsas) ha desatado una ola de protestas basadas en que se trata de un ataque a la libertad de expresión para crear un modelo de censura parecido al orwelliano “ministerio de la verdad”. Así, el PP exige la retirada de la Orden, pide la comparecencia de Carmen Calvo e Iván Redondo y solicita al Parlamento Europeo que intervenga en defensa de la “amenazada libertad de expresión” en España.

Trasladar una batalla política española de vuelo gallináceo a Europa sin otro motivo que el electoral es de una gran irresponsabilidad teniendo en cuenta el contexto de distribución de ayudas europeas en el marco de la COVID, además de una manifiesta ignorancia, puesto que la Orden es simplemente la transposición del Plan de Acción aprobado por el Consejo Europeo en diciembre del 2018. Incluso la propia Comisión Europea ha indicado que la norma no pone en riesgo la libertad de prensa.

Vayamos por partes. Una cosa es el derecho fundamental a la libertad de expresión constitucionalmente protegido y otra muy distinta intentar evitar las campañas de desinformación dirigidas directamente a dañar los intereses del país. Recuerden la campaña de prensa en Europa sobre los pepinos almerienses que supuestamente generaron intoxicaciones en Alemania o las campañas contra el sector turístico español (especialmente Baleares) antes y durante la COVID, las campañas antivacunas. Según el Eurobarómetro de 2018 el 88 % de los ciudadanos consideran que la desinformación es un problema y en 2020 el 66% afirma encontrarse con información falsa o que malinterpreta la realidad al menos una vez a la semana. Nada que ver con la libertad de expresión, es simplemente desinformación: información verificablemente falsa o engañosa que se crea, presenta y divulga con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población, y que puede causar un perjuicio público como por ejemplo amenazas a los procesos electorales democráticos o a bienes públicos como la salud, el medio ambiente o la seguridad, entre otros.

Y es que, contra lo que muchos opinaban hace años, Internet no es un espacio de libertades absolutas llamado a ser el paraíso de los que huyen de lo público. Internet es propiedad de sus dueños, que hacen y deshacen a su antojo, pero requiere de una regulación público-privada que garantice un marco operativo respetuoso con los derechos fundamentales.

La Orden no parece un sistema de censura sobre los medios de comunicación, aunque habrá que estar atentos, como siempre, para evitar que el poder caiga en la tentación de abusar de los mecanismos que tiene atribuidos: ello depende básicamente de la fortaleza de la sociedad civil (no muy boyante en España). Esencialmente lo publicado se refiere a cuestiones organizativas sin alusiones a la libertad de expresión (aunque ciertamente los ataques a derechos casi nunca son explícitos). Si algo evidencia la Orden es la dificultad de poner orden en un modelo burocrático de metástasis de órganos administrativos de difícil adaptación al modelo europeo (que en el fondo es de lo que se trata).

La lucha contra la desinformación ha de ser una prioridad para las sociedades democráticas que debiera haber sido abordada ya hace años. La irrupción de Internet no hizo más que redimensionar el problema hasta el punto de ubicarlo en el ámbito de las “redes antisociales”, esto es, las redes como medio para las guerras varias no militares (económicas, culturales…). El buenismo no es un arma útil en este contexto: los poderes públicos y la sociedad en su conjunto debemos tomar conciencia de la importancia estratégica de estar preparados ante estos eventos. Para ello es imprescindible poner orden en nuestro patio trasero (nuestra Administración) y para ello esta norma puede ser un primer punto de partida al que le debemos reclamar mayor ambición: mayor simplificación y amplitud incluyendo no sólo al sector privado, sino al resto de Administraciones Públicas (autonómicas, locales o corporativas como las Cámaras de Comercio y los Colegios profesionales, por ejemplo).

Es posible también apuntar dos elementos estructurales más: por una parte debemos intentar ser capaces de homologar nuestro funcionamiento en este campo lo máximo posible a Europa (lo que requiere mayor simplicidad organizativa, de la que estamos muy lejos aún) y por otra, en aras de garantizar la protección de los derechos fundamentales eventualmente implicados, ¿por qué no replicar el modelo de control judicial que asiste al Centro Nacional de Inteligencia, que cuenta con un magistrado del Tribunal Supremo adscrito para todo aquello que la protección de derechos fundamentales requiera?.

Ojo al dato: estas medidas no servirán de nada si no superamos la candidez de los usuarios de Internet que en el mejor de los casos ingenuamente replican bulos en las redes “antisociales”, y en el peor son agentes activos y voluntarios del fenómeno.

Ramon J. Moles Plaza

Profesor de Derecho Administrativo

Sobre la «cibercosa» y la desinformación. El Periódico de Catalunya. 19.05.2019

Internet ha generado una nueva economía, pero también unas nuevas amenazas. De acuerdo con esto parece que aumenta la conciencia de que ciberterrorismo y manipulación informativa (noticias falsas o “fake news”) son riesgos críticos hasta el punto de que la Unión Europea incluye el ataque cibernético entre las causas de respaldo militar entre sus socios, o que la Moncloa disponga de una unidad operativa contra la desinformación. Las ciber-amenazas y la desinformación en las Redes no son más que adaptaciones modernas de amenazas antiguas. Lo distinto son los medios, más sofisticados y con un potencial más devastador. Y la cosa va a peor: la tecnología 5G va a incrementar la capacidad de compartir datos y la velocidad de su transmisión, lo que supone que miles de millones de objetos conectados (televisores, trenes, coches o plantas industriales) se van a convertir en agentes encubiertos que nos van a exponer a la posibilidad de múltiples ciberataques.

Las ciber-amenazas requieren de tres factores: redes de telecomunicaciones, objetos conectados y factor humano. Como casi siempre es este último, el humano, el factor clave: la tecnología por sí sola, hasta hoy, es un elemento neutro; la maldad es humana y lo humano es público o privado, luego la ciber-maldad es también pública y privada. Contra lo que pueda parecer en un principio no todos los hackers son privados. No estamos ante una lucha entre la bondad del poder y la maldad de los hackers.  También el poder actúa a veces como un hacker que miente o censura en su beneficio particular, sea éste económico, político o geoestratégico. Y quienes lo hacen en su nombre actúan desde la inmunidad que otorga el poder. Así, el poder, más allá de su actividad lícita y legal en defensa de la seguridad, actúa también en ocasiones cortocircuitando la libertad de tráfico en las Redes o difundiendo noticias falsas. Ejemplo de lo primero la censura sistemática e indisimulada que imponen las autoridades chinas al tráfico de Internet o la igualmente sistemática, aunque más disimulada, que ejercen agencias estatales de otros países. De lo segundo, el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook en el uso de datos en campañas electorales o la manipulación informativa propia de los populismos de Putin y Trump. O ya en nuestros lares, el ministro Borrell afirmando que en América se mataron sólo “cuatro indios”, las mentiras de Zapatero sobre los “brotes verdes de la economía” para negar la crisis económica, o las de Aznar y Acebes sobre la autoría del atentado del 11M o sobre la existencia de armas químicas para justificar la invasión de Irak, o las de Rajoy y sus “hilillos de plastilina” para quitar importancia al desastre del Prestige, o las de Fraga bañándose en Palomares en tiempos de la dictadura de Franco para desdramatizar el accidente nuclear. Y es que, no se sorprendan, siendo la mentira intrínseca al poder, a este no le importan los medios que pueda usar: la ciber-cosa no es más que uno de los muchos a su disposición.

 

ALGORITMOS CON DOS PIERNAS. La Vanguardia. 8.4.2019

Recientes investigaciones periodísticas han evidenciado el método de trabajo de los centros “secretos” de Facebook que filtran los contenidos de los usuarios: no son sofisticados algoritmos ni programas informáticos, sino simplemente personas con dos piernas y contratos precarios quienes lo hacen.

No se sorprendan: la Red es privada y sus dueños operan en ella como les place; luego Facebook, que es privada, es dueña de establecer en sus dominios las reglas que quiera en cuanto a acceso y contenidos. Sin embargo podríamos preguntarnos al respecto si las redes sociales deberían  respetar los mismos límites para la libertad de expresión que los medios impresos, que también son privados. Parecería obvio que sí, siempre que las redes se consideren un medio y operen en un marco jurídico que reconozca esas libertades. Problema: no está claro que sean un medio de comunicación, al menos no como la prensa “clásica”, ni tampoco que estén sujetas a un sólo marco jurídico.

El hecho es que Facebook es el dueño de un invento en el que ejerce su dominio total sobre el mismo, incluida la censura de contenidos, con un nivel de opacidad muy elevado. Ni los criterios ni los métodos de censura son públicos, aunque ahora sabemos gracias a algunos exempleados que los criterios emanan de la propia empresa de manera poco clara (para Facebook no es admisible la apología de Hitler, pero sí lo es la de Franco, por ejemplo), y que el método es muy poco sofistificado: son personas físicas “juniors” quienes ejecutan “a mano” esta tarea poco o nada edificante a cambio de retribuciones parece que precarias en centros de trabajo “secretos”.

Ahora bien ¿por qué Facebook censura los contenidos? Simplemente porque los contenidos que crean los usuarios, de los que la red se adueña, generan un tráfico de datos que son su materia prima para ganar dinero y estos contenidos están vinculados directamente a su reputación. La reputación es su talón de Aquiles; sin embargo, no lo es incumplir la ley, como hemos comprobado repetidísimas veces. Facebook censura para no ver perjudicada su reputación. Si a alguien no le gusta, tiene una opción (además de no usarla): contribuir a acabar con el estatus privado de la Red para que se establezca una intervención pública que defienda los intereses públicos y de la comunidad (incluidos los de los “algoritmos” con dos piernas).

Ramon J. Moles

Profesor de Derecho Administrativo

La economía de los datos: un expolio y un oligopolio. El Pais Retina. 29.3.2018

Una consultora de estrategia electoral explotó datos de Facebook en apoyo de Trump con la colaboración de la red social, pero sin permiso de los usuarios. Alguien apuntó recientemente que lo grave no es el abuso de datos de millones de usuarios, sino el daño a la confianza de éstos en la llamada “economía de datos”.

Discrepo. Lo grave es el actual modelo de negocio basado en la explotación de datos de usuarios de redes. Lo grave es la opacidad de la “economía de datos” por la dejación de funciones de los poderes públicos partidarios de la desregulación, por un lado, y de la codicia desaforada de algunos “emprendedores digitales”, por el otro; emprendedores con principios parecidos a los del egocentrismo de un colono del Lejano Oeste. Así nos va.

Lo menos grave para mí es la crisis de Facebook. Tampoco el supuesto daño a la confianza en la “economía de datos”, que es un mal menor lógico. La red social viene sufriendo desgaste desde hace meses como consecuencia de su modelo de negocio basado en datos de terceros, aunque también desde hace años sufre crisis sucesivas por sus deficientes políticas de privacidad. Steve Jobs se lo advirtió a Zuckerberg en un acto público en 2008 y el problema reapareció en 2010 y en 2014. Por otra parte, la “economía de datos” no puede pretender ser “confiable” sin retribuir a quienes le facilitan su materia prima -los datos-. En palabras de un directivo alemán: “en cualquier negocio en el que el producto es gratis, el producto eres tú”. En este sentido, la “economía de datos” es hoy a la vez un expolio y un oligopolio. Expolio por cuanto dispone de algo ajeno sin contraprestación ni autorización consciente por parte de aquellos que actúan como indígenas que entregan sus tierras a los colonos a cambio de cuatro  cachivaches. Oligopolio porque quienes controlan el cotarro de verdad son muy pocos: los dueños de las Redes, que imponen sus normas sin someterse a control alguno.

A poco que uno se libere de la moda de la fe ciega en cacharrerias tecnológicas varias y sea capaz de reflexionar viendo la situación “desde fuera” concluirá rápidamente que el problema se reduce a unos pocos interrogantes muy básicos. Esencialmente, quién manda en Internet (cuál es su estructura y gobernanza y cómo de fiscalizable es), cómo se gana dinero en Internet (a base de comerciar con datos ajenos, aún sin permiso consciente de sus dueños), y finalmente, qué hacen nuestros gobernantes al respecto (cuál es el modelo regulatorio público de Internet). A mi humilde entender la respuesta a dichos interrogantes nos conduce inexorablemente a constatar que en las Redes mandan sus dueños, que son quienes ganan dinero con una materia prima gratuita (los datos), que se alimenta de la ingenuidad y del ego de los usuarios, y que nuestros gobernantes hacen al respecto mucho menos de lo que pueden y deberían.

 

Las soluciones no son muy difíciles de plantear. Es precisa una nueva gobernanza de Internet, en la que las autoridades protejan el interés público en las Redes (entre otros la privacidad de los usuarios). Es preciso un modelo de negocio en Internet que no se base en el expolio ajeno: si alguien quiere mis datos que me retribuya de un modo u otro. Finalmente, es indispensable una concienciación de los usuarios para transformar su egolatría ignorante en identidad crítica. No veo otro modo de generar confianza en la “economía de los datos” que el respeto a los usuarios, la transparencia, el equilibrio de prestaciones y el llamar a las cosas por su nombre.

 

No todo lo supuestamente “moderno” lo es. El expolio desenfrenado, el abuso de posición dominante, la opacidad de mercados, la regulación insuficiente, la desprotección del individuo, son fenómenos recurrentes. No, lo grave no es la pérdida de confianza porque ésta no puede ser ciega, tiene que estar en el “debe” de la contabilidad de los dueños de Internet. Nosotros, los ciudadanos, aspiramos a tenerla, pero queremos tenerla en nuestro “haber” contable. Sólo así la confianza en la “economía de datos” no será ciega, sino merecida.