Hinchas contentos y engañados La Vanguardia 1 7 2019

La trama de “amaños” de partidos de fútbol recientemente desarticulada no fue descubierta por el engaño en sí, sino por las apuestas manipuladas con dinero ucraniano y chino contra equipos favoritos que descubrieron dos casas de apuestas electrónicas.

El caso reúne los elementos típicos. Para que prospere una conducta corrupta se requiere una estructura que integre un sujeto (corruptor) que persigue una ventaja indebida (no justificada), otro sujeto (corrompido) que se somete (voluntariamente o bajo presión) a la acción del corruptor a cambio de otra ventaja indebida (normalmente el incentivo es dinero o equivalente). Se requiere también un contexto propicio, dónde la rentabilidad de la operación pueda ser elevada y constante porque el beneficio anecdótico no justifica los costes de ser descubierto. Finalmente es precisa también una cultura social en la que el reproche de la corrupción sea bajo, cuando no incluso una conducta imitable. A partir de aquí podemos plantearnos que está sucediendo o ha sucedido en el deporte (en el fútbol o en ciclismo o en el atletismo con los casos de dopaje, o en el boxeo con los amaños de combates) para que se puedan generar estas estructuras corruptas hasta el punto de hablar de «corrupción deportiva».

 

Sospecho que la explicación radica en la presencia en algunos ámbitos del mundo del deporte de lo que podríamos denominar «dinero injustificado». Esto es, dinero que fluye hacia estas actividades en calidad de inversión. Nada que objetar siempre y cuando estas “inversiones” respeten la legalidad -no entro en la ética que es cosa de cada cual-. Otra cosa es cuando estos flujos de capital, o bien se mueven en ocasiones en un contexto poco transparente, alto nivel de endeudamiento y escaso cumplimiento con Hacienda y Seguridad Social, o bien generan redes “clientelares” de dinero fácil, cuando no incluso de blanqueo de capitales. Siendo esto así, el elemento nuclear de la corrupción deportiva no es el deporte (en el ámbito de aficionados apenas existe), sino el dinero: algunos flujos de capital que injustificadamente en términos de negocio puro y duro fluyen hacia estas actividades. Sin embargo, lo crucial para todo ello es la existencia de unos “hinchas”, un público “contento”, acrítico y masificado, aunque engañado e incapaz de distinguir el negocio (incluso ilícito) del deporte.

 

¡SON MENORES MALTRATADOS! La Vanguardia. 31.1.2019.

El maltrato a menores existe. También el que causa la propia Administración. Sirvan de ejemplo los niños robados (en España unos 300.000, de los cuales unos 30.000 durante el franquismo), los tutelados por la Generalitat que han sido objeto de abusos sexuales por sus tutores (Castelldans 2013 y Tortosa 2016) , los declarados en desamparo y que la Generalitat sustrae de la familia sin supervisión judicial, los tutelados por la Generalitat de manera inadecuada (según el Síndic unos 600 del total de 7.000), o los no acompañados  que escapan a la tutela  de la Generalitat incurriendo incluso en delincuencia  de bajo perfil, para los cuales no existe política específica alguna.

En todos estos casos existe una situación de maltrato institucional por cuanto la Administración Pública es en estos casos ineficiente (abusos sexuales cuyos autores son seleccionados como cuidadores por la propia Generalitat como en el caso de Castelldans), poco preventiva (casos de menores no acompañados), actúa sin supervisión judicial (casos de desamparo), o incluso se adueña de las prestaciones que deberían recibir los menores a su cargo basándose en la Ley catalana 14/2010, de derechos y oportunidades en la infancia y la adolescencia, que  habilita un copago encubierto de un servicio que de hecho es gratuito.

Es precisa una toma de conciencia de la sociedad en su conjunto, pero también un golpe de timón a una actuación administrativa que requiere de medidas urgentes, como el despliegue efectivo de la figura del procurador del menor previsto en el artículo 118 de la Ley 14/2010, el sometimiento a control judicial efectivo de la actividad administrativa, sobre todo la relativa a sustracción de la tutela familiar, y la aplicación de principios administrativos como el de transparencia y acceso a documentación con objeto de facilitar el acceso de los interesados a los informes de la Administración que les afectan. Todo ello sin perjuicio de que los afectados puedan reclamar a la Administración, tanto las responsabilidades civiles o penales en que los funcionarios o instituciones implicadas hubieran podido incurrir, como el resarcimiento de los presuntos perjuicios causados por la vía de la responsabilidad patrimonial de la Administración, que prevé la indemnización a quienes hayan sufrido un perjuicio injustificado como consecuencia del funcionamiento normal o anormal de la Administración.

El AVE en La Rioja, la velocidad y el tocino

El Congreso de los Diputados acordó recientemente, a iniciativa del PSOE, instar al Gobierno a acelerar el corredor ferroviario Cantábrico-Mediterráneo puesto que “la Alta Velocidad es un factor de crecimiento económico y desarrollo social”. El tramo riojano se plantea como una disyuntiva entre cruzar 64 Km de la Rioja Alavesa por Labastida o por San Asensio y Haro con un coste económico entre 750 y 890 millones de euros. Sin hablar del coste paisajístico, económico, cultural y social que supondría para una de las zonas vitivinícolas más importantes de Europa. Una vez más la planificación de infraestructuras en España se reduce a  una cuestión de coste-beneficio interesadamente mal calculado: ante las muchas “ventajas” del AVE debemos asumir sus costes en “beneficio” del bien común. Se pretende liderar la Alta Velocidad ferroviaria cuando la red ferroviaria básica se cae a pedazos. Se reclama el AVE para estructurar el territorio cuando este país lleva siglos desestructurándose a conciencia.

Vayamos al tocino. Según el Tribunal de Cuentas de la UE la mitad del presupuesto europeo para Alta Velocidad (unos 23.700 millones €) se ha invertido en España (unos 11.250 millones). A pesar de ello no tenemos conexión con Portugal y la de Francia sólo circula al 36% de su velocidad, siendo además que la Alta Velocidad europea no se basa en un análisis estratégico creíble, sino en consideraciones políticas Primera conclusión: el AVE no es un instrumento de cohesión territorial y además se malgastan las inversiones porque los trenes solo alcanzan el 45% de su velocidad prevista. Además, la falta de análisis de mercado y la presión política ha llevado a construir líneas “sin potencial de pasajeros suficiente para ser exitosas”. En España es el caso de las líneas Madrid-León, Eje Atlántico, Madrid-Galicia, Figueres-Perpignan y la Y Vasca. Segunda conclusión: la falta de pasajeros suficientes que justifiquen la inversión la convierte en muchos casos en un despilfarro. Por otra parte, según el Ministerio de Fomento español (en tiempos de la ministra Pastor), las obras del AVE han tropezado con constantes subidas de los costes ofertados por las constructoras, lo que ha retrasado los contratos y las obras hasta el punto de que la UE obligó a limitar las modificaciones ante la práctica habitual de las empresas de ofertar a la baja en los concursos de obras. Tercera conclusión: las obras han sufrido retrasos y sobrecostes que han beneficiado únicamente a las empresas constructoras.

Ahondemos ahora en las cuestiones sociales. Sin añadir dramatismo a la ya de por si situación crispada que el país viene arrastrando des de la moratoria nuclear o el almacén de residuos, pasando por el aeropuerto de Castellón a la más reciente del proyecto Castor, lo cierto es que las decisiones políticas siguen obviando el consenso social con los territorios afectados. Si a ello le sumamos, en este caso, la cuestión -no baladí- del impacto sobre una de las actividades económicas más productivas del país, el resultado merecería fomentar la reflexión, no solo parlamentaria, sino territorial. De nuevo, y sometidos al imperativo legislativo, se soslaya la posibilidad –democrática, dicho sea de paso- de reconocer la dimensión propiamente plural y territorialmente participativa que requiere la participación de un proyecto de complejas connotaciones técnicas, económicas, políticas y sociales, como el descrito.

Resulta sorprendente que a pesar de los problemáticos antecedentes mencionados no exista ni un ápice de consideración hacia lo genuinamente público –los territorios y sus actores sociales- para, de este modo, dotar un servicio público de eficiencia y equilibrio entre la inicial formulación de la política que se debe seguir en la gestión técnica del proyecto, su implementación territorial y su gestión social a largo plazo. En realidad, el rechazo social no aparece durante la formulación de políticas generales sino cuando ésta adquiere una dimensión espacial y se concreta territorialmente. Algo sucede pues cuando los responsables políticos se ven sometidos a una avalancha de “noes”: ¿será que no es no?

En resumen, según el Tribunal de Cuentas de la UE el AVE no es un instrumento de cohesión territorial europea, no se justifica su coste por los beneficios aportados ni en número de pasajeros ni en velocidad ni en tiempo, sino por intereses políticos que en ocasiones devienen interés económico particular. El propio Ministerio de Fomento admitió además que las obras de AVE incluían sobrecostes de imposible justificación.  El rechazo social existe. La pregunta es: AVE en la Rioja, ¿en beneficio de quién?, ¿qué tiene que ver la velocidad con el tocino?.

 

Ramon J. Moles

Profesor Titular de Derecho Administrativo

Anna G. Hom

Socióloga

Anemia española. Infolibre. 19.3.2018

La ciencia atribuye la anemia a que la sangre no transporta suficiente oxígeno al resto del cuerpo por falta de hierro suficiente para producir la hemoglobina, que es el vehículo para el transporte del mismo. Ello produce debilidad, mareos e irritabilidad.

No seré yo quien abone el tradicional discurso español cainita y catastrofista. Tenemos cosas muy buenas, otras no tanto y algunas muy malas. Entre las buenas y no tan buenas no está la calidad de nuestra gobernanza ni nuestro sistema político-administrativo. Justamente, a pesar de las apariencias, podría decirse sin faltar a la verdad que España está anémica: débil, mareada e irritable. Por otra parte, y tal como indicaba recientemente un artículo en la prensa diaria del catedrático de Derecho Administrativo Muñoz Machado, Catalunya está anómica, esto es, “faltada” de normas a causa de un proceso político mal planteado que, por razones diversas sobre las que unos y otros polemizan, augura un devenir incierto. Pues bien, entre muchos otros varios factores causales, a mi juicio no se puede entender esta anomia catalana sin la anemia española primera, puesto que ambos dos son desafortunados procesos que, de forma interesada, se están alimentando mutuamente.

Ciertamente, si en la anomia catalana es preocupante la “ausencia” de leyes, en la anemia española, lo es constatar la debilidad del sistema, el mareo político en su conjunto y la irritabilidad -por no decir mala educación en ocasiones- del clima político, tertuliano y opinador. Más aún, esta anemia es muestra, sobre todo, del agotamiento de la llamada “transición”, no sólo por la incapacidad de vislumbrar proyecto alguno capaz de generar entusiasmo y confianza, sino sobre todo constatando -contra lo que podía parecer hace cuarenta años-  que la dictadura se cerró en falso. A pesar de la interesada amnesia impuesta por un bipartidismo sofocante las consecuencias del golpe de Estado del 18 de Julio de 1936 llegan hasta hoy y requieren reparaciones, no sólo -por supuesto- a las víctimas de uno y otro lado, sino en las estructuras del Estado mismo. No es ya posible mirar a otro lado: la fachada anémica se cae a pedazos. Como recuerda el catedrático de Derecho Administrativo Alejandro Nieto, la “organización del desgobierno” viene de lejos: la partitocracia se ha adueñado no sólo de nuestra democracia y de nuestras Administraciones Públicas, sino hasta del Poder Judicial y del mismísimo Tribunal Constitucional. Salvo honrosas y contadas excepciones las élites extractivas y los “políticos” sin otra profesión que la militancia ciega e interesada campan a sus anchas en la economía de los oligopolios del BOE, la corrupción rezuma por los poros del sistema, la baja competitividad y el empleo precario presiden una economía basada en el ladrillo y el turismo que hasta ahora ha sido receptora neta de fondos europeos. Mientras tanto, la brigada Aranzadi del alto funcionariado enfoca su miopía al uso partidista de la razón de Estado para imponer la idea de que sólo hay una forma de ser y sentirse español.

Aunque la crisis sociopolítica actual tiene dos actores principales, la anomia catalana y, también, la anemia española, que se benefician tapándose mutuamente las vergüenzas, no será extraño que en futuro próximo se amplíe el problema a otros territorios que irán constatando progresivamente no sólo la falta de proyecto político y territorial sino también la falta de respeto por la discrepancia.  En su carrera por el control del nacionalismo español en una España única tanto el PP como Ciudadanos, instalados en su credo único en el que no han sabido aún encontrar encaje a la idea de “las Españas”, abonan sin ambages un uso autoritario de los aparatos del Estado que causaría sonrojo en otros sistemas democráticos.

Así, mantener un Senado que cual cementerio de elefantes sirve sólo para garantizar el control territorial del bipartidismo o convertir al Tribunal Constitucional en órgano del Poder Judicial para que pueda “ejecutar lo juzgado” a pesar de que la Constitución establece claramente que no lo es, o generar desórdenes públicos dónde no los había o usar a los Tribunales para dirimir conflictos políticos aún a costa de un uso partidista del delito de rebelión, de la prisión preventiva y hasta del rigorismo del Código Penal para calmar al populismo revanchista da votos en una España del 155 que ya no es autonómica. No sólo ello no merece reproche alguno, ni tan sólo electoral; tampoco la corrupción sistémica del bipartidismo, ni la gestión de la crisis bancaria, ni la de los oligopolios empresariales con pérdidas a cargo del erario público, ni, en suma, la indolencia de un Gobierno del Estado en comunión plena con la ineficacia más descarada.

Ante todo ello, y con profundo pesar, quienes nos hemos dedicado durante años a la docencia del Derecho Administrativo, tendremos que disculparnos con las generaciones de alumnos a quienes hemos pretendido mostrar lo que hubiera podido ser el Estado Autonómico que no fue, para reconocer finalmente que ni la transición era lo que se dijo, ni la organización del desgobierno era “casual”, sino que todo ello es simplemente un decorado de cartón piedra que esconde, en fin, una anémica forma de vivir.

ES COMO PARA LLORAR. Infolibre. 8.6.2017

El reciente ataque informático del virus WannaCry, que parece haber afectado (al menos) a 150 países, ha hecho visible algo que, aunque apocalíptico, pasa desapercibido al usuario de a pie mientras que en el mundo de la ciberseguridad es cotidiano: la debilidad del sistema de redes conectadas a Internet. El alcance de este ataque, como con algunas enfermedades, probablemente es mayor al declarado y abre la puerta a un escenario de elevada complejidad: como si de una bomba de neutrones se tratara, la pesadilla puede paralizar hospitales, sistemas de transporte, de suministros de agua y energía, sistema bancario…. la vida actual, en suma, con la diferencia respecto de la bomba de que mantiene vivos a los humanos para que sufran.

Sin embargo, el ataque evidencia no tanto una debilidad estructural de la Red (relativamente robusta al no estar centralizado el sistema) sino más bien la debilidad del factor humano. La red es débil porque sus usuarios (personas físicas) lo son. La debilidad humana en este ámbito tiene que ver sobre todo con el uso de las redes sociales y con el comportamiento de los usuarios. La capacidad de expansión de un virus y de su penetración en un ordenador se vincula en una relación directa con la voluntad del usuario del terminal para recibir un mensaje electrónico en ignorancia de que ese mensaje incluye un virus malicioso. Nadie en su sano juicio dejará infectar su terminal (ordenador o teléfono móvil o tablet) conscientemente, como nadie, en general, decide infectarse conscientemente con bacterias o virus físicos dañinos. Para tener éxito los autores de los ataques con virus informáticos han de apelar en última instancia a elementos del factor humano que permitan que los destinatarios activen el virus a su recepción de manera voluntaria, aunque inconsciente. Estos elementos no tienen que ver con la tecnología, tienen que ver con el “ego” de los usuarios, que abren mensajes en las redes que aparentan provenir de un compañero de trabajo o de un “amigo” en Internet (condición que nada tiene que ver con la amistad, sino con una simple conexión con desconocidos) activando así el virus. Tenemos ya un primer factor: la curiosidad desmedida que lleva a abrir mensajes de origen desconocido. En segundo lugar: la ansiedad injustificada por contar con seguidores sin siquiera saber quién son. En tercer lugar: el narcisismo del usuario que difunde y re-difunde mensajes sin saber ni de quien provienen ni que incluyen con el único objeto de “ser” alguien en la Red. En cuarto lugar: la ignorancia sobre el funcionamiento del sistema, que alimenta la ingenuidad de creer que “en Internet mando yo”. En quinto lugar: la inmediatez que genera la alta velocidad de la comunicación en Internet, que facilita la réplica sin dar tiempo a reflexionar ni sobre el contenido ni sobre la forma del mensaje. En resumen: la debilidad del usuario se refuerza con la alta dependencia que el uso de las redes genera, incrementando así la vulnerabilidad del sistema.

Si la dependencia de las redes reviste tal magnitud solo hay dos salidas: o bien disponer de planes de contingencia efectivos, capaces de restituir el funcionamiento con el menor daño y coste posible, o bien disminuir la dependencia de los usuarios respecto del modelo. Lo primero es muy caro y lo segundo casi imposible, porque Internet dejaría de ser negocio, a no ser que se apueste por un modelo de redes que nos devuelva al origen: una auténtica red, sin oligopolios, con usuarios conscientes, que sea capaz de restaurarse gracias precisamente a su estructura no centralizada ni jerarquizada, pero sobre todo “consciente”, esto es, con consciencia de lo que sucede.

Es así como, más allá de la visión militarista que propone crear “milicias de hackers informáticos” que defiendan militarmente el ciberespacio podría plantearse otra visión del problema, a mi juicio más cercana a la realidad del día a día: la de reforzar el factor humano en el uso de las redes, más incluso, reforzar la salud psicológica de los usuarios para dificultar la dependencia enfermiza de las redes que, como epidemia que es, facilita la expansión vírica en las mismas.

Lo que está claro es que gran parte de la dependencia de las redes tiene que ver con ese hedonismo dependiente de selfies, Instagram, Facebook, Linkedin, Twitter y cualquier otra cosa que le sirva para acrecentar el ego. Ahí está gran parte del negocio, pero también de la desgracia, y, ojo, del potencial daño que un virus transmitido a través de estas plataformas puede producir. Por otro lado, la fabricación y difusión de virus informáticos viene a confirmar lo que llevamos pregonando de hace años: Internet no es un territorio de libertad dónde predomina el criterio del individuo sin someterse a estructuras burocráticas. Internet es de alguien y pertenece a sus propietarios, que imponen las reglas y usan sus armas, virus incluidos, que sirven también para incrementar el negocio de la ciberseguridad.

Bienvenidos a la realidad. Bienvenido WannaCry si pudiera servir para reconducir la epidemia de egolatría que late en las redes y, en tanto que virus, atacar con éxito la prolífica bacteria de la ignorancia, también en Internet. De lo contrario, es como para llorar.

Una y grande pero no libre. La Vanguardia. 19.02.2015

El Espacio Europeo de Educación Superior pretende construir la libre circulación de universitarios (como la de bienes, servicios y personas), en base a un reconocimiento de créditos que facilita la movilidad de estudiantes y se estructura en dos ciclos de 3 y 2 años. La mayoría de países optaron por este sistema o por dar libertad a sus universidades. Sólo una minoría, España entre ellos, optaron por obligar al modelo de 4 años más 1.
Fue un gran error que contó con el apoyo corporativo de la mayoría de universidades españolas (excepto las catalanas), interesadas en mantener la burocracia imperante para evitar cambios que hubieran cuestionado el “status quo”. Venció así, como casi siempre, el inmovilismo más rancio defensor de la universidad homogénea y burocratizada, dónde la competencia es un castigo y el mérito es simplemente la antigüedad o la capacidad de mendigar presupuesto público. Gracias a ello los estudiantes españoles cursan en general un año más de estudios que sus colegas europeos, mientras éstos no contemplan venir a nuestras universidades a estudiar un año más que en las suyas. Es la mejor barrera entre nuestro sistema y el europeo: total, que inventen ellos!
Parece ahora que el gobierno quiere dar a las universidades libertad para conectar con Europa a pesar de la corporativa oposición de rectores, sindicatos y estudiantes, que temen que se remueva una situación en que, pareciendo que todo ha cambiado, en el fondo todo sigue como en el franquismo: sin libertad para fijar planes de estudios, ni para contratar profesores, ni seleccionar alumnos. Cierto que este país no merece tantas reformas. Cierto que el caso catalán es distinto (a pesar de que tampoco prosperó la propuesta que se hizo desde la Generalitat en 2004 para desarrollar un modelo catalán sin romper el marco español mediante títulos propios de 3 años paralelos a los oficiales de 4). Cierto también que no hay ningún problema en que haya las mismas carreras con distintas duraciones, cómo no lo hay en otros países que optaron en su día por dejar que las universidades decidan libremente cómo impartir estudios, contratar profesores y admitir estudiantes para poder competir realmente. Lástima que hayamos perdido 10 años, de momento. El problema es que nuestra universidad, y con ella sus dirigentes, profesores y estudiantes, quiere ser (salvo contadas excepciones) una y grande, pero no libre.

«Legislar con testosterona» La Vanguardia 17-12-2014

El Gobierno pretende reformar la Ley de Enjuiciamiento Criminal para, en casos de especial gravedad, permitir genéricamente a la policía 24 horas de escuchas y rastreos sin autorización judicial. No es, como la ley Corcuera, una ley de la patada en la puerta: es en…. la división de poderes, y se carga el control judicial para la protección de derechos fundamentales. Además el rastreo se podría extender también a internet mediante virus informáticos manejados por la policía: ¿quién va a valorar la gravedad del delito?, ¿quién controlará “ex ante” estas actividades?
La medida afecta a derechos fundamentales y se justifica en la especial gravedad y urgencia: ¿acaso hay algo tan grave como para justificar la minoración de derechos?, ¿acaso la urgencia es motivo suficiente para excluir el control judicial previo? La única razón que se me ocurre es la misma de siempre: la testosterona parlamentaria que legisla a golpe de encuestas y titulares de prensa, endurece el código penal bajo presión mediática y sustituye las neuronas por las gónadas. Sepan que la Ley Orgánica 2/2002 impone la autorización judicial previa al CNI para la adopción de medidas que afecten a la inviolabilidad del domicilio y al secreto de las comunicaciones, siendo esta cautela un motivo de admiración por parte de expertos de otros países, que la elogian como un modelo a seguir. No parecería lógico que los controles exigibles en actividades de tanta gravedad y urgencia como las de los servicios de inteligencia no sean predicables para otras actividades cuando mucho teñidas de la misma gravedad y urgencia.
Esta pretendida reforma, de llevarse a cabo, además de cargarse la división de poderes y el control judicial para la protección de derechos fundamentales, va a introducir en el modelo policial cotas de discrecionalidad, cuando no de arbitrariedad, inadmisibles en democracia. ¿Quién va a decidir sobre la gravedad y la urgencia que justifiquen la intervención?: ¿el mismo órgano policial que plantea efectuarla? ¿Quién va a custodiar el material recopilado y con qué garantías, si ni siquiera el juez sabe que se ha llevado a cabo? ¿Para qué y para quién se interviene? ¿Con qué finalidad? ¿En el marco de qué investigación? En resumen, pudiendo legislar un disparate, para qué molestarse en legislar bien!.

CORRUPCIÓN COMO FORMA DE ESTADO

EL PERIÓDICO DE CATALUNYA

14 de Noviembre 2014

Algunos abogan por el fortalecimiento del Estado en la lucha contra la corrupción en detrimento de la regeneración social, que juzgan insuficiente en un contexto en que el mercado “ha convertido al Estado en su chico de los recados”, arrasando de antemano la democracia. Mientras, proliferan las redadas contra redes corruptas de políticos y empresarios. Es una manera de ver las cosas, de verlas por el retrovisor.
La corrupción no es un fenómeno que dependa inversamente de la percepción social que la población tenga del mismo: a mayor percepción menor corrupción y al revés. No extrañe que “saberlo todo de las tramas de corrupción no haya impedido que los partidos responsables de ellas repitieran mayoría absoluta” porque es precisamente la corrupción la que engrasa el sistema. Lo relevante de la corrupción no es que “se sepa” o “se perciba”, lo relevante es que “es”; y por tanto, el análisis decisivo debe efectuarse sobre sus estructuras genéticas –las que la generan – y no tanto sobre su percepción. Que la corrupción es indisociable de la condición humana es una obviedad: la corrupción cero no existe. El tema es qué modelo institucional queremos y cómo pretendemos alimentarlo porque la corrupción como sistema administrativo es un indicador de la baja calidad de una democracia que nos indica que el sistema en su conjunto sufre daños estructurales.
Desde el siglo XIX, incluso antes, el comportamiento de nuestro sistema político y administrativo no ha sido precisamente ejemplar, ni siquiera regular, en lo que a corrupción se refiere. Si obviamos breves períodos democráticos (tampoco inmunes al fenómeno), dan fe de ello las épocas de caciquismos, bipartidismos, golpes de estado, dictaduras, autarquías económicas, oligopolios, fracasos coloniales y estraperlos varios, muchos de ellos padres de fortunas presentes. No es achacable, en el caso español, al liberalismo ni al mercado la génesis de la corrupción por cuanto ésta era ya anterior a la configuración moderna del libre cambio. Si acaso será al revés: resultado de aquellas estructuras de gobierno autocráticas y caciquiles son estas maneras corruptas de estar en la cosa pública que se han incrustado en el Estado surgido de una transición que aún no ha terminado. Es así como debe negarse el simplismo de que la suma de poder político y mercado sean la madre y el padre de la corrupción. La corrupción, aquí, es una manera de gobernar que se viene ejerciendo con sumo éxito desde tiempo inmemorial, y ello a pesar de quienes no están dispuestos a ceder ante el fenómeno: funcionarios honestos, empresarios y “gentes del mercado neoliberal” entre otros. Asociar mecánicamente neoliberalismo y corrupción, neoliberalismo y desprecio de lo público o neoliberalismo y redes clientelares es ignorar mucho: es ignorar que la corrupción no tiene ideología –bien lo saben políticos de todos los colores-; es ignorar que la corrupción como sistema administrativo es anterior al liberalismo, al socialismo e incluso al cristianismo; es ignorar que la corrupción hoy, aquí, se corresponde con una profunda crisis del sistema que viene de décadas. De hecho, en España, cómo indica Alejandro Nieto, la corrupción es el modo de gobernar del sistema partitocrático que ha secuestrado la democracia representativa adueñándose del Estado mismo. De nada servirá dotarlo de más medios si es el Estado mismo el que está en crisis.
Curiosamente no es el capitalismo en sus múltiples lecturas el que está en descomposición. Su crisis aparenta, nos guste o no, más transformación que extinción. Al menos no está en crisis en la medida en que lo está el Estado en nuestro entorno europeo: decapitado por arriba (en Bruselas) –sin moneda, sin política monetaria ni financiera, prácticamente sin política exterior, sin ejército, sin banco central-; amputado por abajo (aquí) –incapaz de articular un objetivo común que implique al conjunto de sus ciudadanos en un proyecto de futuro, corroído por la tumoración burocrática que crece sin cesar, impotente para ejercer como tal en el concierto mundial-. De las 100 primeras economías mundiales muchas son empresas, no Estados. Ya no podemos ubicar al Estado en un diálogo –falso- entre lo público como interés general defendible y lo privado como interés particular condenable. Entre lo público, necesario por cuanto materializa un interés homónimo pero también ineficiente, y lo privado-individual, también necesario por cuanto entraña el ámbito máximo de libertad pero con frecuencia egoísta en extremo, emerge el interés común como algo ajeno a ellos y a la vez sintético. El procomún, que abarca el interés general sin ser público ni privado: el paisaje, el medio ambiente, el derecho al silencio, las tradiciones, el folklore. No son bienes públicos en sentido estricto y tampoco privados. Bien podría decirse lo mismo de un mercado y una administración eficientes, muy limitadamente corruptos (el nivel cero no existe), en la medida en que este interés general es a la vez público y privado, en todo caso es interés común. Ello nos conduce a un nuevo entorno regulatorio, dónde el Derecho público y privado clásico son insuficientes, dónde es preciso explorar la autorregulación y el diseño institucional abierto, participativo, transparente, para situar la corrupción en niveles asimilables y en un contexto en el que lo que conocimos como Estado será ya otra cosa, menos corrupta.

Ramón J. Moles es profesor universitario.

Colaborador de ACAD
(Iniciativa Académica Anticorrupción de la Oficina de Naciones Unidas contra Drogas y Crimen Organizado)

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“If the only tool you have is a hammer, it is tempting to treat everything as if it were a nail.”

Abraham Maslow

Managing complexity requires various instruments suitable environments both  public and private how cooperation between them. You can only adapt to these needs through transdisciplinarity and an approach capable of overcoming   the rigidity of doctrine. This should lead us to a science and less dogmatic legal practice, the more useful the common interest and best suited to run times like that.   Thus, concepts such as  quality-regulation, self-regulation, risk governance,  comprehensive security or competitive intelligence   generated great interest in this global context. 

La gestió de la complexitat requereix d’instruments variats, adequats tant a entorns públics, privats com de cooperació entre tots dos. Només és possible adaptar-se a aquestes necessitats mitjançant la transdisciplinarietat i un enfocament capaç de superar la rigidesa doctrinal. Això ens hauria de conduir a una ciència i una praxi jurídica menys dogmàtica, més útil a l’interès comú i més adequada a temps com els que corren. És així com conceptes com  dret de la qualitat, autorregulació, governança del risc, seguretat integral o intel·ligència competitiva generen un gran interès en aquest context globalitzat.

La gestión de la complejidad requiere de instrumentos variados, adecuados tanto a entornos públicos, privados cómo de cooperación entre ambos. Sólo es posible adaptarse a estas necesidades mediante la transdisciplinariedad y un enfoque capaz de superar la rigidez doctrinal. Ello nos debería conducir a una ciencia y una praxis jurídica menos dogmática, más útil al interés común y más adecuada a tiempos como los que corren. Es así como conceptos como derecho de la calidad, autorregulación, gobernanza del riesgo, seguridad integral o inteligencia competitiva generan un gran interés en este contexto globalizado.